24 Theo
Han pasado exactamente cuatro meses cuando me doy cuenta de que nuestros cafés de los jueves se han convertido en el mejor momento de mi semana.
Veo a Victor a través del escaparate de Grind House, ya sentado en nuestra mesa habitual de la esquina, la que tiene la mejor vista de ambas entradas.
Sus ojos recorren constantemente la puerta entre sorbo y sorbo de café solo, un hábito que ahora me resulta entrañable en vez de paranoico.
La hipervigilancia de un luchador, que nunca baja la guardia, ni siquiera en una cafetería.
Me deslizo en el asiento frente a él y dejo mi café con leche helado sobre la mesa de madera.
—Perdona el retraso. Las negociaciones con el sello se alargaron.
—Tres minutos no es llegar tarde —dice Victor, consultando el reloj. Hay una calidez en sus ojos que no existía hace meses, una suavidad reservada solo para estas mañanas de jueves.
—¿Escuchaste el álbum de Massive Attack que te envié? —pregunto mientras me acomodo.
Victor asiente.
—¿Mezzanine? Sí. Me recuerda a ese club clandestino de Berlín del que me hablaste.
Sonrío al recordar todo lo que le conté sobre mi gira europea la semana pasada.
—Donde perdí el pasaporte y tuve que sobornar al portero con clases de DJ.
—Todavía no me creo que le enseñaras a mezclar a un cabeza rapada alemán —Victor se ríe, y el sonido, aún tan poco frecuente, me encoge el pecho.
Nuestras conversaciones fluyen así ahora, entrelazando música y recuerdos, su carrera de luchador y mis pesadillas en hogares de acogida. Hemos trazado el mapa de nuestras vidas, jueves tras jueves, café tras café.
Su voz se vuelve más grave cuando me habla del alcoholismo de su padre. La mía se quiebra cuando describo el día que me separaron de mi madre. Hablamos de estrategias de negocio y márgenes de beneficio, y luego pasamos a héroes de la infancia y errores de adolescencia.
Los dedos de Victor rozan los míos de vez en cuando al coger los sobres de azúcar, un roce sutil que de algún modo resulta más íntimo que cuando está dentro de mí.
Son estos momentos, estas conversaciones, lo que anhelo más que el sexo.
El Victor sin defensas que emerge en esta mesa de la esquina, lejos de su personaje del club de lucha, es un privilegio que nunca esperé.
Doy un sorbo a mi café mientras observo a Victor por encima del borde del vaso. Nuestros cafés se han convertido en un espacio seguro entre nosotros, territorio neutral donde hablamos de cosas que importan. Quizá por eso decido tantear el terreno.
—Esta noche voy a una inauguración en una galería —menciono, intentando que mi voz suene despreocupada—. Es de una amiga, Jasmine Chen. Hace unas instalaciones de técnica mixta increíbles. Va a ser un evento importante, con mucha gente del sector.
Hago una pausa; el corazón me late un poco más rápido.
—Podrías venir conmigo.
El cambio en Victor es inmediato. Se le tensan los hombros, se le aprieta la mandíbula y su expresión se cierra por completo. La apertura de hace unos segundos desaparece tras un muro familiar.
—No puedo —dice con voz neutra—. Tengo un asunto en el gimnasio.
Conozco su horario. Claro que lo conozco, llevo meses memorizándolo.
—Es jueves por la noche. No tienes nada programado.
Normalmente viene a mi casa los jueves por la noche.
Victor se remueve en el asiento y baja la mirada hacia su café.
—Aun así, no puedo.
El rechazo duele más de lo que debería. No se trata de una inauguración, sino de que nos vean juntos.
De salir de los territorios cuidadosamente delimitados que hemos establecido: su apartamento, mi casa, rincones apartados de Eclipse a deshoras, y estos cafés donde nadie de su mundo se aventura jamás.
—Claro —digo, esforzándome por mantener la voz firme—. No pasa nada.
Pero sí lo es. Es la misma respuesta que me dio cuando mencioné la cena de Julian el mes pasado. Y cuando sugerí ir a ver una película a ese cine independiente del centro. Siempre el mismo muro que se levanta, la misma distancia que se reinstala de golpe.
Nunca he sido el secreto sucio de nadie. No sé cómo lidiar con que me importe alguien que solo puede quedar conmigo en las sombras.
Dejo que el rechazo se asiente entre nosotros. Doy un sorbo lento a mi café antes de cambiar de tema.
—Entonces, ¿cómo le fue a Jenkins en la clasificatoria de anoche?
El alivio de Victor es palpable; se le relajan los hombros mientras pasamos a territorio más seguro.
—Noqueó al tipo en el segundo asalto. Su juego en el suelo está mejorando.
Volvemos a nuestro ritmo: Victor describe los aspectos técnicos de la pelea de Jenkins mientras yo hago preguntas que le permiten lucir sus conocimientos.
La tensión se disuelve gradualmente mientras hablamos de sus luchadores, de mi próximo set de DJ y de un documental sobre ingeniería de sonido en los setenta que estamos viendo los dos.
Durante casi una hora existimos en esta burbuja donde el mundo más allá de nuestra mesa no se entromete. Cuando Victor consulta el reloj y dice que tiene que volver para una sesión de entrenamiento, asiento y no propongo vernos más tarde.
—¿El próximo jueves? —pregunto mientras nos levantamos.
—A la misma hora —confirma, y finjo que con eso me basta.
A las nueve la galería está abarrotada; la exposición de Jasmine ha atraído exactamente al público que esperaba: coleccionistas de arte con mucho dinero, influencers del sector y suficientes amantes genuinos del arte para que las conversaciones merezcan la pena.
Estoy junto a su instalación central con un gin-tonic en la mano cuando me vibra el móvil.
Es una notificación de Instagram: han etiquetado a un amigo en común en una publicación. La toco sin pensar y me quedo helado.
La imagen muestra a Victor en el bar deportivo The Final Round, con el brazo sobre el hombro de Marco en gesto desenfadado, rodeado de luchadores que reconozco de su gimnasio.
Cervezas, alitas y un partido de baloncesto en las grandes pantallas del fondo.
La hora de publicación indica que se subió hace veinte minutos.
Amplío la foto y estudio el rostro de Victor: relajado, sonriente, completamente a gusto en público con sus luchadores. Se me cierra la garganta mientras contemplo la prueba.
Podría haber venido aquí esta noche. No había ningún asunto en el gimnasio. Simplemente eligió ir a otro sitio, un sitio donde no tuviera que pensar en por qué estamos juntos.
Al mirar la foto más de cerca, estudio cada detalle de la sonrisa despreocupada de Victor. Tiene el brazo echado sobre el hombro de Marco con naturalidad, el cuerpo distendido de un modo que solo le he visto en momentos íntimos.
La ginebra se vuelve amarga en mi lengua mientras paso las fotos de la serie. Victor levanta una cerveza para brindar. Victor se ríe de algún chiste. Victor existe libremente en el mundo sin tener que mirar atrás.
Una fractura se abre en mi pecho: una pequeña grieta dolorosa que extiende sus fisuras, como una telaraña, por todo lo que creía que estábamos construyendo.
Me he enamorado de él. La certeza me golpea con una claridad demoledora mientras estoy aquí, rodeado de arte y gente hermosos.
En algún punto entre nuestras conversaciones de café y las sábanas revueltas, entre su vulnerabilidad inesperada y la forma en que me coge la mano cuando cree que duermo, he hecho justo lo único que me había prometido no hacer.
Paso el dedo por las imágenes otra vez, un impulso masoquista al que no puedo resistirme.
Ahí está: la prueba de que Victor tiene una vida, una vida pública y normal con amigos, risas y bares, a la que no tengo acceso.
Una vida en la que no tiene que esconderse, ni hablar en susurros, ni localizar las salidas.
¿Qué soy yo para él, en realidad? Lo que mantiene encerrado en habitaciones privadas y rincones oscuros de clubes. Lo que hace cuando nadie lo ve.
Mi reflejo en el cristal de la galería muestra a un extraño: alguien con los ojos desorbitados, herido. Este no soy yo. Yo no suspiro por hombres inalcanzables. No me conformo con las migajas de atención de nadie.
Y sin embargo, aquí estoy, con el corazón roto por un hombre que puede sentarse conmigo una hora a hablar de nuestros miedos más profundos, pero no soporta la idea de que lo vean conmigo en público.