Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 23 Victor #2
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23 Victor #2

Para ser un tío más pequeño, Theo la tiene jodidamente enorme.

Gruesa y pesada en mi mano, al menos veinte centímetros frente a mis veintiocho.

Cada vez que lo acaricio, que me lo meto en la boca, que lo siento pulsar contra mi lengua, me pregunto cómo se sentiría tenerlo dentro de mí.

Solo pensarlo hace que se me contraiga la polla y me duelan los huevos con una necesidad profunda, visceral, que no sabía que tenía antes de conocerlo.

He visto cómo se desmorona cuando estoy dentro de él. Cómo se le ponen los ojos en blanco, cómo todo su cuerpo se tensa y luego se rinde. Los sonidos que hace —mitad dolor, mitad placer— cuando lo abro. Me pregunto si yo haría esos mismos sonidos para él.

Me aterroriza. No el dolor: he pasado por cosas peores. Ni siquiera lo que podría significar sobre quién soy. Ese barco zarpó hace meses.

Lo que me asusta es cuánto lo deseo.

Su polla palpita en mi mano mientras acelero el ritmo de las embestidas. No puedo evitar imaginar nuestras posiciones invertidas: su peso sobre mí, sus ojos clavados en los míos mientras se abre paso dentro de mí, reclamándome como yo lo he reclamado a él incontables veces.

La imagen es tan vívida, tan jodidamente excitante, que tengo que luchar para mantener el control. El ritmo me vacila mientras el calor se acumula en la base de la columna, amenazando con llevarme al límite demasiado pronto.

—Sé en qué estás pensando —susurra Theo con la voz ronca de necesidad—. Te lo veo en los ojos.

—Joder, no sabes lo que te pierdes —jadea Theo con los ojos entrecerrados pero desafiantes mientras sigo masturbándolo—. No tienes ni idea de lo que te estás negando.

Le aprieto la polla con más fuerza, intentando callarlo, pero Theo solo sonríe con suficiencia entre jadeos de placer.

—Piénsalo —continúa, bajando la voz a ese tono grave e hipnótico que siempre me cala hondo—. ¿Sabes lo bien que se siente cuando me desmorono en tu polla? Eso es lo que sentirías conmigo dentro.

El ritmo me vacila un segundo antes de recuperarme y empujar más hondo dentro de él.

—Piensas en ello —dice, apretándose a mi alrededor a propósito—. Te lo veo en los ojos cuando me miras mientras te recibo. Cuando tus dedos me rozan ese punto y sientes cómo pulsa.

—Cállate —gruño, pero mi polla me traiciona y palpita dentro de él al oír sus palabras.

Theo alza los brazos y me clava los dedos en los hombros.

—Tu cuerpo lo desea. Cada vez que me follas, te preguntas cómo sería rendirte.

Intento silenciarlo con un beso brutal, pero gira la cara en el último segundo y sus labios me rozan la oreja.

—Te lo haría tan bueno —susurra—. Te abriría despacio hasta que me suplicaras más. Encontraría ese punto dentro de ti que te haría ver las estrellas.

Sus palabras pintan imágenes vívidas en mi mente: su polla abriéndose paso dentro de mí, sus manos que me sujetan, esa primera quemazón al abrirme.

—Te follaría tan hondo —continúa Theo, retorciéndose debajo de mí aunque sus palabras llevan el control—. Te miraría la cara cuando te diera en la próstata por primera vez. Te haría correrte más fuerte que nunca.

Mis caderas se sacuden involuntariamente ante la imagen y siento cómo se me escapa el control.

—Te encantaría —dice, apretándose de nuevo alrededor de mi polla—. Que te llenen. Que te tomen. Ser mío.

Sus palabras me vuelven loco. La idea de rendirme ante Theo, de dejar que entre en mí, me recorre el cuerpo con una oleada de calor que no puedo controlar. Pero en lugar de echarme atrás, canalizo esa energía para poseerlo por completo.

—Quizás algún día —gruño, con una voz que apenas reconozco—. Pero esta noche, vas a seguir recibiéndome entero.

Le suelto la polla para agarrarle las muñecas y se las inmovilizo sobre la cabeza con una mano mientras con la otra le subo la pierna más alto. El nuevo ángulo me permite penetrarlo más hondo, dando en ese punto que le hace arquear la espalda.

—Joder, Victor... —jadea, pero lo callo con un beso brutal; mi lengua reclama su boca igual que mi polla reclama su cuerpo.

Siento la tensión familiar en la base de la columna, el placer enroscándose como un resorte a punto de saltar. Pero aún no he terminado con él. Rompo el beso y mis labios le rozan la oreja.

—Sé un buen chico y recibe la corrida de papi —ordeno con la voz ronca de deseo—. Cada. Puta. Gota.

Todo el cuerpo de Theo se tensa debajo de mí, con la polla atrapada entre nuestros vientres y goteando líquido preseminal sobre su piel. La forma en que me mira, con los ojos muy abiertos de placer y los labios entreabiertos, me empuja justo al borde.

—Lléname —gime, apretándose a propósito a mi alrededor—. Por favor, papi.

Eso es todo lo que necesito. Con una última embestida brutal, me entierro hasta el fondo y exploto dentro de él; mi descarga pulsa caliente y húmeda. La sensación de llenarlo, de marcarlo por dentro, es tan intensa que casi pierdo el conocimiento.

—Joder, eso es —gruño contra su cuello—. Qué bien recibes la carga de papi.

El cuerpo de Theo se arquea debajo de mí; su polla se sacude sin que nadie la toque. Con un grito desesperado, se corre y chorros de semen le salpican el pecho; algunos le llegan hasta la clavícula. Siento cada pulsación de su orgasmo apretándome la polla, que aún palpita.