23 Victor
Han pasado tres meses desde la Cacería y todavía no me creo dónde he acabado.
Esta noche estoy otra vez en casa de Theo, viéndolo dormir a mi lado, su respiración acompasada en la oscuridad.
Se ha convertido en nuestro ritmo: hasta cuatro noches a la semana así, y oscilo entre encontrar consuelo en ello y temer lo que significa.
Duerme boca arriba, un brazo lanzado sobre la cabeza, las pestañas reposando en su mejilla tan espesas que parecen pintadas.
La primera vez que lo veo sin su armadura, sin esa sonrisa burlona en los labios, casi no puedo reconciliarlo con el hombre que me desarmó en el salón de Julian.
Parece demasiado blando para ser la misma persona.
No lo es. Los dos son él. Eso aún lo estoy aprendiendo.
Nadie lo sabe. Ni los chicos de mi club de lucha, ni mis socios, ni siquiera Marco. De día, sigo siendo Victor Kaine, el tipo duro que construyó un imperio a puñetazos. Pero las noches nos pertenecen.
Esa es la versión que me cuento.
La versión que Marco me entrega al inicio de cada reunión de los lunes cuenta otra historia.
Hartwell de Southwest Financial firmó con Dawson en la tercera semana.
Lin dejó caducar su contrato con BioMax hace dos meses y no respondió cuando le pregunté qué habíamos hecho mal.
Hamilton's Sporting Goods está renegociando el alcance, como lo llama Marco.
Tres de mis luchadores de nivel medio aceptaron ofertas que Dawson les puso en bandeja desde que llegó a la ciudad.
Hemos reemplazado a dos. Al tercero lo perderemos.
Los artículos del blog han dejado de dar nombres, pero ya no les hace falta. Vieja guardia. Lentos para adaptarse. Distraídos, incluso, algunos. Eso último fue una suposición del autor.
Una suposición que dio en el blanco.
Le digo a Marco que lo recuperaremos. Le digo que no hay plan que no lo tenga en cuenta. Luego voy en coche a casa de Theo cuando cierra el gimnasio, y desde el momento en que la puerta se cierra a mi espalda, nada de eso existe.
Hemos establecido una rotación sin hablar de ella jamás.
A veces Theo viene a mi apartamento: llega después de medianoche, se marcha antes del amanecer.
Otras noches, como esta, acabo en su casa del barrio de las artes, rodeado de sus discos y del olor a sándalo.
Y cuando los dos estamos demasiado impacientes, está su sala privada en Eclipse, insonorizada y segura en cuanto el club se vacía.
Ya me he memorizado las líneas de su cuerpo, cómo se le entrecorta la respiración cuando lo toco donde toca, el sonido que hace cuando está a punto. Sé qué marcas le gusta que le deje y dónde. Sé cómo toma el café y qué lado de la cama prefiere.
Lo que no sé es qué coño estoy haciendo.
Durante esas primeras semanas después de la Cacería, me dije que era solo físico, una necesidad primitiva que acabaría por satisfacer y superar.
Y sin embargo, aquí estoy, tres meses después, con los dedos recorriendo el tatuaje de su hombro en la oscuridad, sintiendo algo peligrosamente cercano a la plenitud.
Hay algo precario en todo esto. Nuestros mundos separados existen justo al otro lado de estas puertas, mundos que se derrumbarían si chocaran.
Así que existimos en este espacio liminal que hemos creado, un universo secreto con sus propias reglas, suspendido en las horas entre el anochecer y el amanecer.
Ya no es solo el sexo.
Ese es el pensamiento que me quita el sueño, mientras veo el pecho de Theo subir y bajar a mi lado.
No me malinterpretes: lo que hacemos con nuestros cuerpos no se parece a nada que haya experimentado.
Hemos explorado cada centímetro del otro, aprendido cada punto sensible, cada resorte que hace que el otro jadee o suplique o se rinda.
Nuestros cuerpos hablan un idioma que no necesita traducción.
Pero es lo que viene después —esos momentos de calma cuando estamos agotados y vulnerables— lo que se está convirtiendo en la parte más peligrosa de todo esto.
Anoche, tumbado entre el revoltijo de sus sábanas, acabé contándole a Theo el día en que mi rodilla cedió durante la pelea del campeonato.
Cómo sentí el crujido, supe al instante que mi carrera había terminado incluso mientras intentaba levantarme.
Le conté los meses de depresión que siguieron, el pozo oscuro en el que me hundí antes de que surgiera la idea del gimnasio.
Le conté lo de Marco: cómo había estado en el hospital esa noche, a las tres de la mañana en una silla junto a la cama, sin decir nada porque no había nada que decir. Cómo volvió al día siguiente. Y al otro.
—Tenía cuarenta mil ahorrados y un contacto que conocía el local del almacén —admití, sorprendido de lo fácil que me salían las palabras—. Todos dijeron que estaba loco por meterlo todo ahí. Pero necesitaba algo sobre lo que reconstruirme.
Theo se limitó a escuchar, los dedos trazando dibujos en mi pecho, los ojos fijos en los míos. Sin juzgar, sin frases hechas.
Luego me contó lo del hogar de acogida donde un trabajador social se fijó en él por primera vez, obsesionado con remezclar canciones en un portátil destartalado. Cómo la música se convirtió en la única constante mientras iba de casa en casa.
—Sampleaba cualquier cosa: sonidos de cocina, ruido de la calle, fragmentos de conversación —dijo, con la voz suave en la oscuridad—. Creaba mundos que podía controlar cuando todo lo demás era caos.
Me descubrí deseando retroceder en el tiempo, encontrar a ese niño flacucho y decirle que todo saldría bien. La intensidad de ese sentimiento me aterró.
Esto que hay entre nosotros está evolucionando hacia algo que no sé nombrar. Algo que no puedo clasificar ni controlar.
Y eso me caga de miedo.
Theo se remueve a mi lado y abre los ojos despacio. En la tenue luz que se filtra por la ventana de su dormitorio, veo el esbozo de una sonrisa formarse en sus labios cuando repara en mí.
—¿No puedes dormir? —murmura, con la voz pastosa de sueño.
—Pensando.
—Pasatiempo peligroso —se gira hacia mí y me pasa un dedo por la clavícula—. ¿Quieres que te distraiga?
Antes de que pueda responder, se desliza encima de mí, a horcajadas sobre mis caderas. Su peso ya me resulta familiar. Levanto las manos para agarrarle los muslos, los pulgares recorriendo el intrincado tatuaje que le rodea la cadera.
—Sabes perfectamente adónde lleva eso —le advierto, mientras noto cómo me pongo duro debajo de él.
Theo esboza esa sonrisa perversa que he llegado a anhelar.
—Oh, cuento con ello, papi.
El nombre todavía me golpea igual, pero ahora viene con algo más: una calidez que antes no estaba. Se inclina y me roza los labios con los suyos, una provocación, antes de apartarse.
—¿Recuerdas la primera vez? —susurra.
—¿Qué primera vez?
—Cuando no podías decidir si querías pegarme o follarme en el salón de Julian.
Le doy la vuelta de repente, inmovilizándolo debajo de mí, y disfruto de su jadeo de sorpresa.
—A veces todavía no puedo decidirme.
Theo se ríe y me rodea la cintura con las piernas, con una soltura que delata la práctica.
—Mentiroso. Estás obsesionado conmigo.
—Cállate —gruño, pero sin convicción.
Sus manos me buscan la cara, y sus pulgares me acarician la barba con una ternura sorprendente.
—Oblígame.
Lo beso entonces, profundo y posesivo, como he aprendido que le gusta. Su cuerpo se arquea contra el mío, una danza que hemos perfeccionado. Cuando meto la mano entre nosotros, lo encuentro ya resbaladizo por el lubricante de antes.
—Alguien sigue preparado —murmuro contra su cuello.
—¿Qué puedo decir? —suspira Theo mientras entro en él y el calor familiar me envuelve—. Sabía que te despertarías queriendo más.
Empujo más hondo, inclinando las caderas para dar en ese punto que hace que Theo arquee la espalda y la despegue del colchón.
Su polla, dura y enrojecida, rebota contra su vientre con cada movimiento.
Sin perder el ritmo, le rodeo la polla con la mano, encantado por el contraste entre su piel aterciopelada y lo dura que se le pone para mí.
—Joder, me encanta tu polla —gruño, sorprendiéndome a mí mismo con la confesión. Antes de la Cacería, no habría podido imaginar decirle esas palabras a nadie.
Los ojos de Theo brillan de placer en la penumbra.
—¿Sí? Demuéstramelo.
Aprieto el agarre y lo acaricio al ritmo de mis embestidas, hipnotizado por la gota de líquido preseminal que se forma en la punta. Paso el pulgar por ella y esparzo la humedad por todo el tronco. El gemido que se le escapa me recorre el cuerpo entero.
—Pienso en ella todo el tiempo —admito con la voz ronca de deseo—. Incluso en el gimnasio. En las reuniones. Imaginándome cómo se siente en mi mano. En mi boca.
La polla de Theo pulsa en mi palma al oír mis palabras y se pone aún más dura.
Ralentizo el ritmo dentro de él y me concentro en el peso de su polla en mi mano.
Me he obsesionado con hacerlo desmoronarse así, con aprender exactamente cuánta presión le gusta, el ligero giro en la punta que le hace temblar los muslos.
—¿Sabes en qué más pienso? —jadea Theo con los ojos clavados en los míos.
Sé exactamente lo que insinúa. Ha sido algo tácito entre nosotros: he explorado cada parte de su cuerpo, pero todavía no le he dejado entrar en mí de esa manera. Solo pensarlo me provoca terror y excitación a partes iguales.
—Esta noche no —logro decir, y en cambio acelero las caricias mientras veo cómo se le ponen los ojos en blanco—. Déjame sentirte así.
Me inclino para atrapar su boca y silenciar lo que fuera a decir. Mi mano no deja de trabajarle la polla, y me encanta el poder de darle placer así.
La verdad es que he pensado en ello. Mucho. ¿Cómo no iba a hacerlo?