Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 2. Las rosas son rojas #2
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Capítulo 2. Las rosas son rojas #2

Una milésima de segundo después, las suelas de sus zapatos de tacón aterrizaron en el suelo amaderado de su vestíbulo. El impacto hizo que se le moviera un poco el pelo y Annie meneó la cabeza para alejar las náuseas y el mareo de ese viaje instantáneo facilitado por la magia.

Entre todo el barullo de su día a día, Annie ansiaba más que nada la valiosa calma de su casa.

Pensó con añoranza en su sofá, sus libros, sus pijamas…

Y, durante un momento, la llegada le produjo alivio, una sensación sosegada de paz y alegría.

Pero esa tranquilidad suponía a su vez el fin de todas las distracciones.

Se le apagó la sonrisa y la curva ascendente se convirtió en una fina línea.

Un suspiro. Bajó los hombros, como si alguien hubiera presionado un botón, y se llevó la mano a la base del cuello para masajeársela.

Se quitó los zapatos y paseó descalza hasta el salón, donde dejó el abrigo hecho un ovillo en el suelo y se desprendió de los preciosos pendientes, deshaciéndose de capas como una serpiente mientras se movía.

Se quedó a oscuras para analizar lo que se sentía al estar sola de nuevo.

Con un chasquido, seguido de un vivaz fogonazo rosa, la televisión se encendió para llenar la habitación con el zumbido de un programa sobre antigüedades.

De inmediato, el ruido blanco limó un poco los bordes ásperos de su situación y la volvió menos agotadora.

Annie salpicó de magia las lámparas de mesa esmeriladas para aportar un toque de luz al salón y encendió con un puñado de llamas diminutas las velas con olor a algodón repartidas por la estancia, seleccionadas a propósito para que su hogar se sintiera rebosante de cariño y calidez.

El contestador emitía una luz roja sobre la mesa del teléfono. El corazón se le subió a la garganta y se preguntó quién la necesitaría mientras toqueteaba nerviosa el colgante en forma de estrella sobre su pecho.

«Annie, soy Viv. ¿Estás ahí? ¿Alguna vez respondes al maldito teléfono?

¿De qué te sirve tener uno si nunca estás en casa para responder?

En fin, perdón por molestarme en comprobar cómo te va, guapa.

Descuida, no volverá a pasar. Mira, estoy sufriendo una crisis total de armario y necesitaría que… ».

Annie se abalanzó sobre el contestador para presionar de inmediato el enorme botón con el que borrar el mensaje.

Acallar la voz de Vivienne era como atrapar una araña con un vaso.

Le devolvería la llamada a su amiga, de verdad, pero necesitaba prepararse para tener esa conversación. Quizá hasta ponerse una armadura.

Una nube esponjosa serpenteó, sedosa, entre sus tobillos desnudos y Annie suspiró, agradecida, antes de acunar en sus brazos la radiante bola de pelo blanco.

La nubecita dejó escapar un maullido de desaprobación que pareció sonar a: «¿Qué horas son estas?

». Annie enterró la cara en la increíble suavidad de su pelaje e inhaló el agradable aroma a seguridad, amor y conexión que siempre le daba la bienvenida al llegar a casa.

Era un recordatorio importante de que esa soledad al menos venía acompañada de un puñado de patitas rosadas.

—Lo siento, señorita. He llegado un poco tarde, ¿no? No podemos tenerlo todo, ¿verdad, Karma?

La bolita echó el suave hocico de color crema hacia atrás y soltó un agudo canturreo, aovillándose feliz entre los brazos de su dueña mientras la llevaba a la cocina.

Karma no estaba hecha para tareas tan mundanas como caminar hasta su propio bol, por lo que prefería que la transportaran cada vez que fuera posible.

La campanilla que colgaba de la cinta rosa que le rodeaba el cuello tintineó cuando Annie hizo aparecer la comida.

Karma enrolló su mullido rabo en torno a su cuerpo antes de comer con unos modales excelentes para una gata.

Annie rascó a su querida y preciosa familiar tras las orejas con suavidad y su tacto sedoso la calmó al instante.

La conexión entre una bruja y su familiar era valiosa e incomparable.

No es que Karma fuera a admitir en algún momento el cariño que le tenía a su humana.

Pero la gata blanca de ojos azul cielo y orejas rosadas y aterciopeladas no se separaba nunca de ella y siempre parecía saber cuándo la necesitaba.

Si no fuera por el animal, la chica estaba segura de que a veces se habría bloqueado o incluso desaparecido.

Annie se dejó caer en el reposabrazos del sofá antes de deslizarse sobre los cojines.

Permitió que su mente vagara hasta quedarse en blanco ante el televisor, y la mezcla de sonidos e imágenes opacó todo lo demás, diluyéndolo a su alrededor.

Las cortinas de lino que caían en cascada, el sofá rosa palo, las superficies de cristal con un toque de magia para que no se les quedara la marca de los dedos (ni las patas).

Exquisito. Aunque era bastante pequeño y minimalista en comparación con las mansiones de sus amigas, el apartamento de Annie siempre parecía estar inmaculado.

Como una casa en una serie o una fotografía de un catálogo.

Se aseguraba de que fuera así: nunca dejaba por medio posavasos, cojines ni bolas de cristal.

Incluso sus artilugios de bruja encajaban con la estética cuidada que con tanta atención había creado; un caldero de un suave tono dorado descansaba en la chimenea, decorado con velas blancas y un ramo de esponjosas gipsófilas en su interior.

Su hogar estaba a la altura y le parecería precioso a cualquiera que le echara un vistazo.

Libre de compromisos y responsabilidades al fin, las palabras de su día en la pastelería volvieron a ocupar su mente.

Recordar los problemas de los demás era como verter un bote de tinta sobre una página escrita.

Un jirón de una nube de tormenta se deslizó hasta colocarse sobre todo y no pudo hacer nada para detenerlo o conseguir que pareciera menos abrumador. Era lo único que veía.

Karma, al notar la espiral que estaba echando raíces en los pensamientos de Annie, se subió a su regazo.

Su cola liviana le acarició la cara y los labios, un gesto con el que pretendía aportarle consuelo.

Al final, Karma le acercó la cabeza a la barbilla y ronroneó para traerla al presente antes de acurrucarse sobre ella.

Annie, reticente, volvió a la realidad y miró el reloj.

Faltaba media hora para medianoche. Se debatió entre si tendría o no tiempo de hacer algo más antes del hechizo.

Si no, después se haría demasiado tarde, incluso para ella.

Tenía montones de estudios por completar para el aquelarre como parte de sus prácticas de segundo año.

Los rollos de pergamino amenazaban con hacer estallar el armario donde los guardaba.

Y aún necesitaba un atuendo adecuado para la noche siguiente.

Eso significaba que tendría que sacar la máquina de coser para elaborar algo lo bastante cautivador como para que las chicas no se dieran cuenta de que había reutilizado la prenda.

Nunca permitirían que lo olvidara si supieran que se había atrevido a usar de nuevo su favorita o a renovar un vestido viejo para mantener el nivel de sus modelitos siempre a la moda.

Las chicas no tardaban en señalar todas sus decisiones tontas.

«Tus amigas te ayudan a no bajar los estándares. Evitan que hagas el ridículo. Siempre saben lo que te conviene».

El día, largo a pesar del encantamiento en sus zapatos, había mermado los niveles de energía de Annie hasta mínimos imposibles.

Necesitaría una descarga extra de algunos ingredientes especiales para combatir el cansancio del día siguiente, para recuperar el equilibrio necesario.

La rosa de Cedric captó su atención, de un rojo intenso que contrastaba con la mesa donde la había olvidado.

Con la flor en las manos, Annie volvió a apoyarse en el reposabrazos sin interrumpir los suaves ronquidos de Karma y comenzó a desprender uno a uno todos los pétalos de la corola carmesí.

La separación de cada uno del tallo le producía una pequeña y áspera descarga, como si pudiera oír el tenue sonido de la rotura.

Los pétalos rojos le serían útiles esa noche.

Un pequeño extra de pasión, éxito o deseo en cualquier forma nunca venía mal para el hechizo, siempre y cuando lo equilibrara a la perfección y contrarrestara sus consecuencias negativas.

Quizá un toque de valeriana o polvo de piedra lunar para añadir calma, humildad, paciencia…

A nadie le gustaban las mujeres que brillaban demasiado.

Annie se obligó de nuevo a ponerse en pie después de posar con cautela a Karma en el sofá y ganarse una mueca contrariada a cambio. Había llegado la hora de hacer sus tareas nocturnas, la siguiente ronda de obligaciones.

Se estremeció. Una espina afilada del tallo le penetró en la yema y atrajo a la superficie una gota de sangre radiante.

Annie presionó con fuerza un pétalo sobre la herida para que coagulara, fusionando rojo con rojo.

Errores como aquel descuido eran la prueba irrefutable de que había llegado el momento de empezar con el hechizo.