Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 3 Theo
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Cada embestida hace que olas de placer me recorran el cuerpo. Estoy a cuatro patas, entre dos fuerzas: Elliot detrás de mí, Julian detrás de él. El pelo me cae alrededor del rostro como una cortina que se abre de vez en cuando y me deja entrever la cámara más allá de nuestros cuerpos entrelazados.

Siento más que veo el control de Julian sobre la situación.

Su ritmo lo dicta todo: cuándo me penetra Elliot, a qué profundidad, con qué fuerza.

Son las manos de Julian sobre las caderas de Elliot las que orquestan nuestros movimientos, creando una sinfonía de carne y deseo.

Cada vez que Julian empuja hacia adelante, Elliot se ve obligado a penetrarme más hondo, y jadeo ante la deliciosa presión.

—Joder —gime Elliot encima de mí, con la voz tensa entre el placer y la rendición.

Pero mi atención no está del todo en los hombres que usan mi cuerpo.

La mirada se me desvía una y otra vez hacia el otro lado de la cámara, donde Victor permanece de pie, una montaña de músculo y tinta junto a una columna de mármol.

Tiene los brazos enormes cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada, los ojos ardiendo con una intensidad que me calienta la piel más allá de la fricción de nuestros cuerpos.

Giro la cabeza deliberadamente para mantener el contacto visual con él mientras Elliot me penetra especialmente hondo y me arranca un gemido de la garganta. Los puños de Victor se aprietan a los costados, los tendones de los antebrazos marcándose en relieve.

Julian cambia de ángulo detrás de Elliot y lo empuja hacia adelante con tanta fuerza que tengo que apoyarme contra el suelo. El cambio hace que Elliot presione algo dentro de mí que me hace ver estrellas. Dejo caer la cabeza hacia atrás y expongo la garganta.

Cuando vuelvo a mirar, la expresión de Victor se ha oscurecido aún más. Hay una guerra librándose detrás de esos ojos oscuros: el deseo luchando contra la contención, el hambre batallando contra la negación. Prácticamente puedo sentir el calor de su mirada sobre la piel.

Sé lo que quiere. Lo sé desde nuestro encuentro en Purgatorio. Cómo huyó al baño después de nuestra conversación, el rubor en su piel cuando me rocé contra él. Me desea, pero algo lo frena.

Los dedos de Elliot se me clavan en las caderas mientras Julian aumenta el ritmo y sus embestidas se vuelven más contundentes y posesivas. Entre la neblina del placer, mantengo esa frágil conexión con Victor, consciente de la tensión que se acumula dentro de él como un resorte demasiado apretado.

Quiero que se quiebre. Que cruce esta cámara. Que reclame lo que sus ojos me dicen que desea con desesperación.

Pero permanece inmóvil, una estatua de puro conflicto, mientras Julian empuja a Elliot más adentro de mí.

Es excitante, increíblemente excitante, tener a Elliot dentro de mí así, sabiendo que soy apenas el segundo hombre al que ha follado, después de Julian. Su ritmo inexperto lo delata. Julian lo guía desde atrás, le enseña sin palabras, le muestra cómo moverse, cómo tomar.

Pero a pesar del placer que me recorre el cuerpo, mi atención sigue desviándose.

Victor. Jodido Victor.

Cree que está siendo sutil, apostado junto a esa columna como un guardián tatuado de la virtud.

Ha estado observando a Bianca y Knox al otro lado de la habitación, o al menos eso es lo que quiere que todos crean.

Pero le he pillado los ojos deslizándose hacia nosotros una y otra vez, deteniéndose en el lugar donde Elliot desaparece dentro de mí, recorriendo después mi columna vertebral, mis hombros, hasta llegar a mi rostro.

Su polla lo delata. Medio erecta y pesada entre esos muslos como troncos de árbol, tan jodidamente grande como esperaba, se me hace la boca agua.

Noto que se contrae cada vez que emito un sonido.

La oscuridad en sus ojos me dice todo lo que su boca niega.

Conozco esa mirada. La he visto innumerables veces.

Arqueo la espalda deliberadamente y monto un espectáculo solo para él.

Cuando Elliot golpea ese punto perfecto dentro de mí, el gemido que se me escapa no es del todo fingido.

A Victor se le aprieta la mandíbula, un músculo le salta bajo la barba incipiente.

Las manos enormes se le cierran en puños a los costados.

Prácticamente puedo saborear su conflicto desde el otro lado de la habitación.

¿Cómo sería tener todo ese poder desatado? ¿Que esas manos enormes me agarraran en lugar de cerrarse en puños frustrados? ¿Sentir esa polla gruesa, la que intenta ocultar sin éxito, abriéndome en lugar de la de Elliot?

Le capto la mirada de nuevo y se la sostengo, dejándole ver la invitación en mis ojos. Ven aquí. Deja de fingir. Toma lo que quieres.

Victor se mueve, y el movimiento me atrae la atención.

Su mirada se aparta de la mía mientras se da la vuelta, los hombros enormes en tensión.

Camina deliberadamente hacia el lado opuesto de la cámara, donde una pareja está enredada en un diván.

Se coloca de forma que pueda observarlos, pero noto que mantiene el cuerpo en ángulo, lo que le permite tener conciencia periférica de lo que sucede con nosotros.

Una pequeña sonrisa me asoma a los labios a pesar de la decepción que se me enrosca en el pecho. Cree que la distancia lo salvará de sus deseos. Se equivoca.

—Concéntrate, Theo —la voz de Julian corta mi distracción, suave y autoritaria.

Devuelvo la atención a los hombres que usan mi cuerpo y me dejo hundir en la sensación de Elliot dentro de mí. El placer es intenso, inmediato, pero mi mente sigue desviándose hacia la retirada de Victor.

No importa. En realidad, no. Su escape es temporal, una batalla ganada en una guerra que ya ha perdido. Su reacción a mis palabras en Purgatorio me dijo todo lo que necesitaba saber.

Victor Kaine me desea. Puede negarlo. Puede huir de ello. Puede esconderse detrás de su supuesta heterosexualidad y su físico intimidante. Pero he encendido algo que no puede extinguir solo con fuerza de voluntad.

En esa persecución primitiva en la oscuridad, las inhibiciones caen como hojas de otoño. Los constructos sociales no significan nada cuando los instintos básicos toman las riendas. Lo he visto suceder año tras año: personas descubriendo partes de sí mismas que nunca reconocieron a la luz del día.

Victor no será diferente. Esa identidad cuidadosamente construida se desmoronará cuando el deseo tome el control.

Ya he abierto una brecha en sus defensas, solo una grieta, pero suficiente.

Suficiente para plantar la semilla que ahora crece a pesar de sus desesperados intentos de arrancarla de raíz.

Gimo cuando Elliot golpea ese punto perfecto de nuevo, pero se me desvían los ojos hacia la amplia espalda de Victor al otro lado de la habitación. Que finja. Que observe a esas mujeres y se diga a sí mismo que eso es lo que quiere.

Yo lo sé. Y pronto, él también.