Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 1. Azúcar y brujería #3
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Capítulo 1. Azúcar y brujería #3

Aceleró de camino a la trastienda tras correr las cortinas onduladas de la cafetería por el riel de latón.

Cuando Annie pasó a su lado con un suave ademán de la mano, se produjo una cascada de magia rosa, y un par de tazas, platos y bandejas que habían dejado atrás los clientes cruzaron el aire.

Se hundieron en el fregadero, lleno de agua caliente, antes de contonearse como un perro mojado y revolotear hasta los estantes de madera.

Las sillas se colocaron sobre la mesa mientras los manteles se sacudían para desprenderse de las migas.

Una fregona se escurrió dentro de un cubo con jabón y se deslizó por el suelo como un bailarín de salón, dejando a su paso una capa de espuma y burbujas.

Esa era otra razón por la que solía ser más fácil cerrar sin Faye y Pari: la magia de Annie, entusiasta y rápida, le echaba una mano cuando estaba sola.

La pequeña trastienda de la pastelería hacía las veces de almacén, sala de personal y vestuario, todo en uno, para su equipo de tres.

En algún momento, Faye había cubierto aquel lugar con montones interminables de revistas de música y cintas caseras grabadas de la radio.

También había sido el cementerio impresionante y extenso de los proyectos de manualidades de Pari, cada uno de los cuales le había obsesionado por completo antes de acabar totalmente olvidado tres semanas después.

Se había pasado septiembre haciendo animales de arcilla diminutos que en ese momento ocupaban cada recoveco posible como caramelos de tonos pastel.

Era acogedor, dispar y caótico, como la combinación de sus tres personalidades.

No obstante, Annie no pudo evitar lanzar un ápice de magia a la habitación para tratar de ordenarla al menos un poco mientras se abría paso entre los sillones, lo que colocó las cintas en orden alfabético y clasificó los conejos en miniatura por colores.

Su propio rincón estaba en una esquina, separado del resto.

Tras el precioso biombo antiguo, Annie se agarró la barbilla, pensativa.

Paseó la mirada por la ropa en el burro que tenía delante y desprendió su magia por la fila de vestidos, todos recién planchados y ahuecados para ese propósito concreto.

Faye y Pari siempre se reían con cariño de su vestidor improvisado.

—No confiaría en nadie más que en Annie Wildwood para mantener seda rosa y organza vintage al lado de los tarros de chocolate negro —había comentado Pari hacía poco.

El vestido rosa de esa noche era de un tono algo más suave que el resto.

Tenía cuatro, todos alineados en perchas cubiertas de terciopelo, ordenados de más claro a más oscuro en el burro, con unos zapatos de tacón situados justo debajo de cada uno.

Había añadido a cada par un pequeño encantamiento, Calceus Commodus , para volverlos más cómodos: cuanto más alto era el tacón, más entumecía el hechizo los dedos de los pies.

Estaba orgullosa de su trabajo. Se necesitaba talento e ingenio para mantener activa la magia gradual.

Sin embargo, era esencial. ¿Quién podía permitirse que un dolor de pies estropeara un conjunto perfecto?

Con un movimiento rápido de muñeca, invocó su magia y las manchas de nata montada, mantequilla y de una mezcla diversa de cremas desaparecieron, lo que dejó a Annie más inmaculada de lo que ya estaba, si es que era posible.

El vestido rosa pálido, que tenía un volante sobre la falda, se deslizó desde su percha al maniquí para añadirle todos los accesorios necesarios.

Satisfecha con sus elecciones, otro gesto sutil de magia intercambió el peto rosa fucsia de Celeste por el conjunto nocturno del maniquí.

Las cintas del delantal se anudaron para colgarse en la puerta y la cuchara de madera que en algún momento se había metido en el bolsillo trasero voló de vuelta a la cocina como un avión de papel.

Annie se miró en el precioso espejo dorado, herencia de su madre.

De inmediato se imaginó a Cressida Wildwood mirándose en él y los recuerdos de su infancia brotaron del cristal.

Su madre siempre se añadía un toque de laca o admiraba algún accesorio lujoso mientras Annie permanecía en el umbral de la puerta, pasando desapercibida.

Muchas noches, cuando se suponía que debería haber estado dormida, había observado en secreto, anhelante, cómo sus padres se arreglaban para salir.

Durante años se había preguntado adónde irían cada noche, tan misteriosos y glamurosos, una vez su madre anunciaba que ya estaba lista y su padre, orgulloso, la rodeaba con el brazo.

Annie ya era partícipe de aquel secreto, por lo que el espejo era un recordatorio de lo lejos que había llegado y todo lo que había dejado atrás.

Se pasó las manos por el pelo, aunque no lo necesitara, comprobó las pulseras, que repiquetearon entre sí, y practicó a toda prisa su sonrisa.

Parecía sincera. Destellos de una magia tenue aparecieron por su piel como purpurina.

Andrómeda Wildwood adoraba la magia. No solo le resultaba útil en múltiples ocasiones a lo largo del día, entretejida con cada elemento de su vida como un hilo dorado, sino que realzaba su aspecto.

Ser una bruja la hacía parecer divertida y optimista, cualidades que Annie deseaba reflejar a ojos de los demás.

Tardó un segundo en recomponerse y le lanzó una última mirada al espejo para comprobar que todo estaba en su sitio. Así era. Como siempre. El corazón se le aceleró un poco, como si quisiera llamar su atención, recordarle que seguía latiendo.

Entonces, susurró entre dientes:

—Perfecto.