Capítulo 3. Se levanta el telón #3
Con un escalofrío provocado por el denso chirrido de la chapa metálica y las viejas bisagras, Annie abrió con cuidado la puerta.
Dentro, el polvo y los escombros se extendían por el viejo vestíbulo como si fueran de harina.
Habían tapiado las ventanas, lo que bloqueaba cualquier rayo de sol que pudiera traspasarlas, como si el teatro se sintiera cohibido y no pudiera permitir que nadie lo viera en ese estado.
Tambaleante sobre los tacones con cada paso cauteloso que daba por la madera astillada y las baldosas agrietadas, Annie prosiguió la marcha.
Pasó junto a la taquilla, cuyos detalles dorados se estaban cuarteando como un maquillaje antiguo.
También pasó por la vieja máquina de cigarrillos, el puesto de helados, abandonado hacía mucho, y los pósteres desgastados que anunciaban conciertos de hacía cien años.
El repiqueteo de sus zapatos aguijoneaba la calma y, en algún lugar del alto techo, un pájaro agitó las alas, provocando una ráfaga de viento.
Se agarró con fuerza a la barandilla de latón, cuyo brillo se había apagado hacía tiempo, y con cuidado bajó hasta el auditorio principal.
Annie no podía evitar sonreír para sus adentros cada vez que descendía por esa escalera.
Le parecía algo mágico, un momento que hacía que quisiera recogerse la falda como una especie de princesa dramática.
En los libros y las películas, se habría ataviado con un vestido que parecería una tarta adornada con nata y se habría deslizado hasta un apuesto príncipe que le tendería la mano.
Debía reprimir una risita cohibida y jadeante cada vez que lo pensaba y contentarse con entonar para sí misma una nostálgica melodía de cuento mientras se dirigía escaleras abajo.
La sala de conciertos era un inquietante espacio cavernoso que parecía respirar por sí mismo, un dragón encogido que vigilaba un tesoro oculto.
El lugar estaba vivo gracias al poder de los recuerdos, lo que hacía que Annie se sintiera insignificante, una diminuta bailarina dentro de una caja de música.
El silencio le provocaba deseos de gritar tan fuerte como fuera posible para asegurarse de que estaba allí de verdad.
Nunca lo hacía, claro. Las filas y filas de asientos de color carmesí cubrían todo el patio de butacas, deshilachadas y hechas jirones, con una capa de polvo tan densa que Annie podría haber escrito su nombre en ella.
En lo alto, los rescoldos de un cielo nocturno y estrellado, pintado con todos los tonos de azul rey, marino y zafiro.
Las goteras se extendían y manchaban el techo sobre una enorme bola de discoteca cubierta de telarañas que dominaba la sala desde el centro.
Ahí estaba, la piel de gallina. Los escalofríos se sucedían uno tras otro por su piel y le aceleraban el corazón al mismo tiempo que los sentidos comenzaban a activarse, expectantes.
El sabor de un dulzor metálico se coló entre sus dientes, culpa del aire viciado y sombrío.
El aroma terroso y almizclado se mezclaba con otro a hoguera, probablemente procedentes de algún daño provocado por vándalos, pero la dulzura de las manzanas de caramelo del pasado seguía presente también.
El teatro Tempestad siempre le provocaba esa sensación.
Aunque, tal vez, los verdaderos culpables fueran los brujos.
Llegó al escenario principal. El pesado piano reposaba en el centro, donde el suelo se hundía bajo su peso.
Pasó la mano derecha por las teclas, las uñas rosas sobre marfil amarillento, y las presionó en el orden correcto.
Era una secuencia melancólica que su madre y su padre le habían enseñado hacía muchos años y que nunca olvidaría.
La combinación siempre le parecía muy poderosa. Mágica.
Con la última nota, un pellizco de magia revoloteó desde las yemas de Annie, como si el piano le hubiera pedido a su cuerpo una demostración de sus poderes.
Las estrellas rosas se tambalearon por los espacios entre las teclas y se colaron por las grietas.
Durante un instante al terminar la música, sintió que el tiempo se detenía, que ralentizaba incluso el polvo que bailaba ante sus ojos en esa sala cerrada, que las polillas revoloteaban con diminutos movimientos.
Luego, con precisión, el brillo de una luz antes inexistente incidió en las estrellas pintadas en el fresco del techo.
Todas titilaron sobre la oscuridad azulada, una detrás de otra, y trasportaron por toda la estancia las notas musicales que Annie acababa de tocar.
Las formas estrelladas cayeron en cascada sobre los asientos bajo la bola de discoteca, que comenzó a girar, lo que inundó el teatro con una nueva luz que impregnaba cada parte de la sala de música, desde las galerías hasta los cristales empañados de las puertas.
El contraste de la luz y la oscuridad era casi cegador a medida que se producía.
Con los ojos entornados, Annie puso una mano en alto para protegerse del resplandor y vio cómo el oro adoptaba su color original, deslumbrante de nuevo.
El terciopelo carmesí adquirió un rico tono rojo.
El escenario se restituyó y el piano recuperó su gloria pasada.
Luego, los asientos del patio de butacas comenzaron a reorganizarse entre sí y las hileras pulcras giraron hasta convertirse en grupos separados.
Las mesas, tan elegantes, se levantaron del suelo antes de recibir sobre su superficie lámparas de vidrio verde esmeralda, suntuosas jarras de cristal y diminutos cuencos de espléndidas aceitunas y relucientes almendras garrapiñadas.
Por último, bajo los haces finales de la luz que desprendía la bola de discoteca, unas figuras fantasmales, que pasaban de ser siluetas traslúcidas e iridiscentes intuidas bajo los destellos a convertirse en personas de carne y hueso, empezaron a ocupar los asientos. Brujas, hechiceros: su comunidad.
Annie sonrió, tan aliviada como cada vez que la magia del teatro la aceptaba con los brazos abiertos. Ahí estaba, igualita a como la había dejado. La Sortiedad.