Capítulo 3. Se levanta el telón
SE LEVANTA EL TELÓN
Q ué mermelada le echamos hoy a los buñuelos, Annie?
—gritó Faye sin mirarla, mientras se movía por la despensa sobre la precaria escalera de la que disponían y echaba a un lado los montones de adornos de Halloween para llegar a los estantes reservados a las tartas de varios pisos—.
Estos condenados cubos de calabaza tan horribles no deberían estar aquí. De hecho, deberíamos quemarlos.
Creo que están malditos.
Annie soltó un grito ahogado, algo ofendida. Había disfrutado de rebuscar en los mercadillos y rastrillos para conseguir algunos adornos de Halloween para la pastelería.
—No son horribles ni están malditos. Créeme, lo sabría. —Musitó la última parte entre dientes—. Creo que acabarán pareciéndote vintage , acogedores y adorables.
Faye no parecía convencida, y levantó uno de los cubos con el ceño fruncido.
—Este pervertido me está guiñando un ojo. Da un poco de yuyu.
Annie resopló mientras le quitaba de las manos la calabaza y la colocaba en la mesa.
—Bueno, ahora no merece la pena meterlos en el sótano, ¿no?
Nos estamos acercando al código naranja.
Es hora de convertir este sitio en el sueño de una noche de Halloween.
—Soltó un nuevo grito ahogado, más agudo, al mismo tiempo que su cerebro funcionaba a un millón de kilómetros por hora, como siempre—.
Eso me recuerda que tenemos que elegir ya de qué nos vamos a vestir.
—Annie dio golpecitos con el batidor de varillas contra un lado del bol antes de usarlo para señalar a Faye, provocando una lluvia de crema chantillí por toda la cocina—.
Abriremos hasta tarde para el evento «Nada de trucos, todo tratos», por lo que es imprescindible que los disfraces sean perfectos.
—Nunca he visto a nadie que esté en sus cabales tomarse tan en serio los disfraces de Halloween como tú —comentó Faye, perpleja, con los ojos puestos en su jefa.
—Los vestidos bonitos no son una tontería. Si no vas a hacer algo como es debido, es mejor que no hagas nada —replicó Annie, muy seria.
—¿Podemos no darle muchas vueltas? —le pidió Faye con un gruñido—. ¿Qué tal Drácula? Puedo ponerme una bolsa de basura y echarme el pelo hacia atrás con cera. Me quedaría genial. O tres brujas. Abracadabra. Y añadimos truenos, relámpagos, lluvia, todo eso.
Annie no pudo evitar estremecerse. Esas tres palabras eran la contraseña del aquelarre. A decir verdad, no podía disfrazarse de bruja. Era muy cautelosa y le daba demasiadas vueltas a todo como para arriesgarse a exponer su magia. Sería una tontería tentar así a la suerte.
—¿No crees que las brujas están muy vistas? —argumentó con una carcajada—. El tema que solemos usar en la cafetería tiene mucho más sentido.
—No pienso volver a vestirme de beicon. Eso sí que fue una decisión terrible. Parecía más una herida recién hecha que otra cosa. —El pelo corto de Faye, de un carmesí intenso, se suponía que debería haber hecho las veces de kétchup.
—Entonces, ¿este año no iremos de plato de desayuno? —se lamentó Annie—. Con lo mona que yo estaba de tortita, con mi gorro de mantequilla y todo.
Faye puso los ojos en blanco, pero entonces, reticente, acabó cediendo como siempre solía hacer.
—Pari disfrutó siendo un huevo frito y no quiero romperte ese frágil corazón tuyo.
Vale —gruñó—. Iremos de desayuno de nuevo.
Pero ni se te ocurra obligarme a ser algo así de feo otra vez.
Me niego a disfrazarme de judías ni, por supuesto, de champiñón.
Os pasaríais el día bromeando sobre que he pillado hongos y al final me haríais cometer un crimen.
—Volvió a fruncir el ceño antes de girarse hacia los estantes de las tartas, exasperada como siempre con Annie y Pari, aunque con cariño, por su incansable alegría—. ¿Qué tal un arándano?
Annie dio una palmada, pegando saltitos en el sitio y regando la encimera con más crema chantillí.
—¡Sí! El índigo te quedará genial. Cruzaremos el charco y optaremos por un desayuno americano, exótico e internacional. Tengo una boina que te puedo dejar para que seas el arándano perfecto.
—Una de tantas frases para nada extrañas que solo oirás en esta pastelería —dijo Pari al irrumpir en la trastienda con una pila tambaleante de bandejas con magdalenas que le bloqueaban el campo de visión.
Debía haber llenado ya la vitrina con dulces recién horneados—.
¿Por qué estamos hablando de boinas de arándanos?
—¿Eso no es una canción de Prince? —Annie dejó de batir de nuevo al enunciar la pregunta.
—Lo que hay que oír —musitó Faye entre dientes.
—No, esa es Raspberry beret , boina de frambuesa —la corrigió Pari. Tras años trabajando juntas, el entonces improbable trío de cerebros a cada cuál más extraño entendía cómo funcionaban los demás a través de una misteriosa conexión.
—¡Inspirador! En ese caso, hoy haremos buñuelos de frambuesa —le dijo Annie a Faye, decidida, antes de soltar un bufido mientras volvía a batir con fuerza la crema dentro del bol.
Debido al ajetreo caótico de aquella mañana, se había olvidado de reactivar el hechizo Dulce Lac Turben del batidor de varillas, esencial para que este se moviera solo, antes de que llegara Faye, y ahora lo estaba pagando caro con el dolor de sus brazos.
—No tengo suficiente fuerza en la parte superior de mi cuerpo para este trabajo —gimió, al son de una patada al suelo.
—Lamentable. ¿Qué harías en un apocalipsis zombi? —preguntó Faye.
—Morir y ser feliz —contestó Annie.
—Sería lo mejor, sin duda. No te gustarían los zombis y su desconsideración extrema hacia la higiene personal y las paletas de colores por temporadas —bromeó Pari antes de centrar su atención en desenredar una serie de banderines con forma de gato negro de la caja de Halloween a rebosar.
Faye siguió rebuscando entre los botes de mermelada casera, su especialidad, a la caza de aquellos con la tapa de cuadros.
A pesar de ser una aficionada a la música un poco gruñona y muy tiquismiquis, se le daba de fábula hacer mermelada, algo sorprendente.
Como era el miembro más serio del trío de Celeste, Faye solía frenar los pájaros que les inundaban la cabeza a sus compañeras cuando se dejaban llevar por ideas emocionantes que eran imposibles de poner en práctica (al menos, sin saber de la existencia de la magia) o demasiado caras de ejecutar.
La cosecha de frambuesas, bayas de sauco y grosellas en el patio que compartía con Pari, junto con las teorías científicas sobre su cultivo, eran algunos de los pocos temas de conversación que sacaban el lado más entusiasta de Faye.
Hacer mermelada hasta obtener la mezcla perfecta era, en su opinión, la mejor manera de desestresarse.
—Solo estábamos hablando de Halloween —le comentó Faye a Pari con los brazos llenos de tarros—. Annie quiere que retomemos nuestros icónicos disfraces de desayuno, pero me he apresurado a añadir que este año prescindiremos de la carne.
—Ay, porfa, ¿puedo ser un huevo otra vez? —preguntó Pari, dando una palmada, encantada.
—Lo que yo decía —farfulló Faye—. Cumplir sueños está a la orden del día en Celeste.
Faye y Pari habían aparecido en la puerta de Celeste dos semanas después de la apertura al ver el toldo de rayas rosas bajo el que se reunía una cola que daba la vuelta a la esquina cada mañana y a la chica rubia que hacía malabares con todo ella sola.
Entraron en el local, tomadas de la mano, tras haber sido despedidas de una charcutería italiana que había cerrado hacía poco.
Ambas eran unas reposteras aficionadas, pero bastante decentes, y debían ahorrar para la inminente boda.
Annie casi les había besado los pies por su ayuda, preguntándoles sin pensárselo dos veces si les importaría mirar cómo iban las magdalenas con pepitas de chocolate porque sospechaba que se estaban quemando mientras ella se peleaba con la máquina de café.
Como si siempre hubieran estado a su lado, Faye intervino de inmediato para crear el capuchino perfecto con un extra de espuma y Pari se dirigió a toda prisa a la cocina a rescatar las magdalenas.
La intuición de Annie le había dicho que eran especiales, ingredientes con los que añadir un toque extra de dulce al lugar.
Había sido una de las mejores decisiones de su vida.
Faye se ocupaba de la cafeína y la logística y se volvía cada vez más ambiciosa a medida que crecía la demanda.
Mientras tanto, la personalidad cálida y charlatana hasta decir basta de Pari la convertía en la favorita de muchos clientes.
Pari, un torbellino humano de metro cincuenta y pico de pura energía, solía atender en el mostrador mientras Annie se ocupaba de darles los últimos retoques a los dulces en la trastienda.
Por supuesto, la pareja no sabía nada sobre la brujería que ayudaba en Celeste, pero, con el paso de los años, Pari sí había mostrado algunas señales de que notaba la presencia de la magia.
Arrugaba la nariz, como si pudiera oler en el aire algo más que el pan recién horneado y la fruta escarchada.
A veces, entornaba los enormes ojos marrones cuando una chispa pícara de magia permanecía en el aire más tiempo del necesario, como si estuviera viendo a una mariposa bellísima alzar el vuelo por primera vez.
Annie había aprendido que debía tener cuidado al usar los poderes cuando Pari y ella trabajaban codo con codo.
—¿Qué tal van los rollos de canela? —le preguntó Annie a Pari.
—Un poco solitarios. Solo queda un par, pero, como está a punto de salir de la iglesia el grupo de madres con sus bebés, ya podemos despedirnos de ellos y de todos los demás dulces. Estoy segura de que elegirían antes a los cruasanes que a sus hijos.
—¿Y quién no? —gruñó Faye.
La crema volvió a salpicar la cocina.