51 Victor
El gimnasio que había construido con mis propias manos no solo sobrevivía, estaba prosperando de la hostia.
Una semana después de que se filtraran las fotos, estoy en la puerta de mi despacho contemplando una escena que jamás habría imaginado.
Las colchonetas están repletas de luchadores; más cuerpos de los que hemos tenido en años.
Tres novatos se vendan las manos junto a las taquillas, con tatuajes y pulseras arcoíris a la vista mientras se ríen con Cruz.
—Es la cuarta llamada de hoy —dice Marco, colgando el teléfono—. Un luchador de Cincinnati. Dice que ha conducido seis horas después de ver tu declaración en Instagram.
—¿Qué declaración en Instagram? —pregunto frunciendo el ceño.
Marco sonríe.
—La que Theo publicó por ti. Deberías echarle un vistazo a tus propias redes, jefe.
Saco el móvil y la veo: una foto mía en el ring, con pinta de fiera, y un pie de foto que desde luego no escribí yo: «Kaine's Fight Club: Donde tu sexualidad no importa siempre que tu gancho de derecha sí. #FightProud».
Cincuenta y siete mil me gusta. Joder.
—Nos estamos quedando sin taquillas —grita Jonah desde el otro lado del gimnasio mientras guía a un par de mujeres hacia la sala de equipamiento—. Y Micah necesita ayuda con el nuevo horario de clases.
A través de la ventana, veo a cinco personas más esperando fuera. Sus rostros son una mezcla de nerviosismo y esperanza que reconozco demasiado bien: gente a la que han rechazado en otros sitios, a la que le han dado con la puerta en las narices.
—Jefe. —Ray se acerca con su tableta—. Hemos tenido diecisiete inscripciones nuevas solo hoy. Eso es más de lo que solemos conseguir en un mes.
—Y han llamado tres posibles patrocinadores —añade Marco—. Empresas más pequeñas, pero ofrecen mejores condiciones de las que MaxFit ofreció jamás.
La puerta se abre y entran más luchadores: un hombre trans de mirada cautelosa que se presenta como Diego, una pareja de lesbianas que llevan cinco años entrenando juntas pero no encontraban un gimnasio que las aceptara a las dos, un peso pesado bisexual que dejó su club anterior tras años escondiéndose.
Diego tiene un pez koi en el hombro: obra de Cruz, el diseño que Cruz llevaba proponiendo a tres luchadores diferentes hasta que por fin alguien dijo que sí. Ahora la mitad del gimnasio lleva kois en alguna parte del cuerpo. Cruz lo llama la temporada de los koi.
—Victor. —Remy aparece a mi lado—. Tenemos que hablar. El equipo principal está esperando en el despacho.
Dentro están todos: Marco, Ray, Jonah, Micah, Cruz. En sus rostros brilla algo que no había visto antes. Determinación.
—Hemos estado hablando —empieza Jonah—. Esto no es solo un momento puntual. Es una oportunidad.
Cruz asiente.
—Deberíamos formalizarlo. Hacerlo oficial.
—Cambiar de marca —dice Micah—. A Oath MMA Club.
—Con una declaración de principios —añade Remy—. Para convertir la lucha en un espacio seguro para todos los que han sido rechazados en otros sitios.
Miro a estos hombres, mi equipo, mi familia, y siento que algo encaja en su sitio. La idea se cristaliza en mi mente como el contraataque perfecto ante un ataque predecible.
—Oath MMA Club —repito, probando el nombre. Me gusta cómo suena. Fuerte. Con significado—. Porque no rompemos nuestros juramentos.
Cruz sonríe.
—Exacto, jefe. Apoyamos a nuestros luchadores pase lo que pase.
—Ya tenemos el concepto del logo —dice Ray, mostrando un diseño en su tableta. Es nuestro emblema original, pero reimaginado: más limpio, más atrevido, con un elemento arcoíris discreto en la «O» de Oath. Sutil pero inconfundible.
—No se trata solo de sexualidad —explica Marco—. Se trata de hacer una promesa a cada luchador que cruce esas puertas: que aquí pueden ser ellos mismos. Al cien por cien.
Asiento, notando cómo algo se expande en mi pecho.
—Hacedlo —le digo a Ray—. Todo. Nueva señalización, web, redes y merchandising. Y tramitad todo el papeleo necesario.
—Ya está redactado —dice Ray, deslizando una carpeta por el escritorio—. Solo falta tu firma.
—Y jefe —añade Jonah—, deberías saber que esta mañana han llamado tres luchadores más del gimnasio de Dawson. Quieren unirse a nosotros, como hizo Rodriguez.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Quiénes?
—Patel, Chen y Harper.
No puedo ocultar mi sorpresa.
—¿Los tres? ¿Los pesos pesados de Dawson?
—El hermano de Chen es gay. Y la hija de Harper acaba de salir del armario como trans. Patel no ha dicho por qué, solo que quiere irse. Dicen que Dawson lleva haciendo comentarios que ya no pueden tragar.
Cruz se ríe.
—Resulta que convertir este lugar en abiertamente inclusivo no solo ha mantenido unida a nuestra familia, sino que nos está trayendo el talento que Dawson pensaba robarnos.
—Su plan le ha salido completamente por la culata —añade Remy—. He oído que se ha quedado con la mitad de la plantilla que tenía el mes pasado. No le podría haber pasado a un cabrón más simpático.
Firmo los papeles con mano firme y miro a estos hombres, mis hermanos, que se mantuvieron a mi lado cuando todo lo que había construido estaba amenazado.
—Bueno, caballeros —digo, sin poder contener la sonrisa—, parece que tenemos un nuevo club que construir.
La energía en el gimnasio esta mañana es brutal.
Nunca he visto el lugar tan vivo: luchadores que se esfuerzan más, que ríen más fuerte, que se mueven con una libertad que hace que hasta los ejercicios más agotadores parezcan una celebración.
Hay algo diferente en el ambiente, como si todos hubiéramos pasado la vida respirando con filtros y de repente nos hubiéramos dado cuenta de que no los necesitábamos.
Cuando termina el entrenamiento, observo a Cruz trabajar con Diego en su técnica de pie. La puerta principal se abre. La luz del sol inunda el interior y recorta la silueta de Theo antes de que entre, con las gafas de sol de diseño echadas hacia atrás.
Mi corazón hace eso que hace, ese maldito vuelco ridículo que antes me aterrorizaba. Ahora simplemente dejo que pase.
—Hola —dice mientras se acerca con un café en la mano—. Traje refuerzos. Parece que te hacen falta.
Antes de que pueda pasarme la taza, lo atraigo hacia mí y lo beso. No un beso rápido, no un gesto comedido, sino un beso de verdad, en medio de mi gimnasio con veinte luchadores que nos observan. Sus labios se curvan en una sonrisa contra los míos.
Cuando nos separamos, me doy cuenta de que el gimnasio se ha quedado en silencio. Entonces Cruz suelta un silbido pícaro desde las colchonetas, y así sin más, todos vuelven a sus rutinas. Como si nada. Aquí no ha pasado nada.
—Vaya —dice Theo, con los ojos brillando de sorpresa—, eso sí que es nuevo.
—Se acabó esconderse —le digo mientras cojo el café—. No tiene sentido. Además, resulta que Dawson nos ha hecho un favor.
—¿Cómo es eso?
Señalo hacia un grupo de luchadores que reconozco de las fotos promocionales del gimnasio de Dawson. —Otros tres de sus mejores competidores se han largado esta mañana. Después de Rodriguez. Hoy firman con nosotros.
—¿En serio? —la sonrisa de Theo se ensancha—. Eso es fantástico.
Señalo con la cabeza hacia la oficina donde espera el papeleo. —Escucha esto: oficialmente vamos a cambiar de nombre. Oath MMA Club. La inclusión será parte de nuestros valores fundamentales.
—Oath —repite Theo, saboreando la palabra—. Me gusta.
—Porque no rompemos nuestras promesas —digo, sorprendido de lo bien que suena—. Ni a los demás ni a nosotros mismos.
Entro en mi oficina y dejo que la puerta se cierre detrás de nosotros.
El ruido del gimnasio se reduce a un zumbido lejano mientras me dejo caer en la silla, exhausto pero eufórico.
Antes de que Theo pueda sentarse en el borde del escritorio como suele hacer, le cojo la mano y lo atraigo hacia mi regazo.
Aterriza con una risa de sorpresa y su peso se acomoda contra mí a la perfección. Le rodeo la cintura con los brazos y lo estrecho contra mí.
—¿A qué viene esto? —pregunta mientras me rodea el cuello con los brazos.
Lo miro, a este hombre que me ha puesto el mundo del revés de la mejor manera posible, y algo se me atraganta.
—Tengo que darte las gracias —digo, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Arquea las cejas. —¿Por qué?
—Por no rendirte conmigo. —Aprieto las manos en sus caderas—. Por obligarme a ser yo mismo cuando estaba demasiado acojonado para admitir siquiera quién era. Por quedarte incluso cuando te escondía como si fueras un secreto vergonzoso.
La expresión de Theo se suaviza, pero guarda silencio y me deja encontrar las palabras.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, y te escondí. —Niego con la cabeza ante mi propia estupidez—. Llegué a convencerme de que estaba protegiendo todo lo que había construido, cuando en realidad estaba demasiado aterrorizado para dejar que nadie viera quién soy de verdad.
Levanto la mano para tocarle la cara y le acaricio el pómulo con el pulgar. —Voy a pasarme el resto de nuestras vidas compensándotelo, cariño. Te lo juro.
Theo se inclina hacia mi caricia, con los ojos brillantes. —No hay nada que compensar. Hemos llegado aquí juntos.
—Sí, pero tú estabas listo desde el principio. Yo no hacía más que dar largas.
—Y ahora mírate —dice con una sonrisa mientras echa un vistazo al gimnasio, donde mis luchadores, mi familia, están construyendo algo completamente nuevo—. Todo un revolucionario.
Me río y lo atraigo más hacia mí hasta que nuestras frentes se tocan. —Todavía tengo miedo a veces —admito—. Pero no de esto. Nunca de ti.
Theo se inclina y me besa con dulzura, sus labios suaves contra los míos. A diferencia de nuestro calor y urgencia habituales, este beso es diferente, casi reverente. Sus dedos se enredan en mi pelo y me acunan la cabeza como si fuera algo precioso, no el bruto que ve la mayoría de la gente.
Cuando se aparta, me sostiene la mirada con una intensidad que todavía me deja sin aliento.
—Te quiero, Victor Kaine. No solo las partes que muestras a los demás: el luchador, el empresario, el tipo duro.
Quiero al hombre que llora en mis brazos.
Al que tiene miedo a veces pero lo afronta de todos modos.
Al que está construyendo algo revolucionario porque es lo correcto, no porque sea fácil.
Sus palabras calan en mí y llenan grietas que no sabía que existían. He pasado toda mi vida siendo duro: cuerpo duro, mente dura, corazón duro. Pero con Theo estoy aprendiendo que la ternura no es debilidad. Es otro tipo de fuerza.
—Yo también te quiero —susurro contra sus labios—. Más de lo que creía posible.
Theo sonríe y me recorre la mandíbula con las yemas de los dedos. —¿Quién iba a decir que el temible dueño del club de lucha era tan romántico?
—Solo contigo, llamarada. Solo contigo.
Me besa de nuevo, más profundamente esta vez, y me pierdo en el beso, en él. Mis manos se deslizan bajo su camisa, no con intención sino solo para sentir su piel cálida, para aferrarme a la realidad de que está aquí, de que es mío, de que hemos sobrevivido a la tormenta.
La puerta se abre de golpe sin previo aviso.
—¡Jefe! Joder, jefe, no te vas a creer... —Micah se queda paralizado a media frase, con los ojos como platos ante la escena—. Oh. Perdona. Puedo volver...
—No pasa nada —digo, aunque Theo no hace ademán de levantarse de mi regazo—. ¿Qué hay?
La sonrisa de Micah vuelve, tan amplia que casi le parte la cara en dos. —Acaba de llamar Reese. Han cerrado el nombre de la colección. La van a llamar Colección Oath.
Theo se ríe contra mi hombro.
—Quieren que seamos su gimnasio insignia —continúa Micah, dando botes de emoción—. Catálogo de primavera. Lanzamiento nacional. Todo.
Exhalo lentamente. El mismo suspiro que solté en mi oficina hace dos días, solo que esta vez tiene dónde posarse. —Dawson debe de estar perdiendo la puta cabeza ahora mismo —digo.
Cuando Micah se marcha, Theo se vuelve hacia mí. —¿Ves? Todo lo que temías perder... a cambio estás consiguiendo algo mejor.
Lo atraigo hacia mí y hundo la cara en su cuello un momento. —No puedo creer que esto esté pasando.
—Créelo —susurra, enredando los dedos en mi pelo—. Estás construyendo algo revolucionario aquí, Victor. Algo que importa.
—Lo estamos construyendo —le corrijo, y levanto la cabeza para mirarlo a los ojos—. No habría podido hacer nada de esto sin ti.
Su sonrisa se suaviza. —¿Socios?
—En todo —prometo, y lo sello con un beso.
El ruido del gimnasio se cuela por la puerta: risas, palabras de ánimo, el golpeteo rítmico de los guantes contra las almohadillas. Mis luchadores. Mi familia. Nuestro futuro, que se transforma ante nuestros ojos en algo que nunca imaginé posible.
Por primera vez en mi vida, no estoy luchando contra algo. Estoy luchando por algo: por nosotros, por todos los que están ahí fuera, por un mundo en el que nadie tenga que ocultar quién es para hacer lo que ama.