Capítulo 1. Azúcar y brujería #2
Los días en Celeste empezaban muy pronto y terminaban incluso más tarde.
Los resultados de su duro trabajo, porque no había tenido otra opción que hacer que la pastelería funcionara cuando había abierto sus puertas por primera vez, se encontraban tras el escaparate para cautivar a todos.
Un mosaico compuesto de macarons de colores pastel que salían de la cocina tras haber pasado del bol al horno y del horno a la bandeja antes del alba.
Rollos de canela enroscados como una girándula de fuegos artificiales.
Una vidriera de tartaletas inmaculadas con frutas glaseadas.
Un chocolate tan cremoso que evocaba un tapiz de hilos de seda.
Delicados cruasanes en forma de caracola y esponjosos panes de chocolate impregnados de la sensación y el color de la hora dorada.
La pericia con todo lo relacionado con el azúcar o la magia y el gusto por la repostería de Annie eran algo digno de admiración.
Desde que era niña, sabía a ciencia cierta lo importante que era darse un capricho; la manera en la que mejoraba el ánimo más sombrío, iluminaba los días más oscuros y aportaba una chispa de esperanza a un corazón pesaroso.
—Entonces, ¿quién es el afortunado caballero de esta noche? —preguntó Olive con una expresión cómplice en el rostro mientras tomaba el abrigo de tartán y metía un juguete extraviado en el bolso siempre a rebosar.
—No sé de qué estás hablando. —Annie fingió inocencia mientras retiraba los platos vacíos y se desataba el delantal rosa con volantes, manchado de harina. La mayoría de las cosas en su vida eran de alguna tonalidad de rosa y pocas veces optaba por otro color.
—Eres como un reloj. Es jueves, ¿no? Y los jueves toca noche de cita.
—Olive movió un dedo en el aire, confiada—.
Los viernes son para tus chicas. Los lunes organizas el Club de la Tarta aquí, hasta altas horas de la noche, para alegrarles a todos el inicio de semana.
Los martes se los dedicas a tus estudios y los miércoles, a los planes espontáneos.
No estoy segura de si deberías llamarlos así si los planeas con antelación, pero…
—Olive negó con la cabeza antes de soltar una carcajada—.
Eres increíble, Annie. No sé cómo encuentras tiempo para dormir.
—Ya me conoces —replicó la chica, y se encogió alegre de hombros—. Me gusta ser organizada.
Olive se echó a reír.
—Una cosa es ser organizada y otra lo que tú eres, señorita. ¿Qué hay de malo en dejarse llevar?
Annie intentó no tomárselo como un desaire, aunque siempre se lo parecía cuando alguien recalcaba su necesidad de reflexionar sobre cualquier cosa con antelación.
—Todo sale mucho mejor si se remata con un lazo bien puesto, ¿no crees?
—Con las manos en las caderas, hizo un gesto con la cabeza hacia la pequeña caja que Olive tenía en la mano, la que contenía un petisú y un poco de crumble .
La luz incidió en la cinta rosa oscuro justo en ese momento, como si guiñara un ojo.
Solo faltó que a la vez sonara un agudo clin.
Annie tomó nota mental de añadir un tintineo mágico a su lista de poderes cuando tuviera un momento libre. Sería un detalle curioso.
Olive chasqueó la lengua.
—Pórtate bien con este, ¿quieres? Todos son víctimas indefensas en cuanto te ven. Lo he presenciado de primera mano más veces de las que recuerdo. Me siento mal por ellos. Pobrecillos.
Annie puso los ojos en blanco con cariño.
—Doy lo que recibo, eso es todo.
—Es el champú que usas, creo. Deberías decirme de qué marca es la próxima vez —musitó Olive al girarse para marcharse.
Splendor Coma era un hechizo que Annie había perfeccionado ante el tocador desde el primer día, desde la tarde en la que había adquirido sus poderes con quince años, antes de que su madre pasara a lecciones más importantes.
La cantidad perfecta de volumen, con una descarga controlada de brillo.
Una fragancia melosa, mezcla de coco dulce y vainilla fresca, flotaba por el aire con cada movimiento.
Incluso bajo la llovizna suave de Londres, su pelo estaba siempre perfecto.
Annie mantuvo la puerta abierta mientras Olive se marchaba, aferrada a la pequeña caja. Una niebla húmeda se extendía por la primera hora de la noche, cubriendo la calle empedrada de una lluvia brumosa que se volvía efervescente al entrar en contacto con el aire frío.
—Cada vez que necesites hablar, Ol, aquí me tienes.
Olive hizo una pausa durante un segundo para agarrarla de la mano.
—Eres una auténtica joya, Annie. ¿Qué haríamos sin ti? —Le apretó los dedos con firmeza, sincera—. Nos vemos la semana que viene, corazón.
Annie cerró el pestillo de latón y, con un profundo suspiro, apoyó la frente contra la puerta principal.
La conversación con Olive había sido dura.
Su corazón roto, su pérdida y su tristeza se le aferraban a las yemas de los dedos y vibraban contra su magia como si fueran fuerzas opuestas.
Annie solo se permitió un segundo de calma para asimilarlo.
Miró el reloj de pared en una esquina de la cafetería y se limpió una mancha traviesa de chocolate del dorso de la mano en el dobladillo del delantal que seguía colgado, suelto, en torno a su cintura.
Iba un poco justa de tiempo, dado que aún tenía que cerrar, acicalarse y encaminarse hacia el restaurante…
Sus labios se contrajeron en una ligera mueca mientras repasaba la lista de cosas por hacer esa noche, pero, en un abrir y cerrar de ojos, volvió a sonreír.
Por suerte, su especialización en Encantamientos siempre le había sido útil a la hora de usar la magia transformativa.