Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 2. Las rosas son rojas
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Capítulo 2. Las rosas son rojas

LAS ROSAS SON ROJAS

E l restaurante tenía demasiada luz cenital y no el suficiente pan crujiente con mantequilla para el gusto de Annie.

Cualquier lugar donde no se tomaran en serio la calidad de su pan no estaba hecho para ella.

Su mente vagó, anhelante, hacia las hogazas con romero de Celeste, cuya corteza dorada estaba salpicada de escamas de una sal especial, invento suyo creado a partir de cuarzo cargado, una piedra brillante y translúcida que aportaba una chispa de buena fortuna.

Comer pan siempre era una gran idea, pero, si además traía buena suerte, mejor todavía.

Por desgracia, la suya parecía haberse agotado rápido aquella noche.

Annie se encontraba sentada frente a Cedric Reuben y el exceso de laca de su pelo.

Se había pasado la mitad de la velada sin poder apartar los ojos de él, de un rubio pálido, tan brillante que parecía hecho de plástico, como si fuera un muñeco.

Literalmente reflejaba la luz de las velas.

Annie se preguntó si sonaría hueco al golpearlo con los nudillos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para resistir las ganas de averiguarlo.

Había escuchado, paciente, cómo hablaba largo y tendido de su padre famoso y de sus exnovias, todas supermodelos.

El chico había hecho pausas demasiado largas para escuchar cómo se reía de sus chistes y había tratado en profundidad el tema de los fondos de cobertura, pero Annie entendió que no se refería a la cobertura de chocolate.

Llegados a ese punto, hasta su terca positividad comenzaba a menguar.

No le había hecho ni una sola pregunta más allá de algún «Sí, ¿y tú?

» poco entusiasta de vez en cuando. Annie había asentido y sonreído durante la mayor parte de la conversación.

En realidad, daba igual. Nunca le habría contado a Cedric nada cercano a la verdad, pero habría sido agradable tener la oportunidad de usar sus versiones favoritas de sí misma.

Sus amigas estaban decididas a hacer de celestinas y con este tenían buenas sensaciones, por lo que Annie se había atrevido a dejarse contagiar por una brizna de su optimismo.

Con el paso de los años, habían convertido en una especie de juego cazar a (presuntos) candidatos ideales para ella, aunque no llegaba a entender la definición que tenían de ese término en su cabeza.

Si hubiera podido acelerar el tiempo para escapar de la compañía que se encontraba sentada frente a ella, lo habría hecho.

Pero no era de las que incumplían las reglas sobre el control del tiempo; nada de rebobinar al pasado o visitar el futuro antes de lo previsto.

La manipulación del tiempo estaba estrictamente prohibida en el aquelarre y tenía una reputación excelente que mantener dentro de la comunidad de brujas y hechiceros de Londres.

Sin duda, no merecía la pena arriesgarse a cambiar la estructura temporal del mundo no brujo para escapar de una cita pésima… ¿No?

Pero ¿y volver loco el reloj de un único hombre, como si fuera un simple fallo de la pila? Eso no estaba mal, ¿verdad?

—Eres muy misteriosa —canturreó Cedric con una sonrisa torcida y engreída.

Las citas terribles requerían medidas desesperadas, y debía ponerlas en práctica si quería llegar a casa a tiempo para el hechizo. Su hechizo.

Apoyando la barbilla en la mano derecha, Annie apenas pestañeó (no más de lo habitual, por lo menos) mientras agitaba la copa de vino rosado para cubrir el movimiento de sus dedos hacia el reloj de Cedric.

Una delicada cadena de chispas pálidas surgió de sus yemas y se repartió por la mesa como si hubiera lanzado varios dados.

Por suerte, un no brujo requería de una cantidad razonable de imaginación para percibir la magia y los hombres como Cedric estaban bajo mínimos en ese aspecto.

De repente, las manecillas de su reloj se aceleraron, recorriendo tres veces la esfera de platino, y Annie continuó con su rutina.

Levantó la copa para ocultar, cortés, un bostezo.

Fue suficiente para empujar a Cedric a mirar el reloj y Annie vio cómo arqueaba las cejas, sorprendido.

—¿Qué diablos…? —Pestañeó, estupefacto—. No me lo puedo creer.

—El tiempo vuela, ¿eh? Será mejor que me vaya. —Le dedicó una sonrisa radiante, ofreciéndole su mejor perfil. Ya ni siquiera tenía que reflexionar sobre los pasos a dar, se sucedían por voluntad propia tras tantos años de práctica, una combinación de magia y memoria muscular.

—Juraría que acabábamos de llegar. Solo nos hemos bebido dos copas. Y no nos han traído las ostras —se quejó Cedric, atónito. Esbozó un mohín, curvando el labio inferior, lo que le provocó a Annie un poco de grima—. ¿De verdad te tienes que ir?

El hombre apenas podía ocultar su desesperación mientras se ponía en pie con dificultad.

Al salir con cautela del cubículo, Annie casi se sintió mal por él.

Entonces, rememoró la última hora de su vida, que podría haber dedicado a algo mucho más productivo, útil o satisfactorio, en lugar de a sonreír a ese hombre insufrible con la mirada perdida.

Se esforzó por encontrar los últimos rescoldos de su paciencia y notó cómo el hechizo, su encantamiento más profundo, constante e íntimo, le cosquilleaba la piel.

Se aferró, decidida, a los pensamientos positivos y pacientes que se hilaban entre sí como una guirnalda.

«Tenía buenas intenciones. Seguro. Es lo normal».

—Lo siento —se disculpó con una risita, una melodía que sonaba a la vez ligera y pesarosa. Tomó el bolso de la mesa, junto con la solitaria rosa roja que le había traído Cedric—. No puedo expresar con palabras lo bien que me lo he pasado. En serio. Lo repetiremos pronto.

—¿Mañana? —El chico tragó saliva cuando se le quebró la voz como un adolescente.

—Mañana no, pero pronto —contestó, afable.

A continuación, su ensayado discurso de despedida, delicado y reconfortante, se le escapó de entre los labios como la miel cálida.

Entretejió halagos con los que alabarlo con una excusa sutil que Cedric podía fingir no haber escuchado.

La perspectiva de una segunda cita, a pesar de las evasivas, le daría esperanza suficiente para aplacar el golpe y la realidad de un rechazo que no entendería hasta que volviera a casa sin ella.

Siempre se aseguraba de decir lo correcto, de activar el hechizo en el momento justo, y las palabras se encadenaban entre sí para formular la respuesta adecuada.

—Deja que te lleve a casa. O… —Cedric interrumpió ese hilo de pensamiento al chocar con la pata de una silla cuando se apresuró a seguirla por el restaurante, dejando atrás todas sus pertenencias—.

Iremos juntos en el taxi. Podemos compartirlo.

—Le dedicó a Annie lo que la chica supuso que sería una mirada seductora, al mismo tiempo que estiraba la mano para posársela en el antebrazo.

Pero su voz volvió a traicionarlo, dado que, con cada intento desesperado de persuadirla, su tono se iba apagando más.

Annie esbozó otra sonrisa paciente y comprensiva.

—Esta noche, no. Mañana me espera un día largo en el trabajo. —Annie suspiró, como si le rompiese el corazón tener que reprimirse—. Te llamaré.

La piel de Cedric adquirió un matiz verdoso, así que la bruja le dio un par de palmaditas en la solapa satinada de su atroz chaqueta de terciopelo para arrebatarle toda posibilidad de hacer algo que no fuera verla marchar.

Por lo general, solía permitir que los chicos le pararan un taxi, un último gesto caballeroso que los llevaba a pensar que eran todo lo que deseaba cualquier mujer.

Pero la cita había acabado con todas sus reservas de paciencia y, tras un día duro en Celeste, sus niveles de energía estaban bajo mínimos y el cansancio comenzaba a afectar a sus firmes decisiones.

Además, se había hecho un poco tarde y tendría que apurarse para llegar a casa a tiempo.

Le dedicó un saludo con la mano, lo que dejó a Cedric perdido y desolado, antes de aprovechar la oportunidad para desaparecer de su vista y colarse en el baño.

Por fin, pudo volver a respirar. Se giró hacia el espejo que ocupaba por completo la pared sobre los lavabos para comprobar a toda prisa que ningún mechón había abandonado su lugar.

Por supuesto que no. También se aseguró de que no se le hubiera corrido el pintalabios.

Tampoco. Si se le había diluido la máscara de pestañas, si había perdido un pendiente, si se le había agrietado el esmalte de uñas…

Al mirar hacia abajo, se dio cuenta de que los nudillos se le habían puesto blancos por la fuerza con la que se estaba sujetando al borde del lavabo.

Volvió a esbozar una sonrisa y se dirigió al reflejo de la chica que acababa de entrar y que se estaba recolocando un par de horquillas de plástico con forma de mariposa en el pelo.

—Ay, vaya, ¡me encanta tu vestido! Estás preciosa.

La chica le dedicó una sonrisa radiante por la descarga de autoestima, visible incluso bajo la tenue luz.

—Ah, gracias. Es de una tienda cualquiera. ¿Te lo puedes creer? Una ganga.

—¿Estás de broma? Parece que lo han hecho para ti. Te sienta como un guante —le contestó Annie al reflejo de la otra joven.

Ser la chica agradable en el baño era un papel que le encantaba interpretar.

Le gustaba la idea de que las mujeres volvieran a casa y les hablaran a sus amigas de esa persona tan dulce a la que habían conocido, de la chica que les había alegrado el día.

Cada vez que esa joven se pusiera ese vestido, se acordaría de Annie y se sentiría bien.

Cuando se hubo marchado y la bruja se quedó a solas, indicativo de que ya podía usar su magia, se quitó el pintalabios con un papel y lanzó un último vistazo hacia la puerta.

Juntó el dedo índice y el anular y una delicada voluta de chispas rosadas brotó de su mano, una cascada de motas rosas que se arremolinó a su alrededor, preparándola para el teletransporte.