46 Theo
La luz del sol entra por la ventana y me despierta de lo que parece el sueño más profundo de mi vida. Me duele todo el cuerpo, testimonio de los últimos tres días. Me estiro y noto el ardor placentero en músculos que ni siquiera sabía que tenía.
A mi lado, Victor duerme plácidamente, con su enorme cuerpo ocupando casi toda la cama. Incluso dormido, transmite poder, pero ahora percibo en él una vulnerabilidad que no existía antes de que comenzara la Cacería. Los últimos tres días abrieron algo en su interior, algo hermoso y en carne viva.
Su teléfono vibra en la mesita de noche, luego otra vez, y otra. Tras la quinta vibración consecutiva, Victor se remueve y lo busca a tientas con un gruñido.
—¿Qué? —murmura, con la voz pastosa de sueño.
Observo cómo su rostro se transforma: la relajación da paso a la confusión, luego a la estupefacción y después a la rabia. Se incorpora de golpe, sin rastro de sueño.
—¿Cómo que retiras tu patrocinio? —la voz de Victor es peligrosamente calmada—. No entiendo qué...
Se queda en silencio, escuchando. El color abandona su rostro.
—¿Fotos? ¿Qué jodidas fotos?
Victor aparta las sábanas de un tirón y se levanta, desnudo y vibrando de tensión. Trastea con el teléfono, abre algo y se queda paralizado.
—Joder. ¡JODER!
Gira la pantalla hacia mí. Se me cae el alma a los pies. Ahí, en alta definición, aparece Victor inclinándome sobre algo y penetrándome por detrás en la sala de orgías, con el rostro perfectamente visible. La foto es sin duda de la Cacería.
Su teléfono suena de nuevo. Victor responde con la mandíbula tan apretada que le palpita un músculo.
—Marco, más despacio. ¿Qué estás diciendo sobre los luchadores?
Otra pausa. Victor palidece aún más.
—¿Jenkins Y Álvarez? ¿Los dos?
Cuando cuelga, Victor marca otro número de inmediato mientras camina de un lado a otro como un animal enjaulado.
—Xavier —gruñe en cuanto responden—. ¿Quién COÑO ha filtrado imágenes de la Cacería? ¡Se suponía que tu seguridad era impenetrable!
Observo cómo el rostro de Victor se endurece mientras escucha a Xavier.
—¿Uno de los cazadores? ¿Estás seguro? —Victor camina de un lado a otro con la mano libre cerrada en un puño, los nudillos blancos—. Eso debería haber sido imposible.
Xavier debe de estar disculpándose, porque la expresión de Victor cambia ligeramente: sigue furioso, pero asoma un atisbo de resignación.
—No, entiendo que seguiste tus protocolos de seguridad —la voz de Victor baja de tono—. Sé quién fue.
Cuando cuelga, Victor arroja el teléfono sobre la cama y se frota la cara con las manos.
—Fue Marcus —dice sin inflexión—. Tiene que ser. Reid.
Me incorporo y me enrollo la sábana en la cintura.
—¿Marcus? ¿Por qué iba él a...?
—Porque te vi con él en Eclipse. Cuando lo besaste —los ojos de Victor se encuentran con los míos, sin rastro de acusación, solo constatando un hecho—. También te estuvo persiguiendo durante la Cacería. Seguramente cabreado porque no te pilló primero.
Victor se deja caer en el borde de la cama, con los anchos hombros hundidos. Por un momento, espero que explote: el Victor que conocí al principio ya habría destrozado algo a estas alturas. Pero en lugar de eso, suelta un largo suspiro.
—¿Sabes qué es lo jodido? —dice en voz baja—. Parte de mí está casi... aliviado.
Me deslizo más cerca de él, sin decir nada.
—Esto iba a pasar tarde o temprano, Theo. Quizás debería haber dejado de darle largas y haber salido del armario cuando yo quisiera, en lugar de que me obligaran a salir así.
Su mano encuentra la mía sobre la cama y nuestros dedos se entrelazan automáticamente.
—Está bien —continúa, y no sé si habla para sí mismo o para mí—. Iba a pasar en algún momento.
Cojo el teléfono de Victor de la cama y veo la avalancha de notificaciones en la pantalla. Se me encoge el estómago mientras leo los titulares:
«Relación secreta del dueño de luchadores expuesta».
«Romance gay de Kaine sacude el mundo de las peleas».
«Dueño de club de peleas clandestino pillado en posición comprometedora con magnate de discotecas».
—Victor, está en todas partes —digo en apenas un susurro.
Me quita el teléfono de la mano y va pasando las noticias con la mandíbula cada vez más tensa. A las nueve de la mañana, la historia ha estallado en todos los medios deportivos y fuentes de noticias locales de la ciudad. Observo cómo su rostro se endurece con cada pantalla.
—Maldito Dawson —murmura sin apartar los ojos de la pantalla—. Esto es exactamente lo que quería.
El teléfono de Victor no para de sonar: patrocinadores, luchadores, medios.
Responde algunas llamadas, ignora otras.
Me siento a su lado sin saber qué decir.
Este es el escenario que ha temido durante meses: su vida privada aireada en los titulares, su carrera amenazada, su intimidad expuesta sin su consentimiento.
Cuando la pantalla se ilumina con el nombre de Marco, Victor responde de inmediato.
—Lo sé. Los he visto —escucha mientras se pasa una mano por el pelo—. Dime cómo de malo es.
No puedo oír la respuesta de Marco, pero la expresión de Victor me lo dice todo. Tres patrocinadores que ya se retiran. Dos luchadores que anuncian su marcha al gimnasio de Dawson.
—Llama a Ray. Reunión de emergencia en mi oficina, dentro de treinta minutos —la voz de Victor cambia a algo que reconozco: la voz de un hombre acostumbrado a contraatacar cuando lo acorralan—. Tenemos que adelantarnos a esto. AHORA.
Cuelga y se vuelve hacia mí con una expresión que mezcla resignación y determinación.
—He pasado meses temiendo este momento —dice en voz baja—. Y ahora está aquí.
Observo a Victor levantarse y empezar a recoger su ropa, con movimientos mecánicos, como en piloto automático.
Este es el momento que tanto he esperado y temido a la vez: que el mundo sepa lo nuestro, pero no en nuestros términos.
Las consecuencias son exactamente lo que Victor temía, y sin embargo parece extrañamente tranquilo.
—Debería irme —dice mientras se pone los vaqueros—. Marco y el equipo están esperando.
Asiento, sin fiarme de mi propia voz. Parte de mí se pregunta si esto será el final, si la presión terminará por romper lo que hemos construido juntos.
Victor se detiene con un brazo a medio meter en la manga de la camisa. Me mira, de verdad me mira, y la intensidad de sus ojos me deja clavado en el sitio.
—Theo —dice, y deja la camisa para volver a la cama. Se arrodilla frente a mí y me toma ambas manos entre las suyas.
—He pasado meses temiendo precisamente este momento. He imaginado perderlo todo: mi gimnasio, mis luchadores, mi reputación —sus pulgares trazan círculos en mis palmas—. Pero ahora que está pasando, lo único que pienso es que al menos todavía te tengo a ti.
El corazón me late con fuerza mientras Victor se lleva mis manos a los labios y me besa las yemas de los dedos.
—Te quiero —dice sin más, las palabras que llevo tanto tiempo esperando oír—. Estoy enamorado de ti, Theo Winters. Y nada, ni este escándalo, ni Dawson, ni perder hasta el último maldito patrocinador, nada va a cambiar eso jamás.
Se le quiebra un poco la voz, pero no aparta la mirada de mí.
—Debería haberlo dicho hace meses. Debería haberlo gritado a los cuatro vientos.
Le tomo el rostro entre las manos y noto la barba incipiente contra las palmas.
Tres palabras. Tan simples. Las he oído antes de labios de otros, también las he dicho yo, a veces incluso sintiéndolas de verdad. Pero que Victor diga te quiero me deja sin aliento y me provoca un dolor en el pecho tan intenso que casi no puedo soportarlo.
—Dilo otra vez —susurro, porque necesito asegurarme de que no lo he imaginado.
—Te quiero —repite Victor, ahora con la voz más firme—. Y ya no pienso esconderme más.
Esas palabras rompen algo en mi interior, un dique que levanté hace años tras demasiadas conexiones pasajeras y aventuras sin profundidad. La emoción me inunda, cruda y abrumadora.
—Yo también te quiero —consigo decir, con la voz rota de forma vergonzosa—. Dios, Victor, te quiero tanto.
Me atrae hacia su pecho y siento su corazón latir desbocado contra el mío. Nos besamos, pero no son los besos desesperados y hambrientos que hemos compartido tantas veces, sino algo más suave. Más tierno. Sus labios rozan los míos con una ternura que me hace arder los ojos.
Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya. —Nunca pensé que tres palabras pudieran destrozarme así.
El pulgar de Victor me acaricia el pómulo. —Yo tampoco.
Durante un momento, simplemente respiramos juntos, olvidándonos por un instante de la tormenta que ruge fuera de nuestra burbuja. Entonces su teléfono vuelve a vibrar y nos devuelve a la realidad.
Le tomo el rostro entre las manos y busco su mirada. —Ve. Haz lo que tengas que hacer. Controla los daños, salva lo que puedas.
—¿Y nosotros? —la vulnerabilidad de su pregunta casi acaba conmigo.
—Estaré aquí mismo —le prometo—. A tu lado, pase lo que pase. Podemos ver cómo todo arde a nuestro alrededor si hace falta. Para siempre.
Victor me besa una vez más antes de levantarse; la determinación del luchador vuelve a su expresión. —Para siempre —repite, y la palabra se convierte en un voto entre nosotros.