22 Theo
Despierto despacio, con una languidez deliciosa: calor en mi espalda, un peso firme sobre mi pecho y el ritmo acompasado de otra respiración contra mi cuello. Victor. Su brazo descansa posesivo sobre mí, manteniéndome anclado contra la solidez de su pecho.
Cinco, quizá seis horas de sueño ininterrumpido. No recuerdo cuándo fue la última vez.
Debería sentirme atrapado. Normalmente me pasa, cuando los amantes se quedan a dormir: esa desazón que me hace escabullirme de la cama antes del amanecer, inventando excusas sobre reuniones temprano o fechas de entrega.
Pero el abrazo de Victor no me hace querer escapar. Me hace querer hundirme más.
Seguro. Esa es la palabra que me viene a la cabeza. Me siento seguro.
La revelación me sacude. Nunca he dado prioridad a la seguridad: persigo experiencias, sensaciones, la descarga eléctrica de lo nuevo. La seguridad siempre fue la alternativa aburrida, el camino que no elegí.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Me muevo ligeramente y el brazo de Victor se tensa por instinto, atrayéndome más. Incluso dormido, me reclama. La idea debería resultar asfixiante. En cambio, es como estar amarrado en medio de una tormenta.
Territorio peligroso, esto. Sé en lo que soy bueno: perseguir sin descanso, seducir a fondo, irme antes del desayuno. Se me da de maravilla desear a la gente, tenerla y luego desear a otra. Lo efímero del deseo siempre ha sido su cualidad más atractiva.
Esto no se parece en nada a eso.
Victor emite un murmullo suave contra mi cuello, su aliento cálido y acompasado. Algo desconocido se abre en mi pecho: tierno, vulnerable y absolutamente aterrador.
Siempre he ido a por lo que quiero, sin disculpas. Pero ¿qué pasa cuando lo que quieres deja de ser un hambre fugaz y empieza a convertirse en necesidad? ¿Qué pasa cuando lo pasajero ya no basta?
Cierro los ojos y me dejo hundir de nuevo en su abrazo, sabiendo que me adentro en aguas inexploradas. Sea lo que sea esto en lo que se está convirtiendo, no se parece a nada que haya deseado antes.
Victor se mueve detrás de mí, su respiración cambia de ritmo mientras despierta. Su brazo, que ha estado sobre mi pecho toda la noche, se tensa de repente. Siento su cuerpo ponerse rígido contra el mío por un instante, esa fracción de segundo en que comprende: se quedó toda la noche.
Contengo la respiración, esperando que salga corriendo.
En cambio, sus músculos se relajan, su abrazo se suaviza sin soltarme del todo. Esto no era lo que esperaba. En nuestra breve pero intensa historia, nuestros encuentros han sido explosivos, desesperados, rara vez tiernos.
Se mueve y me giro para mirarlo, intrigado por este cambio. La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas, bañando su rostro en una penumbra suave. La dureza que suele definir sus rasgos se ha suavizado con el sueño. Parece más joven, casi vulnerable.
—Buenos días —murmura, con la voz aún ronca de sueño. Luego hace algo que me pilla totalmente desprevenido: me besa. No con los besos brutales y posesivos que hemos compartido antes, sino con algo tierno. Casi dulce.
—Hola —susurro, sin saber cómo moverme en este territorio desconocido.
El pulgar de Victor me recorre la mandíbula con una ternura sorprendente. Nos quedamos ahí tumbados, mirándonos, sin que ninguno presione para ir más allá. El silencio entre nosotros resulta cómodo de una manera completamente nueva.
Sus ojos estudian mi rostro con una intensidad que debería incomodarme, pero no. Nadie me ha mirado así antes, como si quisiera memorizar cada detalle.
—Dormiste bien —dice, más como observación que como pregunta.
Asiento.
—Mejor de lo que he dormido en... ni siquiera sé.
Una sonrisa le asoma a la comisura de los labios, no su mueca burlona de siempre, sino algo genuino que le llega a los ojos. Su mano encuentra la mía bajo las sábanas y entrelaza los dedos.
Esto es nuevo. Esta intimidad tranquila. Sin actuación, sin lucha de poder, sin necesidad desesperada de consumirnos el uno al otro. Solo respirar juntos en la luz de la mañana, su latido constante contra mi palma.
Nunca he querido esto antes. No estoy del todo seguro de qué hacer con ello ahora.
Victor se estira a mi lado, los músculos ondulan bajo la piel bronceada.
—Tu cama es demasiado jodidamente blanda. Es como dormir en una nube.
—No parecía importarte anoche —digo mientras paso un dedo por uno de los arañazos que le dejé en el pecho—. De hecho, creo que tus palabras exactas fueron joder, sí y no pares, nene.
Sus ojos brillan con deseo, pero hay algo diferente en ellos ahora: una calidez que no estaba antes.
—¿Siempre eres tan bocazas por la mañana?
—Depende de en qué tenga ocupada la boca —le dedico una sonrisa maliciosa.
La mano de Victor sube hasta mi mandíbula, el pulgar presiona contra mi labio inferior.
—Tengo algunas ideas sobre eso.
—Apuesto a que sí —le muerdo el pulgar—. Pero primero, café. Hasta los dioses del sexo necesitan cafeína.
—¿Dioses del sexo? —levanta una ceja, pero capto la mirada complacida antes de que la oculte—. ¿Así llamas a todas tus conquistas?
—Solo a los que me hacen gritar tan fuerte que preocupo a los vecinos —me incorporo y dejo que la sábana caiga hasta mi cintura a propósito—. Pero no dejes que se te suba a la cabeza. Tu ego ya ocupa casi toda la cama.
Victor resopla y me atrae de nuevo hacia él.
—Cinco minutos más.
—¿Qué pasó con el hombre que no podía largarse lo bastante rápido? —pregunto, más curioso que acusatorio.
Sus dedos me recorren la cadera, suaves y pausados.
—Todavía está intentando entender esta mierda —la vulnerabilidad de su confesión me pilla por sorpresa: esta honestidad cruda que apenas está aprendiendo a ofrecer sin armadura.
La cama tiene esa calidez que solo aparece cuando ninguno de los dos tiene adónde ir, cuando el mundo exterior puede esperar otra hora. Victor traza formas distraídas en mi cadera con el pulgar, el movimiento repetitivo resulta reconfortante en su regularidad.
Me giro para mirarlo bien, y estudio los planos de su rostro en la luz de la mañana que se filtra por las cortinas.
—Dime algo que no sepa de ti.
Arquea una ceja. —Específico.
—¿Tienes hermanos?
Algo le cruza el rostro —sorpresa, quizás, de que después de todo lo que hemos compartido, nunca le haya hecho esta pregunta tan básica—.
—Una hermana. Mayor. Vive en Sacramento con su marido y su hijo.
—Su voz adopta esa neutralidad cuidadosa que usa cuando habla de cosas que no terminan de encajar—.
Hablamos el día de su cumpleaños. El mío. Navidad. Eso es todo.
—No tenéis mucha relación.
—Estamos bien. Solo que llevamos vidas distintas.
—Su pulgar sigue moviéndose, con el mismo ritmo de siempre—.
Ella no lo entendió cuando dejé las peleas y abrí el gimnasio.
Tampoco me entendió antes de eso. Nunca fuimos de esos hermanos que se cuentan cosas.
—Hace una pausa, y le veo tragar saliva—.
Mis padres ya no están. Mamá murió cuando yo tenía diecinueve años.
Papá se mudó a Arizona al año siguiente, y en algún momento, cuando cumplí los veinticinco, dejamos de tratarnos. Sigue vivo. Simplemente no hablamos.
La manera en que lo dice —como si recitara la lista de la compra— me indica que hay más dolor del que deja entrever. Trece años de silencio. Me pregunto si aún guarda la esperanza de una llamada que quizás nunca llegue.
—Hijo único —ofrezco, dándole algo mío a cambio. Las palabras me salen más despacio de lo habitual—. Ya sabes casi todo. Las acogidas, el portátil, los discos. El antes es la parte de la que no hablo mucho.
El pulgar de Victor se detiene en mi cadera. No presiona. Espera.
—Mi madre vino de Beirut en el 82. Tenía diecinueve años, estaba sola, la guerra se lo había quitado todo de una manera que no estoy seguro de que ni ella misma llegara a explicarse nunca.
Conoció a mi padre en una boda en Connecticut seis años después.
Se casaron, me tuvieron un año más tarde.
—Trazo un dibujo en su pecho, sintiendo su latido constante bajo la palma—.
Él murió cuando yo tenía siete años. Un infarto en la mesa de la cocina, un martes por la mañana, con los huevos todavía en el plato.
Ella no tenía a nadie aquí. Ni familia. Ni dinero del que hablar.
Aguantó dos años, y luego el estado me la quitó, y ella no tuvo fuerzas para luchar.
Intentaron devolverme con ella dos veces. Ninguna cuajó.
—Joder, Theo.
—Sí. —Me encojo de hombros, porque ¿qué otra cosa se puede hacer con eso después de veinte años?
—. No era mala madre. Era una viuda veinteañera en un país que no era el suyo, con un hijo al que no podía permitirse alimentar.
El sistema siempre iba a ganar esa batalla.
—Exhalo despacio—. Salí del sistema a los dieciocho con una bolsa de lona y los discos que él me había dado.
Los mantuve escondidos en cada acogida. Hay críos que esconden drogas bajo el colchón. Yo escondía a Massive Attack.
Victor suelta algo que es casi una risa, casi no. —Discos.
—Discos. —Apoyo la palma contra su pecho—.
Por eso la música me importa tanto, creo.
Eran lo único que conservé de antes. Papá solía ponerlos los sábados por la mañana: mamá preparaba algo en la cocina, él ponía Blue Lines, y la cocina olía a comino y sonaba a la única seguridad que yo sabía reconocer entonces.
Ese disco se perdió en algún momento durante las acogidas.
Los otros los mantuve escondidos, pero Blue Lines lo perdí pronto y nunca lo sustituí.
Sin embargo, construí toda una vida a partir de ese recuerdo.
No me di cuenta de que lo estaba haciendo hasta que cumplí unos veinticinco y Eclipse empezó a dar dinero.
Los ojos de Victor recorren mi rostro, viéndome como siempre —por completo, sin apartarse de lo que no encaja—. —Discos —dice en voz baja, entendiendo sin que tenga que explicar más.
—Discos.
Su pulgar retoma el movimiento en mi cadera, anclándonos a los dos. —Marco ha sido más hermano para mí que mi propia hermana. Eso dice algo.
—Dice que construiste tu propia familia cuando la que te tocó no supo sostenerte. —Apoyo la mano en su pecho—. Dice mucho.
—Sí. —Su voz carga con algo que aún no termino de entender—. Sí, así es.
Ninguno de los dos dice nada durante un rato. Su pulgar sigue moviéndose en esos mismos trazos distraídos. Al otro lado de la ventana, empieza a oírse el ruido del tráfico —la ciudad decidiendo que ya es de día, exigiéndonos que volvamos al mundo—. No quiero moverme. Creo que él tampoco.
Hay algo apacible en este momento —los dos compartiendo las partes de nuestro pasado que nos formaron, las familias que hemos perdido o dejado atrás—.
Es como si estuviéramos construyendo algo nuevo entre nosotros, algo que no necesita la aprobación ni la comprensión de quienes nunca iban a dárnosla.
Al final, carraspeo contra su pecho, aligerando el ambiente antes de que se ponga demasiado denso. —Para que lo sepas, mi cafetera es de las buenas. Sería un crimen no usarla.
—Siempre intentando venderme algo. —Victor niega con la cabeza, pero le sonríen los ojos —esa expresión tierna que se ha vuelto más frecuente últimamente, la que me provoca un dolor dulce en el pecho—. Vale. Pero después del café, te voy a doblar sobre la primera superficie que pille.
—Bla, bla, bla —bromeo, aunque el calor ya me sube por el vientre ante la promesa ronca de su voz.
Seguimos siendo nosotros —todavía intercambiando pullas y desafíos, todavía buscando ese filo entre la ternura y el deseo—. Pero algo fundamental ha cambiado. La agresividad no ha desaparecido; solo ha dejado hueco para algo más. Algo que aún no estoy preparado para nombrar.