Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 17 Victor
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17 Victor

Esta noche lo ha sido todo. Tres años de sangre, sudor y huesos rotos culminando en la noche de peleas clandestinas más grande que Ravenwood haya visto jamás. Ojeadores de tres ciudades vecinas, pasta gorda cambiando de manos, y mi reputación consolidándose con cada victoria.

En el centro del almacén vacío, respiro el aroma persistente de sudor y adrenalina. El equipo de limpieza vendrá mañana. Esta noche, este espacio sigue siendo mío.

Jonah me sorprendió incluso a mí. El chico siempre ha sido fuerte a pesar de su menor envergadura, pero esta noche fue algo completamente distinto: precisión quirúrgica combinada con poder bruto.

Cuando su oponente, una bestia de Eastlake con un récord invicto, finalmente cayó a la lona, la multitud estalló.

Vi pasta cambiando de manos y escuché cómo gritaban mi nombre junto al suyo. Mi gimnasio. Mi luchador. Mi victoria.

Dawson estuvo aquí.

Primera fila, a la izquierda del ring. Entre Hartwell de Southwest Financial y Lin de BioMax —dos de mis patrocinadores, dos que son míos—, ambos riéndose de algo que Dawson acababa de decir. Hartwell tenía una mano en el hombro de Dawson.

Lo registré durante el tercer asalto de Jonah y lo archivé. Siempre hay intrusos en peleas de este calibre. Viejos rivales que aparecen para tantear el terreno. Pasa.

Pero Hartwell firmó nuestra renovación hace seis semanas. Y Lin ha sido un elemento fijo en nuestras últimas cuatro veladas. Ninguno de los dos vino a saludar esta noche. Ninguno de los dos levantó la vista cuando pasé.

Haré que Marco revise sus registros de contrato esta semana. Por si acaso.

Marco prácticamente tuvo que arrastrar a Jonah de las celebraciones posteriores a la pelea. El chico merecía cada trago que le ofrecieron, cada número que le deslizaron en el bolsillo, pero mañana es otro día de entrenamiento. Sin excepciones.

Ahora solo quedamos el ring vacío y yo. Este es mi ritual: quedarme solo después de que todos se van, sintiendo el poder del espacio. Un rey contemplando su reino.

El teléfono me vibra en el bolsillo, rompiendo el silencio.

Lo saco, deslizo para abrir la notificación, y...

—Joder.

Se me seca la garganta al instante.

Theo está a cuatro patas, con medias negras y bragas sin entrepierna que enmarcan su trasero. Mira hacia atrás a la cámara, el rostro sonrojado, los ojos cargados de deseo. Su polla cuelga dura y pesada entre las piernas, y tiene el trasero abierto de par en par, esperando. Listo.

El texto debajo dice:

extrañando la polla de Papi

Mi cuerpo responde de inmediato, la sangre bajando tan rápido que me mareo. Echo un vistazo alrededor del almacén vacío, de pronto consciente de lo expuesto que estoy aquí en medio del ring, empalmándome con la foto de un hombre.

Debería borrarla. Bloquear su número. Terminar con lo que sea esto.

En cambio, guardo la foto.

Abro un nuevo mensaje, con los dedos suspendidos sobre la pantalla. Cada instinto me dice que me aleje, pero mi cuerpo tiene otros planes.

«Estás loco».

La respuesta es casi inmediata.

«Pero soy tu loco».

Aprieto el teléfono con más fuerza, la mandíbula tensa.

«Esto no tiene ni puta gracia, Theo».

«¿No? Tu polla pareció opinar distinto la última vez».

Odio que tenga razón. Odio aún más que ya esté calculando la ruta más rápida a su casa.

«Esta noche no. Tengo trabajo».

«Las peleas han terminado. Tus chicos ganaron. Ven a celebrar como es debido».

Un segundo mensaje llega con una dirección en el distrito de las artes.

«Estaré esperando, Papi».

Golpeo el teléfono contra el poste de la esquina y me presiono las palmas contra los ojos. El silencio del almacén amplifica mi respiración irregular. Cada músculo de mi cuerpo está tenso, listo para una pelea, o para algo completamente distinto.

Diez minutos. Eso es lo que me quedo allí en la oscuridad, escuchando la batalla en mi cabeza.

La voz que me dice que yo no soy así, que todo lo que he construido podría derrumbarse si alguien lo supiera.

La otra voz, la que se vuelve más fuerte cada día, diciendo que tal vez sí soy así después de todo.

La pantalla del teléfono brilla en la oscuridad. Esa dirección se me queda grabada en las retinas.

—A la mierda.

Agarro las llaves del gancho en la oficina, cierro el almacén con llave y me meto en el Charger. El motor ruge al arrancar, la vibración recorriéndome a través del asiento de cuero.

Mientras salgo a las calles vacías, me digo que esta es la última vez. Que después de esta noche, termino con lo que sea esto.

Sé que me estoy mintiendo.

No le escribo. No quiero un registro de esta debilidad.

El viaje a casa de Theo pasa en un borrón de farolas y autodesprecio. Con cada kilómetro que me acerco, los nudillos se me ponen blancos en el volante. Esta es la última vez; lo he dicho antes, pero esta noche tiene que ser definitivo.

Cuando llego a su edificio, aparco de cualquier manera y cojo el ascensor hasta su piso. El corazón me golpea contra las costillas como si intentara escapar. Debería darme la vuelta. Debería alejarme.

En cambio, llamo a la puerta.

Theo abre la puerta, sin nada más que unas bragas de encaje negro. Nuestras miradas se cruzan, y no hay sorpresa en la suya, solo ese brillo afilado que me hace querer golpearlo y estamparlo contra la pared a la vez.

—Sabía que vendrías —dice, haciéndose a un lado para dejarme entrar.

Entro en su apartamento como una tormenta, pasando junto a él. —Esto tiene que parar.

—¿Ah, sí? —Theo cierra la puerta con un clic suave que, no sé cómo, suena definitivo. Se acerca, y percibo su colonia —cara, sutil— que impregna mi ropa durante días después de irme de aquí.

—Sí, joder. —Mi voz suena más áspera de lo que quería—. Los mensajes, las fotos. No puedo tener esa mierda en el móvil.

Theo arquea una ceja y me rodea como un depredador, a pesar de ser la mitad de grande que yo.

—Curioso. Prometiste atender este culo con regularidad.

—Se gira, mostrándome su trasero redondo en esas jodidas bragas sin entrepierna—.

Me hiciste prometer que no llamaría a nadie más Papi.

—Me mira por encima del hombro—. Así que o das la talla, o encontraré a alguien que lo haga.

Eso enciende algo dentro de mí que no puedo contener. La idea de que otro lo toque, de oírlo gemir como gime para mí... me hierve la sangre.

—¿Qué acabas de decir? —Lo agarro del brazo y lo giro hacia mí.

—Me has oído. —Theo no se inmuta, no retrocede—. Necesito a alguien fiable. Alguien que no se avergüence de lo que quiere.

Antes de poder evitarlo, mi mano le rodea la garganta. Mis dedos abarcan con facilidad su cuello delgado, el pulgar presionando donde le late el pulso. Lo levanto un poco, notando su peso, mucho más ligero de lo que correspondería a alguien con tanto poder sobre mí.

—¿Crees que voy a dejar que corras a buscar a otro? —gruño mientras lo empujo contra la pared. Aprieto la mano, no lo bastante para hacerle daño, pero sí para recordarle lo fácil que sería—. No vas a mirar a otro hombre. ¿Me entiendes?

Los ojos de Theo se abren de par en par, pero no de miedo. Sus labios se entreabren y deja escapar un gemido suave mientras los párpados le aletean. Aprieto un poco más.

—Te he hecho una pregunta. —Me inclino más, con nuestros rostros a centímetros de distancia. Noto su pulso acelerado bajo mis dedos.

—Sí —susurra con voz ronca por la presión de mi mano—. Entiendo.

—¿Qué entiendes? —Lo aprieto más contra la pared, mi cuerpo cubriendo por completo el suyo. La diferencia de tamaño entre nosotros aún me sorprende a veces: cómo alguien tan pequeño puede volverme tan jodidamente loco.

—Que soy tuyo —jadea Theo. Sus caderas embisten hacia delante sin querer, la erección marcándose a través del encaje—. Solo tuyo, Papi.

Esa palabra. Esa jodida palabra que debería repelerme y que, sin embargo, me incendia las venas.

—Así es. —Me inclino hacia su oído y mi barba le raspa la mejilla—. Mío. Y si alguna vez descubro que has estado con otro, te recordaré exactamente a quién perteneces.

Theo gime más fuerte esta vez; sus manos me agarran los antebrazos, no para apartarse sino para sostenerse. Tiene los ojos vidriosos de deseo, las pupilas dilatadas.

—Te gusta, ¿verdad? Te gusta saber lo jodidamente posesivo que soy con lo que es mío.

Asiente frenéticamente y otro gemido se le escapa de los labios cuando cambio ligeramente el agarre.

—Dilo —exijo con la voz más grave—. Dime a quién perteneces.

—A ti —gime—. Solo a ti, Papi. A nadie más.

Agarro a Theo por la cintura y lo levanto sin esfuerzo. Lo llevo al dormitorio como si no pesara nada y lo lanzo sobre la cama. Rebota una vez.

—Túmbate —ordeno mientras me desabrocho el cinturón. El cuero se desliza por las trabillas con un siseo.

Theo obedece al instante, sin apartar los ojos de los míos mientras me desvisto. Observa con hambre cómo cada prenda cae al suelo.

Cuando estoy desnudo, subo a la cama y me cierro sobre su cuerpo más pequeño. Le abro las piernas con las rodillas y me coloco entre ellas. Se arquea contra mí, desesperado por el contacto.

—Por favor —gime Theo, alargando las manos hacia mí.

Le inmovilizo las muñecas sobre la cabeza con una mano y con la otra le agarro la mandíbula. —Suplica como es debido.

—Por favor, Papi. Te necesito dentro. Necesito que me llenes.

Esas palabras me envían calor líquido por las venas. Lo suelto solo lo justo para coger el lubricante de su mesita de noche, me unto generosamente y me coloco en su entrada. Empujo despacio, observando cómo su rostro se contorsiona de placer mientras lo abro.

—Joder —gruño al entrar del todo. El calor apretado a mi alrededor es casi insoportable. Cada embestida le arranca pequeños sonidos desesperados de la garganta. Se le ponen los ojos en blanco, me agarra los hombros y me clava las uñas dejando medias lunas en mi piel.

—Dios, Victor —jadea entre embestidas—. Qué bien se te siente dentro.