Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 36 Victor
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36 Victor

Tres noches. Setenta y dos horas de insomnio, mirando el techo como si guardara las respuestas que no encuentro dentro de mí. Mi cama está demasiado vacía, demasiado fría. Sigo buscándolo a tientas en la oscuridad.

En el gimnasio, soy un fantasma. Me muevo por las sesiones de entrenamiento, las reuniones de negocios, las consultas con los luchadores —todo en piloto automático— mientras mi mente da vueltas a las mismas preguntas.

¿Quién soy si no soy el hombre que he construido? ¿Qué queda de Victor Kaine si derribo estos muros?

La tercera noche, me siento en el balcón hasta el amanecer, con un whisky que apenas pruebo.

Las luces de la ciudad se difuminan ante mí mientras los recuerdos de Theo me asaltan: su sonrisa cuando por fin admití que me gustaba su música, cómo se acurruca contra mí al dormir, cómo me cala con esos ojos perspicaces y ve más allá de mis gilipolleces.

Por la mañana, sé lo que tengo que hacer.

La cuarta noche, conduzco hasta su edificio. Aparco al otro lado de la calle, donde puedo ver sus ventanas: las luces encendidas, señal de que está en casa. Agarro el volante con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos.

De repente, todo lo que he construido parece precario. Mi reputación. Mi negocio. El respeto que me he ganado. Siete años levantando el Kaine's Fight Club desde cero, creando algo que es mío, algo que no pueden arrebatarme como me arrebataron las peleas cuando la rodilla me falló.

O eso pensaba.

Pasa una hora mientras sigo sentado en el coche. Una hora ensayando palabras que parecen inadecuadas, imaginando escenarios en los que me marcho, en los que vuelvo a casa y finjo que estos últimos meses nunca ocurrieron.

Pero sí ocurrieron. Él ocurrió. Y sentado aquí, con el corazón latiéndome como si estuviera a punto de subir al ring para la pelea de mi vida, me doy cuenta de la verdad de la que llevo huyendo:

Nunca he sido más yo mismo que cuando estoy con Theo.

Las palabras de Micah siguen resonando en mi cabeza. «La mitad de los tíos de aquí no son heterosexuales». La mitad. Y todos han estado ocultándose, midiendo sus palabras, con cuidado de no dejar escapar nada porque pensaban que yo no lo aprobaría. Por el ambiente que creé.

Agarro el volante con más fuerza; la vergüenza me quema por dentro como ácido.

Todo este tiempo, he estado aterrorizado de perderlo todo —mi gimnasio, el respeto de mis luchadores— basándome en una mentira que me he contado a mí mismo.

Creé una prisión de silencio y encerré a todos en ella, no solo a mí.

Cierro los ojos y veo a Jonah, Remy, Cruz... tíos que me confían sus carreras, sus sueños, su bienestar físico. Tíos que no podían confiarme su verdad porque yo no podía enfrentarme a la mía.

Y Theo... Dios, la cara de Theo cuando me preguntó si me avergonzaba de él.

Esos ojos que normalmente bailan con picardía, quietos y serios.

El ligero temblor en su voz que intentó ocultar.

«¿Te avergüenzas de mí, Victor?». La pregunta quedó suspendida entre nosotros como una soga al cuello.

Todo este tiempo, él ha estado derribando ese muro, ladrillo a ladrillo, solo y luchando por alcanzarme.

No pude responderle. No encontré las palabras para explicarle que no era vergüenza, era miedo. Miedo que me gobierna desde que era un crío intentando demostrar que era lo bastante duro, lo bastante hombre.

Recuerdo cómo me sostuvo esa noche, cuando todo se rompió dentro de mí. El cuerpo sacudido por sollozos que no podía controlar, lágrimas que había contenido toda mi vida. Décadas de fingir ser invulnerable, inquebrantable —todo desmoronándose en sus brazos.

Y él simplemente me sostuvo. No apartó la mirada. No me hizo sentir débil. Solo me miró con esos ojos oscuros que me calan hasta el fondo.

Por primera vez en mi vida, alguien me vio por completo —no solo al luchador, al empresario, al tipo duro— y no se alejó. Vio mi miedo, mi confusión, mi debilidad, y se quedó. Me quiso igual.

¿Qué clase de hombre tira eso por la borda?

Por fin, salgo del coche. El camino hasta su edificio es como cruzar un campo de minas; cada paso, una decisión que no puedo deshacer.

Me tiembla ligeramente la mano mientras pulso el botón de su apartamento. No hay respuesta. Quizás me vio por la ventana, sentado en el coche como un acosador durante la última hora. Quizás se ha cansado de esperar.

Lo intento de nuevo, esta vez manteniéndolo pulsado más tiempo.

El intercomunicador crepita. —¿Sí? —Su voz, fría, distante.

—Soy yo —las palabras apenas me salen de la garganta seca—. ¿Puedo subir?

Una larga pausa. Lo bastante larga como para pensar que va a negarse. Entonces suena el zumbido de la puerta al abrirse.

El viaje en ascensor se hace interminable. He ensayado este momento durante días: qué diré, cómo explicaré que he vivido con miedo, que he creado la misma prisión que temía, que estoy listo para derribar estos muros porque lo que hay al otro lado merece la pena.

Cuando se abren las puertas del ascensor, él ya está de pie en su puerta, descalzo, con pantalones de chándal negros y una camiseta blanca fina. Lleva el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez. Unas ojeras oscuras le ensombrecen los ojos.

Nos miramos sin más.

Todas las palabras que había preparado con tanto cuidado se evaporan como el rocío de la mañana bajo un sol implacable. La mente se me queda en blanco, dejando solo la verdad cruda, sin filtros.

—Ven al gimnasio mañana —suelto—. Quiero que conozcas a mis luchadores. Como mi... como la persona con la que estoy.

La expresión de Theo no cambia. Sus ojos, normalmente tan expresivos, no revelan nada. Se queda inmóvil como una estatua, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Por qué ahora? —pregunta, con voz tranquila pero firme.

—Porque sin ti soy un desgraciado. Porque estoy harto de tener miedo. Porque te mereces algo mejor que polvos a escondidas en aparcamientos y citas de café clandestinas.

Las palabras salen sin filtro. El pulso se me dispara como si estuviera de vuelta en el ring, expuesto y vulnerable. Doy un paso hacia él, lo bastante cerca para captar su aroma: ese olor a sándalo que me persigue desde hace semanas.

—Porque te elijo a ti. Nos elijo a nosotros. Y se acabó el esconderme.

Los ojos de Theo me escudriñan el rostro, buscando cualquier señal de duda o falsedad. Nunca me he sentido tan expuesto, aquí plantado en su pasillo con todo al descubierto. Sin evasivas. Sin excusas. Solo la verdad de la que llevo huyendo desde el momento en que lo vi por primera vez.

Su mirada es firme, inquebrantable. Reconozco esa expresión: está sopesando mis palabras, poniéndolas a prueba en busca de debilidades, igual que yo pruebo la defensa de un luchador nuevo. Pero también hay algo más, un destello cauteloso al que me he acostumbrado demasiado.

—¿Solo tu equipo principal? —pregunta al fin, con voz más suave que antes.

Trago saliva.

—Por ahora. Paso a paso.

No es todo lo que se merece. Todavía no. Pero es un comienzo: el primer paso real para derribar los muros que he construido.

Theo asiente despacio.

—De acuerdo. Paso a paso.