Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 3. Se levanta el telón #2
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Capítulo 3. Se levanta el telón #2

—¡Pero si hicimos de más! Creía que durarían por lo menos hasta la hora de comer.

—Annie suspiró y se frotó la frente al recalcular a toda prisa la lista de tareas por hacer que no paraban de multiplicarse—.

Deja que termine con estos buñuelos y veré si tengo tiempo de poner a fermentar un poco más de masa.

—Se secó la ceja con la manga tras tanto batir antes de agarrar las fresas del canastillo para empezar a trocearlas.

En cuanto las chicas salieran de la cocina, podría hacer algún hechizo con el que aligerar la carga.

—Recuerda que tienes que parar para comer, Annie —añadió Pari antes de volver a la cafetería, cargada con un puñado de guirnaldas para colgarlas por el techo como si fueran telarañas—. Y el café no cuenta como alimento. Te haré una tostada.

—Apoyo la moción. Además, has vuelto a llegar temprano, así que asegúrate de salir antes —añadió Faye, acompañado de unas palmaditas en la espalda a Annie mientras seguía a Pari y se echaba al hombro el trapo de una manera tan estilosa que daba envidia—.

Sé que en teoría eres la jefa y, oye, yo no hago las reglas, pero de cerrar me encargo yo, ¿vale?

—Estoy bien. —Annie esbozó una sonrisa tenue—. Lo tengo todo bajo control.

Al menos, pronto lo tendría, en cuanto terminara de darle los últimos retoques a los buñuelos y echara una pizca de polvo de nostalgia al azúcar para el glaseado con Memoria Laetificus .

El remate perfecto para cada uno de los buñuelos, cubiertos de reconfortante crema y la mermelada casera de Faye, hecha con el corazón, que aportaría una pizca de recuerdos atesorados sobre los que hablar entre bocado y bocado.

Cada pedazo evocaría un recuerdo bonito (los juguetes favoritos, el amor de los abuelos, los encuentros más felices…) que mantendría el flujo cálido y agradable de la conversación.

—Ya, lo tienes todo bajo control —repuso Faye con su habitual escepticismo. Nunca dejaba de recordarle a Annie, a veces incluso de ordenarle, que compartiera la carga de trabajo—. Deja que te ayudemos. Es para lo que estamos aquí. Literalmente.

No es que su jefa no quisiera. Se moría de ganas de aceptar la ayuda y sabía que aprovecharía mejor su talento si les diera más carga de trabajo en Celeste.

Pero, desde que era pequeña, Annie nunca había sido capaz de delegar nada que le pareciera complicado.

O laborioso. Como si no se le permitiera levantar el pie del acelerador.

Solo ella podía resolver los problemas de la manera adecuada y pedir ayuda o delegar suponía admitir una derrota.

No era de la clase de chicas que las admitía con facilidad ni, sin duda, de las que fluían.

En ningún aspecto. Debía ser ella quien siguiera impresionando al mundo: aguantando y gestionándolo todo.

Se concentró en separar la crema en boles individuales de cerámica.

—Dicho esto —la voz de Faye flotó hasta la cocina—, no dejes que me acerque a los fuegos. A no ser que prefieras poner en riesgo la vida de nuestros clientes.

Tras una leve amenaza de Faye que implicaba una espátula y una ubicación secreta donde no da el sol, Annie dejó a regañadientes que Pari y ella cerraran la tienda, aunque no sin antes prepararles para que se la llevaran a casa a modo de agradecimiento una caja con tarta de manzana, cubierta de una trenza de costra de caramelo y diminutas hojas otoñales de color bronce repartidas por la masa.

Las noches de los viernes solían estar reservadas en su agenda, organizada con pegatinas y garabateada con un bolígrafo rosa, pero aquel día pensar en la velada le produjo un extraño pavor que se le instaló en la boca del estómago.

Al parecer, no era el momento de relajarse ni de bajar la guardia.

Pero no tenía por qué ser culpa de las chicas.

Era culpa suya, de su manera de actuar en situaciones sociales. Siempre tan tensa, dudando de sus respuestas, que repasaba mil veces en cuanto llegaba a casa, segura de haberse puesto a sí misma en ridículo.

Tras abandonar Celeste al son de la melodía de la campanita de latón, Annie recorrió la calle a toda prisa.

Los charcos bajo sus pies reflejaban esferas anaranjadas procedentes de las farolas encendidas a última hora de la tarde.

El teletransporte habría sido la opción más fácil en cualquier otro momento del día, pero seguían saliendo estudiantes de la escuela y la concurrida hilera de tiendas estaba a rebosar.

Con tantos niños a su alrededor, tan sensibles a cualquier tipo de brujería, no era inteligente utilizar la magia por capricho.

En su lugar, intentó parar un taxi negro.

Era un proceso que llevaba su tiempo. Un par de personas que habían llegado después de ella le arrebataron tres taxis, aunque Annie les hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

Un viento frío la sorprendió al penetrar con fuerza en su nariz mientras esperaba.

El otoño se había apoderado de Londres, los rescoldos del verano se escapaban en cada hoja caída.

Cerrar por fin la puerta del taxi tras ella fue reparador, y se sopló las manos para calentárselas y ahuyentar el entumecimiento con el que las había enguantado el frío.

—Al teatro Tempestad, por favor —le indicó Annie al conductor, que se giró para dedicarle una mirada extrañada, como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Para qué quiere ir a ese vertedero? Se está cayendo a cachos, ¿sabe? —preguntó con un marcado acento londinense—. ¿Lleva acaso un casco y buldócer en ese bolsito suyo?

—Claro. ¡Chicas al poder! —canturreó Annie, formando el gesto de la paz con los dedos—. Y un chaleco de seguridad, así que no se preocupe por mí, señor. Por suerte, el amarillo fosforito está de moda esta temporada.

El trayecto por Londres le dio a Annie la oportunidad poco habitual de tomarse un descanso, incapaz de distraerse con otra cosa que apretar uno o dos botones en el busca.

La relajó admirar el abrigo otoñal que cubría la ciudad.

Los tonos marrones y naranjas se emborronaban como si fueran de acuarela al pasar tras las gotas de lluvia que salpicaban la ventanilla del taxi, con ricos tonos mostaza y amarillo mantequilla esparcidos por las copas de los árboles.

Toda la ciudad olía a canela y fuegos artificiales, a hoguera y pimienta negra, a brujería y maravillas.

Quizá a muchos les desagradara la lluvia, pero a ojos de Annie envolvía la ciudad con una capa traslúcida que diluía y suavizaba los bordes afilados del día a día.

Tan pronto acababa el otoño, ella comenzaba a añorarlo.

Dibujó un diminuto corazón en el vaho de la esquina de la ventana y vio como una única gota de lluvia se deslizaba por él.

Un destello del marrón típico de las castañas y varios árboles del color de una mandarina aparecieron en el horizonte, delineados sobre el atardecer, cuando cruzaron la puerta del parque Richmond, repleto de huellas de botas de agua embarradas y perros de seguro más embarrados aún.

El taxi giró hacia la izquierda por un sendero en parte cubierto por los gruesos e inmensos nudos de helechos y foresta.

El terreno irregular agitó el batiburrillo de productos labiales al fondo del bolso de Annie.

—Es una lástima que hayan dejado que este sitio acabara convertido en ruinas —comentó el conductor al estacionar y sacar la cabeza por la ventanilla para estudiarlo mejor—.

Mi abuelo tenía algunas fotos viejas de su abuelo ahí fuera, en la puerta, ¿te lo puedes creer?

Orgulloso como un pavo real por haber conseguido una entrada.

Significaba que habías llegado a ser alguien si podías decir que habías estado en el teatro Tempestad.

Ya no los hacen como antes, ¿eh? —Chasqueó la lengua y volvió a bajar la ventanilla.

—Ah, es una pena. Daría lo que fuera por verlo en su máximo esplendor —contestó Annie, al mismo tiempo que sacaba dinero del bolso.

—La policía recibe quejas sobre el ruido a todas horas, claro, pero nunca encuentran nada. Serán algunos mocosos. U okupas, supongo. Tenga cuidado, señorita —se despidió, y apretó una vez la bocina a modo de despedida antes de alejarse.

Oculto en la densa y enmarañada periferia del parque, el teatro Tempestad se reclinaba en las sombras de los sicomoros, erguido sobre un enorme estanque lleno de algas que muchas veces pasaba desapercibido en los planos del parque.

Aquel lugar, que en el pasado había sido una importante y aclamada sala de música, una de las joyas de la corona de la historia de Londres, había sido atesorado con cariño por todos los que habían tenido la suerte de vivir sus siglos de espectáculos y placer.

Pero, al cambiar los tiempos y decaer la popularidad de los conciertos, habían acabado por abandonar el edificio hasta que este se había deteriorado de forma irremediable.

Como resultado, las enredaderas serpenteaban por su fachada como una cortina uniforme y su preciosa piedra mostraba las cicatrices del implacable clima británico.

El cartel de la entrada en el que, en el pasado, se habían anunciado con orgullo talentos y espectáculos fascinantes en letras mayúsculas que iluminaban el parque cada noche con un brillo típico de Hollywood, indicaba con letras desvaídas: «Nada en cartelera».

Sin embargo, Annie sabía que eso no era del todo cierto.

Miró hacia atrás, pero el puñado de personas a su alrededor se encontraban demasiado distraídas por aquel tiempo tan deprimente.

Las capuchas les ocultaban la cara, y los perros, empapados y con las orejas planas, tiraban de sus dueños para volver a casa.

Una bandada de gansos aterrizó en ese momento, provocando salpicaduras por todo el lago con un revuelo de plumas y, un poco más allá, un par de ciervos chocaron las astas con un crujido, protagonistas de su propio espectáculo ante el teatro. La distracción perfecta.