52 Epílogo
THEO
Los imponentes pinos se difuminan en una mancha verde mientras el todoterreno de Victor avanza por la sinuosa carretera forestal.
Llevo la última hora observándolo desde el asiento del copiloto, estudiando cómo aprieta la mandíbula, cómo sus dedos tamborilean contra el volante cuando deberían estar relajados. Algo no va bien.
—¿Quieres contarme qué pasa por esa cabeza tuya? —pregunto, rompiendo el silencio que lleva kilómetros instalado entre nosotros.
Victor mantiene la mirada fija en la carretera.
—No pasa nada.
—Mentira. —Bajo el volumen de la música—. Has estado raro toda la semana. Distraído. Consultando el móvil a cada rato. Y ahora me llevas a una cabaña misteriosa sin tu entusiasmo habitual por desnudarme en lugares nuevos.
Casi sonríe ante eso. Casi.
—Solo estoy cansado. He tenido mucho lío en el gimnasio con el nuevo patrocinio.
Le pongo la mano en el muslo y noto cómo el músculo se tensa bajo mi tacto.
—Ya no hacemos esto, ¿recuerdas? Lo de evadirnos. No después de todo lo que hemos pasado.
Victor exhala lentamente y sus anchos hombros se relajan un poco.
—No es nada malo.
—Entonces, ¿por qué actúas como si me llevaras a mi propia ejecución en vez de a un fin de semana romántico?
El todoterreno reduce la velocidad al acercarnos a una bifurcación, y Victor toma el camino de la derecha, adentrándose más en el bosque. La luz del sol se filtra a través del dosel de árboles y proyecta patrones dorados sobre su rostro. Lo observo tragar saliva; su nuez de Adán sube y baja.
—He estado dándole muchas vueltas a las cosas —dice al fin.
—¿A qué?
—A nosotros. A hacia dónde vamos.
Se me encoge el estómago. A pesar de todo lo que hemos superado, una parte de mí sigue esperando que huya cuando las cosas se ponen demasiado serias.
—¿Y hacia dónde es eso exactamente?
Victor aparta los ojos de la carretera un segundo para mirarme, y algo vulnerable destella en su mirada.
—Victor —insisto—. ¿Qué tienes en la cabeza? Me estás empezando a asustar.
—Nada, te lo prometo —dice Victor, forzando una sonrisa que no le llega a los ojos—. Solo quiero olvidarme de todo lo demás este fin de semana. Sin gimnasio. Sin patrocinadores. Sin redes sociales. Solo tú y yo.
Le estudio el rostro, buscando la verdad detrás de sus palabras. Después de meses derribando sus muros, he aprendido a leerlo, pero ahora mismo oculta algo a propósito.
—Vale —digo con suavidad. Le llevo la mano a los labios y le beso los nudillos. Sus dedos se relajan un poco entre los míos—. Lo que tú digas, grandullón.
La tensión entre nosotros se alivia mientras tomamos la última curva, y de repente los árboles se abren para revelar una impresionante cabaña con tejado a dos aguas al borde de un pequeño lago.
La estructura se eleva majestuosa entre los pinos, con su enorme fachada de cristal que refleja el agua y el atardecer que se aproxima.
—Joder —susurro mientras Victor aparca junto a la cabaña.
—¿Te gusta? —Por primera vez en todo el día, su voz suena realmente entusiasmada.
—¿Que si me gusta? Es jodidamente increíble.
El interior es aún más impresionante: techos abovedados con vigas a la vista, una chimenea de piedra que domina una pared y ventanales de suelo a techo que enmarcan el lago como un cuadro viviente.
Los muebles modernos se mezclan con toques rústicos en un equilibrio que resulta lujoso y sencillo a la vez.
Deambulo por el espacio, paso los dedos por las encimeras lisas, admiro el arte en las paredes.
Cuando llego a la parte trasera de la cabaña, me quedo paralizado ante lo que veo a través de la ventana.
En la terraza con vistas al agua hay una mesa cubierta con mantel de lino blanco, puesta para dos, con copas de cristal que capturan la luz de docenas de velas.
Hay pétalos de rosa esparcidos por las tablas de madera, y guirnaldas de luces se entrelazan por las barandillas, brillando suavemente en el crepúsculo.
Se me hace un nudo en la garganta mientras me vuelvo hacia Victor, que me observa con una expresión indescifrable.
—¿Has preparado todo esto? —pregunto, señalando la escena romántica.
Asiente y se acerca.
—Lo organicé yo. Contraté un servicio para que lo preparara todo antes de que llegáramos.
Todavía estoy asimilando la impresionante vista cuando la puerta corredera se abre a nuestra espalda y un camarero elegantemente vestido sale a la terraza.
—Buenas tardes, caballeros —dice con una sonrisa profesional—. ¿Prefieren refrescarse primero o desean que comencemos con la cena?
Mi estómago gruñe audiblemente en respuesta y me arranca una risa.
—Me muero de hambre, la verdad. —Miro a Victor con gesto de disculpa—. Perdona, han pasado horas desde el almuerzo.
—Yo también —dice Victor, y parece que su tensión anterior se desvanece—. Comamos.
El camarero asiente y señala la mesa elegantemente dispuesta.
—Por favor, pónganse cómodos.
Nos acomodamos en nuestros asientos, uno frente al otro, mientras el sol se hunde tras los pinos y proyecta luz dorada y roja sobre la superficie del lago. En cuestión de momentos, el camarero regresa con una cubitera con una botella de champán y dos copas de cristal.
—Cortesía del señor Kaine —dice mientras descorcha la botella con pericia y sirve el líquido burbujeante.
Aparece un pequeño plato de delicados canapés: diminutas tartaletas de hojaldre rellenas de caviar y crème fraîche, junto a vieiras perfectamente selladas.
Tomo un sorbo de champán y dejo que las burbujas bailen en mi lengua mientras contemplo este escenario perfecto. Las velas parpadean con la suave brisa vespertina y proyectan una luz cálida sobre el rostro de Victor.
—Esto es... —Señalo todo a nuestro alrededor, buscando las palabras—. Increíble. Alucinante. Tengo que admitir que no te tenía por tan romántico. Esto es de otro nivel.
La expresión de Victor se suaviza y alarga la mano por encima de la mesa para coger la mía. Su pulgar traza círculos en mi palma, un gesto suave e íntimo que he aprendido a adorar.
—Nunca lo he sido —admite en voz baja—. Hasta que llegaste tú.
El camarero trae nuestro plato principal: filetes perfectamente sellados con puré de patatas trufado y espárragos asados.
Todo está exquisito, pero incluso mientras saboreo cada bocado, noto la energía nerviosa de Victor al otro lado de la mesa.
No deja de mirarme a mí, luego al lago, y otra vez a mí, y apenas ha tocado su comida.
—Este filete está increíble —digo, intentando llenar el extraño silencio entre nosotros—. Aunque creo que has cortado ese mismo trozo de carne unas diez veces sin comértelo.
Suelta una risa forzada y da un bocado, pero sus movimientos son mecánicos.
El camarero regresa con el postre: una especie de tiramisú deconstruido que parece una obra de arte en el plato.
Mientras picoteamos los dulces, intento mantener la conversación: le pregunto por sus nuevos luchadores, le cuento sobre una pista que estoy produciendo.
Pero sus respuestas son distraídas, breves.
Mi paciencia se agota cuando dejo la cuchara.
—Victor, en serio. ¿Qué pasa? Te has comportado de forma rara todo el día, y ahora es como si no estuvieras aquí conmigo. ¿Ha pasado algo con el gimnasio? ¿Es Dawson otra vez?
Victor respira hondo y deja la servilleta sobre la mesa.
—No exactamente. Joder, estoy nervioso.
Antes de que pueda responder, aparta su silla y viene a mi lado de la mesa. El corazón me da un vuelco cuando se arrodilla junto a mí y mete la mano en el bolsillo para sacar una pequeña caja de terciopelo negro.
—Joder —susurro, con las manos temblándome de repente—. Victor…
Abre la caja y deja ver un anillo impresionante: oro amarillo, grueso y masculino, pero con una línea de diamantes que atraviesa el centro, captura la luz de las velas y la devuelve en destellos brillantes.
—Theo Winters —dice Victor, con la voz ronca y entrecortada—. Nunca pensé que sería el tipo de hombre capaz de amar así, abiertamente y sin miedo. Tú cambiaste eso. Lo cambiaste todo.
Respira con un temblor.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Sí —susurro, y luego más fuerte—: Sí. Un millón de putas veces que sí.
Se me nubla la visión con lágrimas mientras Victor me desliza el anillo en el dedo. Encaja perfectamente; su peso resulta extraño y a la vez inmediatamente correcto. Antes de que pueda tomar otro respiro, Victor se levanta y me alza en brazos como si no pesara nada, y aplasta su boca contra la mía.
El beso es desesperado, profundo, lleno de una promesa que me hace doler el pecho. Le rodeo el cuello con los brazos, aferrándome como si fuera a salir flotando sin su fuerza para anclarme.
Cuando por fin nos separamos, Victor apoya su frente contra la mía.
—Joder, te quiero tanto —dice, con la voz ronca de emoción.
—Yo también te quiero —susurro contra sus labios—. Siempre te he querido.
Sin bajarme, Victor me lleva lejos de la mesa por un sendero que no había notado antes. Serpentea entre los árboles, apenas visible en la creciente oscuridad salvo por el suave resplandor de más adelante. Cuando doblamos el último recodo, jadeo.
Un pequeño claro se abre ante nosotros, completamente transformado por cientos de velas en faroles de cristal que crean un círculo de luz dorada en medio del bosque. En el centro hay un lecho de mantas mullidas y almohadas, rodeado de más pétalos de rosa y lucecitas que parpadean en las ramas.
—¿Cuándo has hecho todo esto? —pregunto, asombrado por el esfuerzo, la dedicación, lo romántico que es todo.
—Tuve ayuda —admite Victor, bajándome con suavidad hasta que mis pies tocan el suelo al borde de las mantas. Sus dedos me recorren el pómulo y luego se deslizan entre mi pelo—. Quería que esta noche fuera perfecta para ti. Para nosotros.
El anillo captura la luz de las velas mientras alzo la mano para tocarle el rostro. Victor gira ligeramente la cabeza para besarme la palma.
—Quiero hacerte el amor —murmura contra mi piel—. Aquí, bajo las estrellas, como tu prometido.