Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 17 Victor #2
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17 Victor #2

Me mira con los ojos entrecerrados, una leve sonrisa bailándole en los labios. —Me pregunto qué se sentiría tenerte alrededor de mi polla.

Mis caderas se detienen en seco. Todo mi cuerpo se pone rígido.

—¿Qué? —La palabra me sale estrangulada.

—Tu culo —continúa Theo mientras me desliza las manos por el pecho—. Apuesto a que sería increíble. Tan apretado a mi alrededor.

Mi cerebro se bloquea. La bruma de dominación que me impulsaba se evapora de golpe. Estoy paralizado, enterrado hasta el fondo dentro de él, pero de pronto soy incapaz de moverme.

—Yo... No. Eso no... —Ni siquiera puedo formar un pensamiento coherente.

Theo debe de notar mi pánico porque cambia de táctica. Su voz se suaviza mientras me dibuja formas en el pecho. —¿Por qué no me dejas lamerle el culo a Papi primero? ¿Enseñarte lo bien que puede sentirse?

Se me cierra la garganta. Cada instinto me grita que me aparte, que recupere el control, pero hay algo en su expresión —algo tierno y a la vez desafiante— que me mantiene clavado en el sitio.

—Ponte en la cama —dice Theo, con una voz diferente ahora, autoritaria de una manera que nunca le había oído—. A cuatro patas. Déjame hacerte sentir bien.

Mi primer instinto es reírme. Agarrarlo del cuello otra vez y recordarle quién manda aquí. Pero algo en sus ojos me detiene. Hay una ferocidad en ellos, apenas contenida, como si hubiera estado reprimiendo esta parte de sí mismo desde el principio.

—No... —empiezo a protestar, pero hasta a mí me suena vacío.

—¿No qué? —me desafía Theo, deslizándose de debajo de mí para ponerse de pie junto a la cama—. ¿No quieres sentirte bien? ¿No quieres experimentar algo nuevo? —Sus dedos me recorren el hombro—. ¿O no quieres admitir cuánto deseas intentarlo?

El corazón me martillea contra las costillas. Es como estar al borde de un precipicio, sabiendo que la caída podría matarme, pero sin poder apartarme.

—Nunca he... —Las palabras mueren en mi garganta.

—Lo sé. —La sonrisa de Theo es gentil y depredadora a partes iguales—. Confía en mí.

Confianza. Una palabra tan simple para algo tan jodidamente complicado.

Me muevo despacio, como si estuviera fuera de mi propio cuerpo, mientras me coloco a cuatro patas en medio de su cama. Yo, Victor Kaine, expuesto así. Los músculos se me tensan con el impulso de darme la vuelta, de recuperar el control.

—Tranquilo —murmura Theo mientras su mano me recorre la columna—. Solo respira.

¿Qué coño estoy haciendo? Esto no soy yo.

Esto nunca ha sido yo. Y sin embargo, aquí estoy, colocado como una presa, esperando lo que sea que Theo tenga planeado.

La cama se hunde cuando se arrodilla detrás de mí, y cierro los ojos, preguntándome qué extraña gravedad sigue atrayéndome hacia él, qué fuerza más poderosa que mi propia voluntad me retiene aquí cuando todo en lo que he construido mi identidad me dice que huya.

—Tienes un culo jodidamente precioso, Victor —susurra Theo con el aliento caliente contra mi piel.

Antes de que pueda procesar sus palabras, siento su lengua —cálida, húmeda, insistente— recorriéndome la entrada con una larga lamida. Todo el cuerpo se me pone rígido.

—Pero qué coño... —La protesta muere en mi garganta cuando lo hace de nuevo, más despacio esta vez, más deliberado.

—Te tengo —murmura Theo contra mí mientras sus manos me abren más—. Déjame hacerte sentir bien.

Cada músculo del cuerpo lo tengo en tensión, luchando contra la sensación extraña. Esto no soy yo. Esto no es lo que hago. Yo no soy el que...

Su lengua me rodea la entrada antes de empujar ligeramente hacia dentro, y algo se cortocircuita en mi cerebro. Un gemido me brota de la garganta, primitivo e incontrolado.

—Eso es —me anima Theo, clavándome los dedos en la carne del culo—. Déjate llevar.

Vuelve a su tarea con renovada intensidad: lame, chupa, empuja la lengua dentro de mí de formas que nunca pensé posibles. La polla me cuelga pesada entre las piernas, goteando sin parar sobre sus sábanas caras. Cada pasada de su lengua hace que otra gota salpique hacia abajo.

—Joder —gruño, con la cabeza colgando entre los hombros. Los brazos me tiemblan por el esfuerzo de sostenerme mientras el placer me irradia por el cuerpo.

Sin pensarlo, las caderas empiezan a moverse solas, empujando hacia atrás contra su cara. Buscando más. Queriendo más adentro.

Theo se retira lo justo para hablar, con la voz ronca de deseo.

—Mírate, restregándote contra mi lengua como si hubieras nacido para esto. —Sus dedos reemplazan su boca un momento, rodeándome la entrada húmeda—. Apuesto a que te encantaría tener una polla en el culo, papi. La polla de tu chico abriéndote.

Las palabras deberían repugnarme. Deberían hacerme apartarme, recuperar el control. En cambio, me envían una descarga de pura necesidad por todo el cuerpo.

—Theo... —Su nombre me sale roto, desesperado. No reconozco mi propia voz.

—¿Quieres eso? —Me presiona un dedo justo un poco adentro, tanteando—. ¿Quieres sentirme dentro de ti?

Estoy abrumado, ahogándome en sensaciones que nunca supe que existían. Todo el cuerpo me tiembla de necesidad mientras me doy cuenta, con una claridad brutal, de que quiero esto. Lo quiero a él.

—Tendremos que prepararte para eso —dice Theo con voz dulce pero burlona—. Pero creo que esta noche podemos con un dedo o dos.

Antes de que pueda protestar, alarga la mano hacia el lubricante en la mesita de noche. El corazón se me lanza contra el pecho al oír el clic de la tapa al abrirse. Esto es una puta locura. Debería parar esto. Debería darme la vuelta y recuperar el control. Debería...

—Solo respira —susurra Theo mientras su dedo resbaladizo me rodea la entrada—. Confía en mí, papi. Voy a hacerte sentir tan bien.

Su dedo me penetra —solo la punta al principio— y todo el cuerpo se me tensa ante la invasión desconocida.

—Respira —me indica mientras su otra mano me acaricia la parte baja de la espalda—. Empuja un poco hacia fuera. Así es más fácil.

Sigo sus instrucciones, sintiéndome ridículo y vulnerable, y tan jodidamente excitado que apenas puedo pensar con claridad. Su dedo se desliza más adentro, y la extraña plenitud se va transformando gradualmente en algo más.

—Eso es —me anima Theo—. Lo estás haciendo muy bien.

Hunde el dedo más adentro, girándolo y explorando hasta que...

—¡Joder! —Las palabras me brotan de la garganta cuando toca algo dentro de mí que me envía un rayo por todo el cuerpo.

—Lo encontré —dice Theo con tono engreído mientras vuelve a presionar ese punto.

La presión se acumula tan rápido que no puedo controlarla. La polla me pulsa violentamente, disparando chorros espesos sobre las sábanas sin que nadie me haya tocado la verga. El orgasmo me atraviesa con una intensidad que nunca he sentido, dejándome temblando y maldiciendo.

—Dios, mírate —se maravilla Theo, con el dedo todavía dentro de mí—. Corriéndote sin que te toque, solo con mi dedo.

Algo se rompe en mí: la pérdida de control, la vulnerabilidad, el jodido shock de lo que acaba de pasar.

Antes de poder pensar, ya me estoy moviendo, me doy la vuelta y agarro a Theo.

Lo lanzo de espaldas, inmovilizándolo contra el colchón con el cuerpo aún tembloroso.

La polla, increíblemente, me sigue medio dura a pesar del orgasmo devastador.

—¿Te crees muy listo, ¿eh? —gruño mientras le rodeo las muñecas con las manos y se las presiono contra el colchón por encima de la cabeza.

Los ojos de Theo se agrandan, pero la sonrisa que asoma en sus labios me dice que no tiene miedo: está excitado.

La polla de Theo presiona contra la mía mientras lo inmovilizo contra el colchón, y el contacto inesperado me envía otra descarga por todo el cuerpo.

¿Cómo coño sigo respondiendo después de lo que acaba de pasar?

Sus ojos brillan triunfantes mientras mueve las caderas deliberadamente, creando una fricción deliciosa entre nosotros.

—Joder —gruño, notando cómo me pongo duro de nuevo a pesar de haber tenido el orgasmo más intenso de mi vida.

Lo hace de nuevo, más deliberadamente esta vez, y su piel suave como la seda se desliza contra la mía. Cada movimiento de sus caderas hace que la sangre vuelva a mi polla hasta que estoy completamente duro otra vez, presionando insistentemente contra él.

—¿Ves? —susurra Theo con la voz ronca de deseo—. Sigues teniendo el control, papi. Siempre tendrás el control.

Sus palabras despiertan algo primitivo en mí: la necesidad de demostrarle que tiene razón, de reclamar lo que acabo de entregar. Le aprieto las muñecas con más fuerza contra el colchón.

—Por favor —suplica, arqueando la espalda para apretarse más contra mí—. Fóllame el culo. Preñame, papi. Lléname.

Esas palabras obscenas saliendo de su bonita boca acaban con lo poco que me quedaba de autocontrol. Le suelto una muñeca el tiempo justo para coger el lubricante, me unto con mano temblorosa y me coloco en su entrada.

—¿Esto es lo que quieres? —gruño mientras presiono la punta de mi polla contra él—. ¿Que mi polla te abra en dos?

—Dios, sí —gime Theo, agarrándose a mi hombro con la mano libre—. Lo necesito tanto.

Me hundo en él con una sola embestida brutal y me entierro hasta el fondo. Su espalda se arquea, despegándose del colchón, y un grito estrangulado le brota de la garganta.

—Esto es mío —gruño—. Dilo.

—Tuyo —jadea Theo entre embestidas—. Todo tuyo, papi.

Lo penetro sin piedad, reclamando cada centímetro de control que entregué por un momento. Su cuerpo más pequeño aguanta todo lo que le doy, y sus gemidos se vuelven más fuertes con cada embestida.

—Nadie más tiene esto —gruño, agarrándole la cadera con fuerza suficiente para dejarle moretones—. Nadie más te ve así.