Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 9 Theo
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9 Theo

Despierto con la luz del sol colándose por unas cortinas desconocidas. La habitación de invitados de Julian. Los recuerdos de anoche me asaltan al instante: las manos de Victor, su boca, cómo tomó el control. Extiendo la mano sin mirar, sabiendo ya lo que voy a encontrar.

Espacio vacío. Sábanas frías.

Clavo la mirada en el techo, siguiendo las sombras mientras cuento los segundos mentalmente. Uno, dos, tres...

La cama todavía huele a él: sudor, colonia cara y algo primitivo que es puro Victor. El colchón conserva la huella de su cuerpo junto al mío.

...quince, dieciséis, diecisiete...

Me duele el cuerpo en todos los sitios que debería. El escozor entre las nalgas es un recordatorio vívido de lo a fondo que me poseyó.

...veintiocho, veintinueve, treinta.

Se me dibuja una sonrisa en la cara. Contemplo el techo impoluto de Julian mientras una satisfacción depredadora se enrosca en mis entrañas.

Bien. Corre.

Así será mucho más satisfactorio atraparte.

Por fin me arrastro hasta la ducha y abro el grifo hasta que el agua sale lo bastante caliente para empañar las paredes de cristal. Mientras me meto bajo el chorro, hago inventario de lo que Victor dejó atrás.

Un collar de marcas entre púrpuras y rojizas florece sobre mi clavícula.

Presiono los dedos contra un moretón especialmente vívido y cierro los ojos ante la punzada sorda de placer-dolor.

La boca de Victor estaba hambrienta, desesperada por devorarme.

Trazo el camino de sus dientes por mi pecho, por las costillas, y me detengo en una marca clara justo encima del hueso de la cadera.

—Jodidamente hermoso —murmuro mientras el agua se desliza sobre las marcas.

Mis muñecas conservan el fantasma de su agarre: cinco huellas dactilares en cada una, como si me hubiera marcado a fuego.

Las giro bajo el chorro, admirando la obra de arte que Victor creó sin darse cuenta.

Mis muslos cuentan una historia similar: huellas de manos, quemaduras de barba, la sombra de moretones que afloran bajo mi piel.

No me sorprende que Victor huyera antes de que despertase. Me habría decepcionado si no lo hubiera hecho.

Los hombres como Victor no se quedan. No se acurrucan en tu calor ni susurran confesiones a la suave luz de la mañana. Huyen. Entran en pánico. Intentan dejar atrás la revelación que destrozó todo lo que creían saber sobre sí mismos.

La cama vacía no me hiere, me da energía. Cada moretón, cada punzada mientras me enjabono, confirma lo que ya sabía. Victor no solo me folló anoche. Se vino abajo. Descubrió algo sobre sí mismo que lo aterroriza hasta la médula.

Y un hombre solo huye de algo que importa.

Sonrío mientras me enjuago; el cuerpo me vibra de anticipación, no de rechazo.

Victor puede correr todo lo que quiera. Puede esconderse detrás de su club de lucha hipermasculino y su identidad cuidadosamente construida.

Pero ahora he visto su verdad: la sentí en el agarre desesperado de sus manos, la probé en la rendición de su beso.

Salgo al aire fresco del baño y me descubro todavía sonriendo sin motivo. Me visto a toda prisa, aún pensando en Victor. En cómo luchó consigo mismo incluso mientras se rendía. En cómo le temblaron las manos cuando tocaron mi piel por primera vez, como si temiera romperme... o romperse él.

Es un baile que conozco bien. El tira y afloja entre el deseo y la negación. La huida frenética tras la revelación.

He cazado hombres difíciles antes. Hombres que se creían heterosexuales hasta que descubrieron que no lo eran tanto. Hombres en el armario aterrorizados por lo que desean. Hombres que juraban y perjuraban que nunca tocarían a otro hombre, hasta que acababan suplicando bajo mis manos.

Nunca he perdido a uno que realmente quisiera. ¿Y Victor? Ya está medio atrapado.

El aire de la mañana es fresco mientras recorro el corto trayecto hasta Eclipse, mi club nocturno que de día se transforma en el café más exclusivo de la ciudad. El peso de las llaves en la mano me centra mientras entro por la puerta trasera.

—Tienes pinta de haber pasado una noche de desenfreno —dice Sloane desde detrás del mostrador, donde ya está preparando la máquina de espresso. Su sonrisa es cómplice—. ¿Caza exitosa, entonces?

—Podría decirse —me acomodo en un taburete mientras ella me acerca un flat white impecable.

—¿Por qué me da que hay más? —se inclina hacia delante, con los codos en el mostrador—. Desembucha.

Doy un sorbo lento.

—Victor Kaine.

Arquea las cejas de golpe.

—¿Victor, el del club de lucha? ¿El de metro noventa y cinco, hombros de jugador de fútbol americano, agresivamente heterosexual?

—El mismo.

—¿Y?

—Y ha huido esta mañana antes de que me despertase.

Sloane resopla.

—Cómo no —estudia mi expresión—. Pero no estás molesto. Estás tramando algo.

Sonrío por encima de la taza.

—Siempre estoy tramando algo.

—Esto no es por venganza, ¿verdad? Porque lo último que necesitamos es...

—No es venganza —la interrumpo—. No hay ni una pizca de crueldad en mí cuando se trata de Victor.

—¿Pero?

—Pero pienso desmantelar, absoluta y categóricamente, cada una de las defensas de ese hombre, con un movimiento deliberado tras otro.

Noto el teléfono cálido en la mano mientras miro el nombre de Victor en la pantalla.

Han pasado tres horas desde que salí del apartamento de Julian, y mi cuerpo todavía conserva el dolor delicioso de todo lo que Victor me arrancó anoche.

Tamborileo con los dedos en la barra, sopesando mi estrategia.

Con Victor, el juego es diferente. Si soy demasiado directo, entrará en pánico. Si soy demasiado casual, pensará que se imaginó la importancia de lo que pasó entre nosotros.

Escribo, borro, vuelvo a escribir, y finalmente me decido por:

¿Echas algo en falta esta mañana? Aparte de a mí, claro. Tu reloj estaba en la mesita de noche. Ven a buscarlo esta noche a Eclipse. Estaré detrás de los platos a partir de medianoche.

Pulso enviar antes de pensármelo demasiado, esbozando una leve sonrisa. La insinuación justa para incomodarlo, la excusa perfecta para que se presente.

Dejo el teléfono boca abajo sobre la barra, aparto la taza de café y le hago un gesto a Sloane.

—Toca prepararlo todo para esta noche. Me quedo con el turno de medianoche.

Dedico las siguientes horas a seleccionar pistas con meticulosidad, a construir un set que late con la misma energía que sentí recorrer el cuerpo de Victor mientras se rendía a mí. Cada ritmo, cada bajón, elegidos con precisión para recrear esa misma tensión y liberación.

Al acercarse la medianoche, me coloco detrás de los platos y recorro con la mirada la pista abarrotada, evitando fijarme en la entrada. El móvil sigue en mi bolsillo trasero, sin tocarlo a propósito desde que envié el mensaje.

Me pierdo en la música, las manos moviéndose por instinto sobre los controles, el cuerpo meciéndose al ritmo. La multitud responde como un organismo vivo que respira y se mueve con cada transición que creo.

Theo Winters no espera pegado al teléfono por nadie. La gente me espera a mí.