Deshechizada (Reembrujada 2)
© inepub.com
Capítulo 1. Azúcar y brujería
AZÚCAR Y brUJERÍA
L a promesa y el poder de darse un pequeño capricho son quizá el concepto más mágico que la mente proyecta.
El potencial que contienen, mientras revolotea a nuestro alrededor, apenas fuera de nuestro alcance, es un don que puede llevarnos a cosas maravillosas.
Es un ardid bien intencionado y una plegaria silenciosa.
Es una taza de café suave y caliente entre unas manos congeladas, a cambio de un madrugón antes del amanecer.
Es la paleta salpicada de colores radiantes de las flores del supermercado tras completar una lista de tareas, una malla de naranjas, una hogaza de pan.
O la valiosa media hora que nos prometemos reservar para la paz y el descanso, para la lectura y la evasión, en mitad del caos, en la que cualquier interrupción estará prohibida, aovillados bajo una manta que mantendrá alejado al resto del mundo.
Un pequeño capricho lo puede cambiar todo.
Cada pacto insignificante al que se llega en estas negociaciones encierra una magia igual de atractiva, pero seguro que la mayoría coincide en que no hay mejor capricho que un dulce.
Y los mejores siempre se encontraban en la pastelería Celestial.
Todos los que la conocían se sobornaban a sí mismos con una visita.
Si lograban superar las tareas del día, las exigencias de su vida cotidiana, entonces la recompensa era seguir el aroma a azúcar y canela tostadas que serpenteaba por la calle hasta llegar al toldo de rayas blancas y rosas.
Un encanto etéreo parecía flotar por el aire de Celeste, como lo llamaban los clientes habituales.
La atracción irresistible que producían los tonos rosados del lugar, tan bonito en la esquina de Maple Row, en Londres, podía explicarse con los dulces de su interior, aunque quizá también tuviera algo que ver con la propietaria.
Cuando Annie Wildwood se mudó y pintó de rosa el local, la pastelería pareció salir de la nada de la noche a la mañana, ya que apareció un buen día en una nube de luz primaveral a juego con el color de la pastelería y una nebulosa de glaseado de azúcar.
En menos de una semana, se corrió la voz de que Celeste y su encantadora propietaria tenían algo especial.
Mágico, incluso. Que Annie fuera en realidad una bruja era casi un detalle anecdótico.
Todo estaba elaborado con amor, por supuesto, pero también era cierto que, a lo largo de sus treinta y dos años, Annie había descubierto que el azúcar y la brujería formaban una combinación deliciosamente atractiva.
—Me temo que Joe se acaba de llevar el último profiterol —dijo Annie, a la vez que señalaba al anciano que salía de la tienda, que se despedía con un guiño hacia el resto de clientes, sintiéndose afortunado—. Pero el petisú de caramelo que me queda lleva tu nombre, Olive.
—Me vale, corazón —respondió la mujer, mientras arrugaba los ojos cansados.
Con el pelo rubio recogido en un moño despeinado hecho a toda prisa, se giró hacia la fila de compradores que esperaba tras ella con una sonrisa engreída por haber llegado antes que ellos.
Sin embargo, tampoco les preocupaba demasiado, porque, de algún modo, los clientes de Celeste siempre conseguían la última unidad de su dulce favorito, como si se les atendiera en el momento perfecto.
Aprovechando que Olive estaba rebuscando en su monedero, Annie agitó los dedos en dirección al último petisú, cuya cobertura de chocolate blanco brillaba como el mármol.
Un toque de chispas rosadas de Proprius Minutia flotó por el aire y el nombre «Olive» comenzó a delinearse sobre el glaseado con una delicada caligrafía.
Desde que había abierto la pastelería hacía cinco años, Annie no había tardado en darse cuenta de que los clientes estaban demasiado preocupados por el motivo de aquel caprichito como para darse cuenta de que algo tan insignificante como aquella magia se ponía en marcha en el lugar.
Los hechizos no eran tan difíciles de ocultar en el mundo no brujo como se podría pensar.
A decir verdad, Annie ya no tenía tiempo de personalizar los bollos a mano.
Desde que se hablaba de Celeste en todas partes, apenas tenía un segundo libre para las florituras en las que tanto ahínco había puesto en un principio, pero los pequeños detalles aún marcaban la diferencia.
Y no era de las que escatimaban en esas cosas.
Annie quería que todos los clientes de Celeste se sintieran especiales.
—¿Has tenido un buen día? —dijo Annie sin girarse mientras levantaba la tapa de cristal y tomaba con las pinzas el petisú, del que surgía una gota de crema esponjosa por un lado de la masa.
La luz de última hora de la tarde se filtraba a través del escaparate del establecimiento y sumía el local en un tono amelocotonado.
El principio del otoño típico de septiembre había traído consigo una alfombra anaranjada que se extendía por la acera en el exterior y, al abrir la puerta, los crujidos de las hojas se unieron a las conversaciones de la ajetreada cafetería movidas por una ráfaga de aire.
—Caótico pero tranquilo. —Olive se encogió de hombros—. Últimamente todos los días son iguales. —Su sonrisa se apagó y se convirtió en un gesto cohibido por la confesión, y el brillo en sus ojos también se atenuó.
Annie titubeó al sentir en los huesos que la mujer la necesitaba, como solía ocurrir a menudo.
Era una sensación que tiraba de ella, como si una enredadera se le enroscara en torno a las costillas.
Añadió al pedido un poco de crumble de manzana con canela y lo metió todo en una pequeña caja envuelta con una cinta.
Olive la agarró por el asa con cuidado, como si la dulzura que contenía fuera medicinal.
Le quedaba todavía por atender a una fila de clientes pacientes que llegaba casi hasta la puerta, a pesar de que ya se intuía en el aire la llegada de la hora del cierre.
Pero Annie podía sacar algo de tiempo libre tras servirlos a todos.
—¿Te apetece tomarte un té, Ol? Ya casi he terminado —propuso Annie, inclinada sobre el mostrador—. Puedes ayudarme a terminar con las sobras del pan de plátano.
A Olive la idea pareció encantarle, pero luego titubeó.
—Sé que estás ocupada. No creo que quieras cambiar tus emocionantes planes vespertinos por mi culpa.
—¿De dónde te has sacado que tengo «emocionantes planes vespertinos»? Creo que no pasará nada si los aplazo —contestó Annie, para desestimar despreocupada la sugerencia. Ignoró la punzada en el pecho, el deseo de volver a casa tras llevar de pie desde primera hora de la mañana.
Cuando Celeste por fin se despejó, Annie aprovechó la oportunidad y le dio la vuelta al cartel rosa para que pasara de «Abierto» a «Cerrado» antes de que alguien pegase la nariz a la puerta con una mirada suplicante.
Había enviado a sus compañeras, Faye y Pari, a casa hacía horas (a pesar de sus protestas), ya que no deseaba que gastasen sus tardes en la pastelería.
Annie sabía lo valiosos que deberían ser esos momentos y no quería arrebatárselos, sobre todo porque podía apañárselas sin problema ella sola.
Por fin, armada con dos tenedores y varias rebanadas de pan especiado con nueces que sabía a las tardes de los domingos de octubre, se sentó con Olive junto al escaparate justo cuando empezaban a titilar las primeras estrellas en el exterior.
—Cuéntame.
El pan de plátano veteado no había sido una elección al azar; Annie lo había seleccionado en especial.
La poción reconfortante (manzanilla, la ligereza de una pluma, un suspiro de aliento de mariposa, todo mezclado en el sentido de las agujas del reloj) que había añadido al sirope de caramelo salado le aportaría a Olive una chispa de consuelo que la acompañaría durante las próximas noches.
Annie escuchó cómo había cambiado su vida, lo atareada y a la vez vacía que se había vuelto desde la pérdida de su marido, que había sido su primer amor.
Le sirvió té y alivio entremezclados y le habló de su sueño de encontrar un amor como ese.
Cuando Olive terminó, tras una hora solo para ella, lejos de los niños, algo nada habitual, se notaba más liviana, como si le hubiera desaparecido de los hombros el peso de sus problemas.
Los apliques perlados del local derramaban su luz sobre las baldosas blancas y negras y un puñado de migas salpicaba el mantel de borde ondulado.
Reuniones como aquella eran una constante en la vida de Annie.
Es más, parecía que las atraía, aunque fuera de forma inconsciente.
Y, lo más importante, nunca las rechazaba.
En Celeste no solo se atendía al público con una sonrisa, sino que se ofrecía un trato genuino de amistad.
Se aseguraba de recordar todos los detalles del día a día de cada cliente, desde las citas médicas de sus hijos o la redecoración de sus casas hasta los resultados de los exámenes.
Annie siempre sabía qué decir para hacerlos sentir mejor.
Ningún detalle era insignificante y ningún sabor demasiado complejo como para rechazar una petición.
Todos le ablandaban y le llenaban el corazón.