Capítulo 4. Charla de chicas
CHARLA DE CHICAS
L a Sortiedad no debía confundirse con algo tan vulgar como un aquelarre.
Selcouth, el aquelarre de Reino Unido al que pertenecía Annie, era acogedor y estaba dispuesto a aceptar a todos los brujos o hechiceros.
Era cierto que tenía sus propios métodos de admisión y se esforzaba por cumplir con la tradición, para lo que imponía un proceso de quince años de Obscuración que llegaba a su fin, de forma satisfactoria o no, durante el trigésimo cumpleaños del brujo.
Pero la Sortiedad era un asunto más clandestino y secreto.
De hecho, una bruja del montón (la chusma, como la considerarían los miembros de la Sortiedad) parecería desconcertada si se le preguntara sobre su existencia.
Solo unos pocos elegidos sabían la contraseña; ante la pregunta, dirían que era un «cuento de hadas», y tararearían la contraseña musical del teatro Tempestad entre dientes con una sonrisa.
Reservado solo para los considerados dignos, las brujas y hechiceros dentro del círculo cerrado que conformaba la Sortiedad se habían nombrado a sí mismos hacía mucho tiempo «herederos de hechizos».
Era un título que, a ojos de Annie, parecía indicar una influencia mágica genética, lo que, a menudo, conllevaba una riqueza mágica heredada.
Los miembros existentes nominaban y aprobaban a los candidatos antes de que estos se sometieran a un proceso de iniciación largo y cansado desde el punto de vista mágico, una mezcla de ceremonias complejas, exigentes entrevistas y donaciones considerables.
Con su acumulación sobrenatural de magia y dinero, el club se había convertido hacía ya siglos en una fuente de influencia en el entretejido mismo del sistema mágico.
Los herederos de hechizos de pleno derecho contaban con conocimientos e información que no se podían compartir con un aquelarre normal y corriente y su indigna política de aceptación general.
Las decisiones se tomaban cada luna llena durante un simposio y acababan afectando a las vidas de los brujos corrientes.
La riqueza engendraba riqueza, incluso dentro del ámbito mágico, y entre los secretos más codiciados de la Sortiedad estaba la habilidad para invertir sus poderes y crear fondos privados y cotizados de magia que se distribuían entre unos pocos elegidos, nunca con nadie más.
Tal acumulación de poder solo podía producir la necesidad de verlo más aumentado aún, por lo que la pescadilla llevaba siglos mordiéndose la cola.
—Annie, cariño, ¿qué tal fue con Cedric?
Romily la miró por encima de su copa cuando Annie terminó de abrirse paso por el ajetreado auditorio. Romily Whitlock no era de las brujas que perdían el tiempo con charlas triviales o cumplidos cuando había cotilleos frescos que comentar.
—¿Con quién? —preguntó Annie, mientras ocupaba el sitio libre en el círculo de sillas afelpadas.
Las cinco chicas intercambiaron besos por el aire, uno en cada mejilla, sin llegar a tocarse.
Como Annie no era de las que aparecían con las manos vacías, colocó sobre la mesa una caja de galletas con un glaseado perfecto, todas decoradas como flores otoñales, y las animó a probarlas.
—¿La cita de anoche? ¿El socio del primo del amigo de Constance?
Sé que es un no brujo —continuó Romily, con la nariz arrugada ante ese último comentario—.
Pero, a pesar de esa mancha en su historial, Constance estaba segura de que los dos formaríais una pareja magnífica.
Le interesan los fondos de cobertura. Y al parecer está forrado.
—Annie, sabía que estabas en época de sequía, pero no me digas que has salido con un brujo de los bajos fondos —se burló Vivienne, y Harmony soltó una carcajada aguda ante la idea—.
Una práctica horripilante. Imagínate no tener material con el que expresar tu magia.
O pasarte la vida con mugre bajo las uñas. ¡Qué poco glamour !
—No, se dedica a las inversiones mágicas y a estrategias de negociación, pero, en plan, para no brujos —les explicó Romily, con una mirada prejuiciosa de soslayo, al mismo tiempo que removía los posos de su copa.
—Claro, Cedric. —Annie tuvo un flashback repentino de la noche anterior que la hizo sentir culpable. Se había olvidado de la escena en el restaurante con ese chico debido al resto de cosas en su cabeza que se esforzaban por llamar todo el rato su atención —. Claro, claro… Era encantador.
Harmony la presionó, con las cejas arqueadas.
—¿Pero?
Annie suspiró.
—Pero…
—Ahí lo tenéis —bufó Romily, crítica pero divertida, mientras aceptaba uno de los nuevos cócteles que entregaba un camarero. Annie se puso en pie para repartir el resto de bebidas de la bandeja de plata y se aseguró de que todas recibieran su preferido.
Se había pasado los años de su infancia con Romily, su mejor amiga, a la que más apreciaba, y ambas se habían vuelto uña y carne, una uña perfectamente cuidada y pintada.
Habían hecho pociones con barro y agua de un estanque en un extremo del jardín.
Habían vestido a sus muñecas con diminutos sombreros de bruja y les habían suplicado a sus padres que les dejaran volar por el ático con una escoba encantada los domingos por la tarde.
Habían llevado pijamas a juego y trajes idénticos, esperado en el descansillo y observado en secreto con los ojos como platos mientras sus refinados padres paseaban por la vida con pitilleras y vasos idénticos de color ámbar.
Sus años de infancia compartida habían sido lo bastante importantes como para ligarlas entre sí durante mucho tiempo.
Annie seguía evocando con cariño algunos de los recuerdos, tan preciados y frágiles.
Sin embargo, algo había alterado la química cerebral de Romily al aparecer la adolescencia; la consecuente llegada de la magia real y el instituto solo complicaron aún más las cosas.
Los pasillos de la academia Acónito la habían llevado a conocer a Vivienne Cinder y Harmony Morningstar, que mostraron una indiferencia total ante Annie, pero habían caído rendidas ante la confianza serena, el aura dorada y la reputación familiar de riqueza y distinción de Romily.
El puesto supremo de su madre en la Sortiedad hablaba por sí solo, lo que le había procurado un estatus impecable a su hija.
Había empujado a Romily a adoptar una soltura nunca vista y una seguridad inquebrantable.
Su juventud y fragilidad se habían desvanecido de repente.
A su lado, Annie solo era alguien complaciente, feliz porque contaran con ella para lanzar hechizos secretos útiles para el cabello.
Incluso entonces, deseaba gustar. A cambio, las chicas habían escondido las garras y la habían acogido bajo sus sedosas alas.
Con una mezcla equitativa de envidia y respeto, sus compañeros les habían puesto un mote, las «Cuatro de la Fortuna», idea que había deleitado sobre todo a Romily.
El apodo las había acompañado desde entonces.
Eran sus mejores amigas en el mundo mágico y Annie les estaría siempre agradecida por no haberle dado la espalda después de que, unos años más tarde, su vida familiar se desmoronara de forma inesperada.
Las Cuatro de la Fortuna habían aumentado su número al acoger a un nuevo miembro de la Sortiedad, Ruby Wrathshade, cuya familia se había mudado desde América y a quien habían aceptado gracias a su patrimonio recién adquirido al modernizar el mercado de escobas voladoras.
Habilidosos, habían encontrado un hueco en la oferta de palos de escoba en una red emergente llamada «Internet».
Ruby contempló el creativo cóctel floral y sentimentaloide, de un vivo color azul, con desconfianza antes de estirar los dedos para pescar un cardo flotante que servía de decoración y retirarlo con un movimiento rápido.
—¿Tenéis café? —le preguntó Ruby al camarero, pero él solo retorció el bigote y se marchó, con un gesto altivo al girarse.
Harmony, poniendo en alto una flauta de champán efervescente, parecía asqueada por todo lo que hacía Ruby y apenas era capaz de ocultarlo.
Su bebida, de un amarillo chillón, burbujeaba con una ferocidad exagerada.
—Lo siento. Lo sé… No puedo evitarlo —replicó Annie, mientras movía la mano con aire arrepentido.
—Annie, te ponemos en fila india un soltero tras otro, a cuál más guapo, y nunca son lo bastante buenos —continuó Romily.
—El problema no es que no sean lo bastante buenos —la interrumpió Annie, deseosa de justificarse lo antes posible—. Son todos muy agradables, a su modo. Y os agradezco que os toméis la molestia de tratar de encontrarme a alguien especial. Sé que intentáis ayudar. Es solo que…
—No son perfectos —gruñó Vivienne, quien nunca disfrutaba del lado romántico o dulce de ninguna situación.
Para Vivienne Cinder los cotilleos perdían interés si involucraban sentimientos reales—.
Si fuera tú, me olvidaría de todo eso, Annie.
—Soltó un suspiro exagerado—. No te ofendas, no es que hayas llegado a la edad de convertirte en una solterona, pero siempre hay una bruja más joven esperando en las sombras para ocupar tu lugar…
encima de tu hechicero. En el pasado, fuimos nosotras, ¿no?
De hecho, era el pasatiempo favorito de Harmony.
—Es divertido jugar con ellos. —La aludida soltó una risita.
—¿Has tenido alguna cita? —le preguntó Ruby a Annie mientras comenzaba a rebuscar en la caja de galletas.
Harmony seguía pareciendo horrorizada ante la misma existencia de Ruby, sobre todo cuando esta agarró dos galletas y decidió añadir una tercera—.
¿Qué? —le preguntó a Harmony, indignada—.
Dijiste que íbamos a cenar. Tomar un cóctel no es lo mismo, ¿sabes?
—Se giró hacia Annie—. Por la manera en la que hablan estas señoritas, empezaba a pensar que cualquier soltera de más de veinticinco años debía aceptar que era una vieja arpía.
—No creo que las escapadas de Annie puedan llamarse «citas» —resopló Vivienne.