Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 2 Victor
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2 Victor

Cierro de un portazo la puerta del baño y me apoyo en el lavabo, con los nudillos blancos.

Joder.

¿Qué coño me pasa? Mi reflejo me devuelve la mirada, el rostro enrojecido, las pupilas dilatadas. Y mi polla, todavía apretando contra la cremallera como si fuera un crío al que nunca han tocado.

—Contrólate —murmuro, echándome agua fría en la cara. Las gotas se quedan pegadas a mi barba incipiente y me resbalan por el cuello.

Esto no va conmigo. No me pongo duro con hombres. Nunca. He estado con suficientes mujeres como para saber lo que me gusta. Lo que quiero.

Entonces, ¿por qué no puedo quitarme de la cabeza las palabras de Theo? Cómo me miró. Como si supiera algo de mí que ni yo mismo sabía.

Me recoloco, intentando que mi cuerpo se calme de una puta vez. Pero cada vez que cierro los ojos, lo veo: acercándose, con esa sonrisa burlona en los labios, la voz grave y segura cuando habló de lo que me haría. De lo que dejaría que me hiciera.

—Putos juegos mentales —gruño, aferrándome al borde del lavabo con más fuerza.

Quizá es solo que ha pasado demasiado tiempo. Eso es. No he estado con nadie desde aquella pelirroja el mes pasado. Mi cuerpo está desesperado. Reaccionaría ante cualquier cosa mínimamente sexual. Tiene que ser eso.

Pero mientras lo pienso, sé que es mentira.

Nunca me había cuestionado. Ni una sola vez. Ni siquiera en aquellas noches de borrachera en la universidad, cuando los límites se difuminaban. Siempre supe quién era. Lo que quería.

Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué él?

Vuelvo a mirarme en el espejo. La misma cara. Los mismos ojos. El mismo hombre de siempre. Y sin embargo, algo ha cambiado, como si el suelo bajo mis pies no fuera tan firme como creía.

No hay manera de quitarme esto de encima. Ni con agua fría. Ni respirando hondo. Ni con toda la fuerza de voluntad del mundo.

Miro por encima del hombro: baño vacío, gracias a Dios.

Me encierro en el cubículo más alejado. La puerta metálica se cierra con un chasquido y me apoyo contra ella, ya peleándome con el cinturón.

Bajo la cremallera y suelto un siseo de alivio cuando mi polla queda libre, balanceándose pesada entre mis piernas.

Joder, estoy más duro de lo normal. Las venas palpitan visibles a lo largo de mi gruesa verga. Como si mi cuerpo intentara demostrar algo.

¿Cómo coño lo supo Theo? Todo ese rollo de que tengo una polla descomunal, como si pudiera ver a través de mi ropa. A través de mí.

Escupo en la palma y me la agarro, gimiendo con el contacto. Solo necesito sacarme esto del cuerpo. Un desahogo rápido y estaré bien. Volveré a la normalidad. Volveré a ser yo.

Empiezo a masturbarme, encontrando un ritmo, con los ojos cerrados.

Y ahí está. Theo. No como en el bar, sino transformado: tumbado en una cama cualquiera, con encaje negro que se le ciñe al cuerpo esbelto. Medias que le abrazan los muslos. Esa jodida sonrisa cómplice en los labios.

—¿Qué quieres, Victor? —pregunta el Theo de la fantasía, con la polla marcándose contra la delicada tela, la punta asomando.

—Nada —susurro en el cubículo vacío, aunque mi mano se mueve más rápido—. No quiero esto.

Pero en mi mente, Theo abre más las piernas. Me hace señas para que me acerque. Lo ofrece todo.

Un gemido profundo se me escapa de la garganta antes de poder evitarlo y resuena contra los azulejos del baño.

Me muerdo el labio para callarme, pero las imágenes no paran de inundarme: Theo de rodillas, Theo inclinado, Theo susurrándome guarradas al oído mientras sus manos pequeñas me exploran el cuerpo.

Joder, no puedo dejar de pensar en lo pequeño que parecería a mi lado. Le saco al menos treinta centímetros y cuarenta y cinco kilos. Solo pensarlo, imaginármelo tan delicado contra mí, es casi perverso.

Y me pone a mil.

Aprieto más fuerte, siseando entre dientes mientras el placer me sube por la columna. Mi polla palpita en mi mano, más dura de lo que ha estado en años.

En mi mente, Theo ya no está en una cama anónima. Está inclinado sobre el borde de mi ring, agarrado a las cuerdas, con esos músculos esbeltos de la espalda en tensión mientras me mira por encima del hombro. La misma sonrisa burlona de antes, pero más hambrienta. Más desesperada.

—¿Vas a quedarte ahí parado? —pregunta el Theo de la fantasía, con los pulgares enganchados en los lados de un tanga negro que nunca he visto pero que imagino perfectamente contra su piel aceitunada.

Se lo baja despacio, dejando ver centímetro a centímetro lo que tiene que ser el culo más bonito que he visto en mi vida. Redondo y prieto, pero con la suavidad justa para que mis dedos dejaran marcas si lo agarrara.

—Joder —gruño, masturbándome más rápido ahora.

El Theo de la fantasía aparta el tanga de una patada, completamente desnudo ahora salvo por las medias. Abre más las piernas y veo su polla colgando entre los muslos: no pequeña como habría esperado, sino de buen tamaño. Dura y pesada, con la punta brillante de presemen.

—Vamos, Victor —jadea, arqueando la espalda para levantar más ese culo perfecto—. Enséñame lo que se siente con un hombre de verdad.

Ya no puedo contenerme, ni en esta fantasía, ni con cómo se exhibe para mí. Doy un paso adelante, las manos atraídas como imanes hacia esas nalgas perfectas. Mis dedos se hunden en la carne, más fuerte de lo que pretendía, pero el Theo de la fantasía solo gime y empuja contra mi agarre.

—Eso es —jadea—. Enséñame cuánto lo deseas.

Le separo las nalgas, dejando a la vista ese agujero apretado y fruncido. Rosado y perfecto, nada que ver con lo que he deseado antes. Pero ahora es lo único en lo que puedo pensar. Lo único que necesito.

Mi polla palpita en mi mano, tanto en la fantasía como aquí en este cubículo. Estoy chorreando, la punta resbaladiza de presemen mientras me imagino frotándola contra la entrada de Theo. En mi mente, lo provoco: rodeo ese sensible anillo de músculo, lo unto con mi humedad.

—No me hagas suplicar —gime el Theo de la fantasía, mirándome por encima del hombro con esos ojos oscuros que lo saben todo.

Pero quiero oírlo suplicar. Necesito oírlo. Necesito saber que lo desea tanto como yo.

Me imagino alcanzando un bote de lubricante —de dónde ha salido, no lo sé ni me importa— y vertiéndolo generosamente sobre su entrada, observando cómo brilla, cómo gotea hasta sus testículos.

—Por favor —dice finalmente, con la voz quebrándose lo justo para satisfacer algo primitivo en mí—. Te necesito dentro, Victor. Ahora.

Me coloco en posición, con la punta de mi polla presionando contra él.

Hay resistencia —está apretado, quizás demasiado para algo de mi grosor—, pero en mi fantasía no importa.

Empujo hacia delante, sintiendo ese chasquido inicial cuando su cuerpo cede, observando cómo su entrada se estira obscenamente alrededor de mi anchura.

El Theo de mi fantasía emite un sonido que nunca he escuchado —mitad dolor, mitad placer, completamente embriagador. La espalda se le arquea bruscamente, los dedos aferrándose a las cuerdas del ring con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

—Oh, Dios —jadea mientras me hundo más—. Eres tan jodidamente grande.

En mi fantasía, ahora empujo más adentro, deslizándome en el calor apretado de Theo centímetro a centímetro.

Es tan jodidamente pequeño comparado conmigo, con todo el cuerpo temblándole.

Mis manos casi le abarcan toda la cintura, los dedos hundiéndose en una carne que cede perfectamente a mi agarre.

—Tómala —gruño, y las palabras escapan en el cubículo vacío del baño mientras me masturbo más rápido—. Tómala entera.

El Theo de mi fantasía gime, la espalda arqueándosele aún más, de forma imposible.

Me retiro hasta que solo queda la punta dentro, observando cómo su entrada se aferra desesperadamente a mi verga, antes de embestir de nuevo. El sonido que le arranca de la garganta es crudo, roto, jodidamente hermoso.

—Más —suplica el Theo de mi fantasía, empujándose hacia atrás contra mí—. Más fuerte.

Cada embestida lo estira más, su cuerpo aceptándome como si hubiera sido hecho para esto. Para mí. El anillo apretado de músculo me agarra la polla como un torno, y oleadas de placer me recorren la columna.

—Tan jodidamente apretado —siseo; mi mano real trabaja furiosa ahora. La polla se me pone dura como el acero—. Tan jodidamente perfecto.

Lo obsceno de la escena —este hombre pequeño y elegante tragándose mi polla enorme— me empuja al límite. Imagino cómo se vería debajo de mí, completamente abrumado por mi tamaño, mi fuerza, mi deseo. Cómo tendría la entrada estirada al límite, rosada e hinchada alrededor de mi grosor.

Es demasiado.

—Joder —gruño, apenas logro apuntar al inodoro mientras el orgasmo me arrolla.

Gruesos chorros de semen salen disparados de mi polla, salpicando la porcelana, algunos cayendo al agua con suaves chapoteos.

Sigue saliendo, más de lo habitual, pintando la taza de blanco mientras me masturbo con cada espasmo.

Respiro con dificultad mientras las últimas pulsaciones del orgasmo se desvanecen. Me quedo mirando el desastre que he dejado. La evidencia de lo que acabo de hacer. De la fantasía con la que acabo de masturbarme.

La realidad me golpea de lleno. El frío cubículo del baño. El suelo duro bajo mis pies. La humedad pegajosa en la mano.

¿Qué coño?

Cojo papel higiénico y me limpio, borrando los rastros, pero el recuerdo no desaparecerá tan fácilmente. Me tiemblan las manos mientras me guardo la polla en los pantalones, forcejeando con la cremallera.

—Cristo —susurro, y el asco me sube por la garganta.

Nunca —ni una sola vez en mi vida— me he masturbado pensando en un hombre. Y mucho menos en alguien como Theo.

Tiro de la cadena, observando cómo la evidencia se arremolina y desaparece, deseando que mis pensamientos pudieran seguir el mismo camino. El pestillo del cubículo me parece más pesado de lo que debería mientras lo descorro; cada movimiento, mecánico.

En el lavabo, apenas puedo mirarme en el espejo. La misma cara. Los mismos ojos. Pero no reconozco al hombre que me devuelve la mirada.

Me lavo las manos a fondo, frotando hasta que la piel se me pone rosada. El agua fría me ayuda a despejarme, poco a poco. Esto no he sido yo. Ha sido el alcohol. La atmósfera de Purgatorio. Theo metiéndose en mi cabeza con sus juegos mentales.

—Nunca más —me prometo, con la voz baja pero firme—. Esto no ha pasado.

Me echo más agua en la cara, deseando que el color vuelva a la normalidad. El rubor de la vergüenza va retrocediendo. Enderezo los hombros, me crujo el cuello.

Victor Kaine no se cuestiona. He construido mi reputación siendo inquebrantable, inamovible.

Un jodido momento raro en un cubículo de baño no va a cambiar eso.

Me seco las manos, me arreglo la ropa y tomo aire una última vez para calmarme. La cara en el espejo se endurece hasta convertirse en algo que reconozco: el hombre que siempre he sido. El único hombre que seré jamás.

Abro la puerta y salgo al pasillo, listo para volver a la fiesta y dejar este momento atrás para siempre.