Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 8 Victor
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8 Victor

Me despierto sobresaltado, momentáneamente desorientado. La habitación sigue a oscuras, apenas un atisbo de amanecer se cuela por unas cortinas que no reconozco. La habitación de invitados de Julian. Todo me golpea de pronto: dónde estoy, qué he hecho, con quién estoy.

El cuerpo cálido de Theo se aprieta contra el mío, su respiración profunda y acompasada. Tiene una pierna echada sobre la mía, la cabeza acurrucada contra mi pecho. De pronto me doy cuenta de mi polla, dolorosamente dura dentro de los bóxers.

Joder. Joder. Joder.

Imágenes de anoche desfilan ante mis ojos con detalles vívidos, pornográficos.

Theo de rodillas. Theo inclinado sobre el brazo del sillón.

Theo en la ducha, expulsando mi semen de su culo mientras yo lo lamía.

Mi polla palpita con el recuerdo, traicionándome justo cuando la vergüenza me cae encima como un jarro de agua fría.

¿Qué he hecho?

No soy gay. Nunca he estado con un hombre. Nunca he querido estarlo. Pero las pruebas de anoche están grabadas en mi cuerpo: los arañazos en la espalda, los chupetones en el pecho, el olor a sexo y a Theo todavía pegado a mi piel.

Con cuidado, empiezo a apartarme de él. Le levanto el brazo del pecho y me deslizo lentamente de debajo de su pierna. Se remueve un poco, murmura algo ininteligible y vuelve a quedarse dormido. Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración hasta asegurarme de que no se despertará.

No puedo enfrentarme a él. No puedo mirar esos ojos que lo saben todo. No puedo escuchar lo que sea que vaya a decir sobre lo que pasó entre nosotros.

Moviéndome con un sigilo que no sabía que tenía, salgo de la cama y recojo mi ropa esparcida por el suelo. Cada segundo se me hace eterno mientras me pongo los vaqueros, sin preocuparme por el resto. Ya me vestiré como es debido cuando esté lejos de aquí.

En la puerta, me detengo para echar un último vistazo. Theo parece tranquilo, hermoso incluso bajo la tenue luz, con el pelo oscuro y rizado desparramado sobre la almohada. Se me encoge el pecho, pero ahuyento la sensación.

Nadie puede enterarse de esto. Nunca. Lo que pasó anoche fue un error. Algo puntual. Un momento de locura pasajera.

Salgo por la puerta, la cierro en silencio tras de mí y me dirijo a la puerta principal de Julian.

Antes de poder escapar, me doy cuenta de que todavía estoy medio desnudo.

Mierda. No puedo pasearme por el vestíbulo del edificio de lujo de Julian con pinta de que me acaban de dar una paliza.

Me meto en el baño más cercano, enciendo la luz y hago una mueca al ver mi reflejo.

Arañazos. Chupetones. Marcas de barba en lugares donde nunca pensé que las tendría.

—Joder —murmuro mientras me echo agua fría en la cara.

Me pongo la camisa y noto las arrugas, el tenue olor a Theo todavía pegado a la tela. Me tiemblan las manos mientras la abrocho, los dedos torpes en cada botón. Me pongo los calcetines, los zapatos, cojo la cartera y el móvil.

Ya en el rellano, saco el móvil y pido un Uber. Cinco minutos. Bajo en el ascensor con los ojos clavados en el suelo, evitando la mirada cómplice del portero de noche.

El viaje es misericordiosamente silencioso. El conductor intenta entablar conversación, pero mis gruñidos como respuesta lo cortan en seco. Mi mente se dispara con imágenes que no puedo quitarme de la cabeza: el cuerpo de Theo, su boca, los sonidos que hacía cuando estaba dentro de él.

Me paso la mano por la cara. Esto no puede volver a pasar. Mi mundo no funciona así.

En dos horas estaré en mi club de lucha, rodeado de hombres que jamás lo entenderían.

Luchadores que usan maricón como insulto favorito.

Hombres que se definen por lo masculinos que son, lo duros, lo heteros.

Mi reputación se basa en ser el alfa entre los alfas. El dueño al que todos respetan y temen.

¿Qué pensarían si supieran que su jefe pasó la noche con las piernas de otro hombre rodeándole la cintura?

El conductor para frente a mi edificio. Murmuro un gracias y entro a toda prisa, ya planeando la ducha: lo bastante caliente como para quemar las pruebas de lo que he hecho.

Mi club de lucha es un templo a la masculinidad. La testosterona y la agresión flotan en el ambiente como niebla. No hay espacio para lo que pasó anoche. No hay lugar para lo que Theo me hizo sentir.

Cierro la puerta del apartamento de un portazo y me apoyo en ella con los ojos cerrados. Mi mente me traiciona con destellos de anoche: las manos de Theo, su boca, su peso en mi regazo.

Maldita sea.

La verdad que no puedo afrontar me golpea de pronto. Fue el mejor sexo de mi vida. Mejor que con cualquier mujer. Cómo respondía Theo, los sonidos que hacía cuando estaba dentro de él...

—No —digo en voz alta, y mi voz suena áspera en el apartamento vacío.

Me aparto de la puerta y voy hacia el baño quitándome la ropa por el camino. Abro la ducha a tope, casi hirviendo, y me meto bajo el chorro, deseando que el calor abrase estos pensamientos.

Pero no funciona. En cambio, recuerdo a Theo en la ducha de Julian, el agua cayéndole por el cuerpo esbelto mientras me lo follaba contra los azulejos.

Se me pone dura al instante y estampo el puño contra la pared de la ducha. ¿Qué coño me pasa? ¿Una noche con un hombre y de repente mi cuerpo no atiende a razones?

Cojo el jabón y me froto la piel hasta dejarla en carne viva, como si pudiera borrar el recuerdo de su tacto, su sabor. Pero cuanto más me froto, más recuerdo. La suavidad de su piel. Lo bien que su cuerpo encajaba con el mío. Cómo me llamó Papi y casi me hizo perder la cabeza.

Nunca había perdido el control así con nadie. Nunca había deseado a alguien tan desesperadamente como para olvidar quién se supone que soy.

Y eso es lo que más me aterroriza. Probé algo que nunca supe que deseaba, ¿y ahora? Ahora tengo miedo de volver a anhelarlo. De volver a anhelarlo a él.

Apoyo la frente contra el azulejo frío mientras el agua me cae por la espalda. ¿En qué me convierte esto? No en heterosexual: ningún hombre hetero habría hecho lo que hice anoche. Pero no soy gay. No puedo serlo. Toda mi vida, mi negocio, mi reputación... todo se sostiene sobre ser un macho alfa.

Y sin embargo, una sola noche con Theo ha sacudido los cimientos de todo lo que creía saber sobre mí mismo.

Cumplo con mi rutina matutina en piloto automático. Batido de proteínas. Ropa. Llaves. Para cuando aparco detrás de mi club de lucha, me he convencido de que puedo compartimentar. Encerrar lo de anoche. Centrarme en el trabajo.

El olor familiar a sudor y desinfectante me asalta al empujar la puerta trasera. Normalmente me ayuda a concentrarme. Hoy solo me recuerda el olor de Theo después de nuestro tercer asalto.

—¡Buenos días, jefe! —grita Jonah desde el ring. Es una de mis promesas, tiene entrenamiento a las siete. El chaval es muy aplicado, siempre llega antes de tiempo.

—Al tajo —gruño mientras suelto la bolsa y subo al ring.

Empezamos con combinaciones básicas. Jab, directo, gancho. Jonah tiene buena técnica: sus músculos fibrosos se tensan con cada movimiento, el sudor ya le perla el pecho. He visto entrenar a miles de luchadores y nunca me había fijado en cómo eran sus cuerpos.

Hoy no puedo evitar fijarme.

La definición de los hombros de Jonah. Cómo se le marcan los abdominales al lanzar un directo. La fuerza de sus muslos al pivotar.

Se me agita la polla en los pantalones. Ahora no.

—Vamos a trabajar el suelo —digo, porque por lo visto soy masoquista.

Forcejeamos en la colchoneta y solo puedo pensar en Theo. En lo diferente que sería luchar con él: su cuerpo más pequeño revolviéndose bajo el mío. Lo fácil que sería inmovilizarlo, sentirlo retorcerse. Darle la vuelta y…

Mi polla a medio empalmar se aprieta contra el muslo de Jonah al intentar un derribo, y me aparto de golpe.

—¿Estás bien, jefe? —pregunta Jonah mientras se incorpora—. Pareces distraído.

—Bien —espeto, más brusco de lo que pretendía. Me ajusto los pantalones, rezando para que no se haya dado cuenta—. Descanso. Cinco minutos.

Necesito controlarme. Pero solo puedo pensar en el cuerpo de Theo bajo el mío, en que nada se le ha acercado nunca, en las ganas que tengo de volver a sentir eso.

Murmuro algo de que tengo que ir al baño y me alejo antes de que Jonah pueda responder, con la adrenalina a tope. Por suerte el vestuario está vacío cuando me encierro en un cubículo y me apoyo contra la fría puerta metálica.

—Joder —susurro, palpándome la polla dolorida por encima de los pantalones. Estoy empalmado a tope, lo llevo así desde que esos recuerdos de Theo empezaron a aflorar. Me bajo los pantalones lo justo para sacarla, ya goteando por la punta.

Me agarro la polla con fuerza, casi con rabia, y empiezo a sacudírmela rápido. Sin miramientos, sin juegos previos. Esto no va de placer, va de desahogo. De sacarme este veneno del cuerpo para poder funcionar.

Pero mi mente traidora se llena de imágenes de Theo. Sus labios abriéndose para tragarse mi polla. Su espalda arqueada mientras me hundía en él. Cómo me miraba con esos ojos cómplices cuando me llamaba «Papi».

—Mierda —siseo mientras la mano se me mueve más rápido, más bruscamente. Ni siquiera estoy disfrutando: me cabrea lo rápido que estos recuerdos me convierten en un animal desesperado.

Theo de rodillas. Theo a cuatro patas. La cara de Theo cuando se corrió contra mi pecho sin tocarse.

El orgasmo me pilla por sorpresa como un golpe a traición. Apunto al váter justo a tiempo y veo cómo mi corrida salpica el agua mientras el cuerpo me tiembla. Es intenso pero vacío: alivio físico sin satisfacción.

Me quedo ahí un momento, jadeando, asqueado conmigo mismo. Me limpio por encima: un poco de papel higiénico, tiro de la cadena. Me lavo las manos dos veces en el lavabo, evitando mirarme en el espejo.

Cuando vuelvo a las colchonetas, ya tengo puesta la máscara de siempre. El calentón ha bajado, al menos de momento. Quizá pueda aguantar el resto de la sesión sin hacer el ridículo.

—¿Listo para otra ronda? —le pregunto a Jonah con la voz más firme que antes.

Me lanzo a los movimientos con renovada intensidad, usando el esfuerzo físico para acallar los pensamientos que aún rondan por mi cabeza. Necesito esto: el ritmo familiar de jabs y directos, la tensión en los músculos, la concentración que exige el combate.