Capítulo 4. Charla de chicas #2
—Hace lo que puede —repuso Romily, mientras negaba apenada con la cabeza.
—A mí tampoco me parece muy atractiva la gente de por aquí.
A menos que te gusten los hechiceros con pañuelo al cuello, estás perdida —continuó Ruby—.
Parece que han tallado a los chicos en cera.
O que los han creado en un laboratorio. ¿Son el resultado de alguna clase de encantamiento de una adolescente para crear al novio de sus sueños?
—Annie lleva soñando con su don Perfecto desde que empezamos juntas en Acónito —canturreó Harmony, como si compartiera un dato curioso.
—De ahí que siempre acabe con don Horror —la secundó Vivienne.
—Estoy segura de que Ruby no tiene ganas de oír hablar sobre mi catastrófica vida amorosa.
—Annie se echó a reír para desestimar el tema antes de que se asentara en el ambiente de la sala.
Ya comenzaba a notar cómo la vergüenza le calentaba la cara.
Se posó los dorsos de las manos en las mejillas para tratar de enfriárselas—. ¿No hace mucho calor aquí?
—Ha habido algún que otro hechicero durante estos años, pero siempre parece acabar con un corazón roto, ¿verdad, cariño? —dijo Vivienne, sin afabilidad en el tono o la expresión—. Y aquí estamos, sin un anillo en ese dedito. Debe de hacer mucho frío sin nadie que te abrace.
—No dejamos de intentar emparejarla con todos los hechiceros guapos que se nos ocurren.
Hemos pasado incluso a considerar a algún no brujo, pero aún no ha habido suerte —añadió Harmony antes de esbozar un mohín y darle unas palmaditas en la rodilla a Annie, desde donde su anillo, engalanado con una gigantesca esmeralda, reflejó las luces de la bola de discoteca—.
Es lo menos que podemos hacer. De verdad, planear una boda es muy divertido.
No sabes lo que te pierdes, Annie. No sé por qué no encuentras a alguien ya.
Annie esbozó una sonrisa serena.
—Estoy bien así. Todo me va genial.
—Ocurrirá cuando menos te lo esperes —sentenció Romily con un asentimiento seco. Se reclinó en su asiento e hizo girar el vaso helado de su martini, lleno de frutas pálidas que parecían hechas de cristal.
—La soltería de una bruja es la independencia de otra —comentó Vivienne—.
Pero admiramos tu tenacidad, Annie. Ya llegará.
¿Quién necesita un marido? Quédate el mío si te apetece.
La mitad de la Sortiedad parece estar detrás de él.
Por suerte, me quedaré con todo su dinero y su magia si decide alejarse demasiado.
—Eres muy valiente —dijo Harmony, mirando a Annie con los ojos como platos, con una compasión sorprendentemente sincera para ser una persona de cuya boca solo salían indirectas sutiles pero directas al corazón.
Annie se echó a reír.
—De nuevo, gracias, Harm. Pero estoy en el extremo opuesto de la valentía.
—Mírate —insistió Harmony, con asombro—, llevas cuero en invierno. ¡Qué osadía!
—Tiene razón, Annie. Estás sola —intervino Vivienne—, a pesar de lo… precaria que es tu situación. —Enfatizó la palabra «precaria» con una ceja arqueada. Su voz rezumaba tanta lástima incandescente que Annie la sintió como gotas de lluvia ácida de la que debería protegerse con un paraguas.
—Yo no diría que es precaria —contestó ella tras respirar hondo para aplacar la oleada de sentimientos incómodos que comenzaba a provocarle la conversación.
«No lo dicen con el matiz que a veces parece que adoptan. Te quieren. Siempre eres la primera al otro lado de la línea durante un mal día, cuando necesitan hablar de sus problemas y desahogarse con un oído atento. Formas parte del grupo. Te tienen un aprecio real y siempre te apoyan».
El hechizo le recordó que debía controlarse cuando comenzó a hormiguearle en la piel.
—Ya sabes, por lo de tu padre… —susurró Harmony, como si le avergonzara decirlo en voz alta.
Paseó los ojos hasta los de Romily y Vivienne, entusiasmada por la perspectiva de empezar su tema favorito de conversación.
Dolía, pero Annie entendía el interés. Los escándalos como el suyo no eran habituales.
—¿Me he perdido algo? ¿Qué hizo tu viejo? —preguntó Ruby tras una densa pausa. Partió a la mitad otra galleta de jengibre y la usó para señalarla desde el otro extremo del círculo que las separaba.
—No es nada. Ocurrió hace mucho tiempo —contestó Annie antes de dedicarles una mirada a las chicas que esperaba que entendieran como que necesitaba que desviaran el tema.
Vivienne soltó una carcajada seca.
—Rubes se va a enterar tarde o temprano. Sale en casi todos los simposios, incluso después de tantos años. El padre de Annie era… Bueno, no es lo que se consideraría un miembro respetado y venerado en la Sortiedad como el resto de nuestros padres.
—De hecho, no es miembro. Punto —añadió Harmony entre risitas, y Vivienne soltó un bufido como respuesta. Ambas se taparon la boca con la mano como si pretendieran castigarse por eso.
—Harm, no seas mala —la amonestó Romily, y la aludida esbozó una mueca ostentosa—. Para Annie fue un horror, ¿verdad, cariño? Pero toda la historia es incluso peor para las demás. Aún no me puedo creer por lo que nos obligó a pasar. Hizo sufrir a toda la Sortiedad. Y a tu pobre madre. Un espanto.
—Parece que es un rollo familiar complicado. Supongo que no le corresponde a nadie meterse —cortó Ruby, dirigiéndose a Annie, en lugar de a todo el grupo. La chica le dedicó una sonrisa débil.
—Me temo que —la interrumpió Vivienne—, Griffin Wildwood nos metió a todos en el ajo cuando empezó a jugarse su reserva de magia sagrada como si fuera un puñado de peniques insignificantes.
A decir verdad, Annie, aún no sé cómo has superado esa vergüenza, la idea de que se jugó tu magia y la suya en las guaridas de esos asquerosos espectros.
Abrumador, la verdad. —Vivienne apoyó la barbilla en el puño con los ojos brillantes.
—Hubo rumores a montones. Que las acciones mágicas de los Wildwood subieran y se desplomaran de forma tan brusca…
levantó sospechas. Incluso Selcouth intuyó que algo olía raro y todos sabemos que son unos inútiles —parloteó Harmony, que se inclinó tanto hacia las demás que casi estaba doblada por la mitad—.
¿Te lo imaginas? Puso toda nuestra existencia en riesgo.
El aquelarre podría habernos descubierto.
No tuvimos otra opción. Mi propio padre trabajó en el caso y me habló de él. Me dio todos los detalles escabrosos.
—Muchas investigaciones después y ¿sabes qué? La Sortiedad descubrió que no solo estaba perdiendo su preciada magia a una velocidad vertiginosa e irrespetuosa, sino también la de Cressida y la de Annie—dijo Vivienne.
Romily le dio un sorbo a su copa, con calma y en silencio, como si lamentase toda la situación de nuevo.
—Apostar con la magia de su mujer y su hija… ¿Te lo puedes creer? Menudo fracasado.
Mientras las voces de las chicas se deformaban en su cabeza como si las escuchase bajo el agua, Annie no dijo ni una palabra. Solo agarró uno de los detalles del glaseado de una galleta en forma de caléndula y desmigó el pétalo de azúcar con los dedos.
—Después de eso, sus días aquí estaban contados, claro —concluyó Vivienne, mientras removía su cóctel medio vacío de color miel con un dedo en el aire. Aunque contenía hielo, la bebida desprendía un humo sospechoso, como si acabaran de apagar un incendio dentro de su copa.
—Es… Vaya, es horrible —murmuró Ruby.
—Sí, ¿verdad? A ver, imagina poner en riesgo de esa manera a la Sortiedad, algo tan prestigioso y sagrado, que lleva gobernando la jerarquía mágica durante siglos.
Qué imprudencia —escupió Romily. Aunque no mostraba el entusiasmo desenfrenado de las otras dos, incluso ella ronroneaba a medida que el cotilleo chisporroteaba y estallaba en llamas.
Ruby le dedicó a Romily una mirada de perplejidad.
—No, me refería a que es horrible para Annie. Siento que hayas pasado por algo así.
La chica se encogió de hombros, todavía con una sonrisa.
—No hace falta que te disculpes. Por suerte, no perdí demasiada magia.
Mi madre no puede decir lo mismo, pero… —Ignoró la maraña de recuerdos que comenzaban a desenredarse.
Los traspiés, los vasos rotos, las excusas entre balbuceos, las disculpas diluidas—.
Mi madre y yo estábamos acostumbradas a que todo se desmoronara, a tener que resurgir de nuestras cenizas.
La mayor parte del tiempo mi padre era un hombre impredecible.
Aunque sabía que no era culpa suya que su padre hubiera huido, puesto que ya era una adulta y entendía que otros adultos tomaban sus propias decisiones, Annie no podía evitar sentir una extraña responsabilidad por las elecciones de Griffin.
Incluso después de tantos años, todavía le parecían una carga.
Era una idea infantil que sabía que se había desarrollado a causa del dolor, pero saberlo no hacía que le resultara más fácil ignorar esa pregunta constante: «¿Y si… ?».
¿Y si se hubiera comportado de manera distinta?
¿Y si hubiera sido mejor hija, la niña de sus ojos, más impresionante, perfecta e impecable?
Quizá no habría hecho nada de lo que hizo.
A lo mejor lo habría salvado, lo habría alejado del abismo.
Años después, el susurro de esa pregunta sin respuesta seguía aferrándose a las paredes de su mente como el vaho a un cristal.
—¿Qué pasó con tu madre? —dijo Ruby.
La pregunta que Annie siempre temía que le hicieran, pues debía decidir entre mentir o soltarle una verdad incómoda y fea a alguien a quien apenas conocía.
—Ocurren cosas extrañas cuando a una bruja le arrebatan la magia —musitó—. Hizo lo que pudo, pero no logró superarlo. Se… se fue a buscarlo cuando cumplí dieciocho años y nunca volvió.