4 Victor
No debería haber venido. Ese pensamiento me lleva rondando la cabeza desde que entré en el piso de Julian y me di cuenta de lo íntima que iba a ser esta reunión. Cinco personas. Joder, cinco, cuando normalmente en estas fiestas de después de la Cacería se apiñan veinte o más.
Julian, ese cabrón, no me avisó. La llamó simplemente la descompresión habitual tras el subidón de adrenalina de la Cacería.
Yo esperaba la seguridad de una multitud, no esto: Julian sirviendo copas, Jenson repantigado en un sillón como un capo del espionaje, esas gemelas cuchicheando en el sofá, y. .. él.
El puto Theo Winters.
No ha dejado de mirarme desde que entré, esos ojos oscuros siguiendo cada movimiento mío como si yo fuera una presa. Como si la Cacería no hubiera terminado.
Doy otro trago de whisky, esperando que el ardor me distraiga del recuerdo que no me deja en paz: Theo inclinado, con Elliot dentro de él, esos sonidos que hacía...
Los celos que me desgarraron entonces siguen clavados en mis tripas como cristales rotos. Quería arrancar a Elliot de encima de él. Quería ocupar su lugar. Quería...
No. Ese no soy yo. No soy así.
—Victor —llama Julian desde el otro lado de la habitación—. Ven a contarles a las chicas lo que hiciste en la fiesta de esta noche.
Su sonrisa es demasiado cómplice, demasiado calculada.
Cruzo la habitación, dándole la espalda a Theo a propósito, pero aun así lo siento: su mirada quemándome la piel.
—Las gemelas han oído que estás muy bien dotado —dice Julian con voz untuosa—. Y querían saber si es verdad.
Las chicas me sonríen, perfectas imágenes reflejadas con su pelo rubio idéntico y labios carmesí. Cualquier otra noche, me las habría tirado sin pensarlo. Esta noche, no puedo concentrarme en ellas. No con la presencia de Theo acechando en los márgenes de mi conciencia.
Miro a las gemelas y luego a Julian.
—Pensaba que estabas ocupado jugando a las casitas con tu nueva mascota —digo—. ¿Desde cuándo te preocupa entretener a los demás?
A mi espalda, oigo la risa grave de Theo, y algo dentro de mí se tensa.
Me dejo caer en el elegante sillón de cuero italiano de Julian, que cruje bajo mi peso. Todo en este ático apesta a dinero: desde los vasos de cristal hasta la jodida vista panorámica de Ravenwood desplegada a nuestros pies como una alfombra de joyas. Todo tan típico de Julian Frost.
Está de pie junto a esos enormes ventanales, agitando su whisky caro como si fuera un ritual religioso. Yo ya me he bebido el mío de un trago.
—Nunca pensé que llegaría el día en que Julian Frost estuviera domesticado —digo, observando su rostro en busca de una reacción.
La palabra me sabe bien en la boca. Domesticado. Como si hubiera conseguido arañar su imagen perfecta.
La expresión de Julian apenas se inmuta.
—Domesticado, yo —dice—. Qué va.
Pero hay algo raro en su tono. Como si intentara convencerse a sí mismo.
Desde el sofá, Theo estira las piernas con esa elegancia estudiada que me pone la piel de gallina por... joder, no sé qué. Irritación. Eso es todo.
—Mira quién habla, el que reclamó a otro cazador durante un año entero —añade Theo—. Eso no tiene putos precedentes.
Jenson, la siniestra sombra de los Blackwood, se inclina hacia delante.
—Lo inaudito es la especialidad de Julian. Aunque debo decir que ninguno de nosotros se esperaba al marchante de arte.
—Elliot no entraba en mis planes —dice Julian.
No puedo evitar reírme de esa gilipollez.
—Contigo nada de la Cacería es improvisado. Siempre tienes algún ángulo.
—Quizás esta vez el ángulo era simplemente el placer —sugiere Theo, y sus ojos se encuentran con los de Julian de una forma que hace que algo caliente e incómodo se me retuerza en el estómago.
—El galerista se te ha metido bajo la piel —dice Jenson en voz baja—. Interesante.
Julian deja el vaso con un tintineo.
—Me sorprende.
—Debe de serlo, para que Julian Frost rompa su norma de no reclamar presas —digo, recordando la reacción de Xavier—. Xavier se quedó de piedra cuando pediste el año con otro cazador.
—Me sorprende que aceptara —añade Theo.
Los labios de Julian se curvan ligeramente.
—Xavier respeta la innovación.
Me inclino hacia delante, con unas ganas extrañas de provocarlo, de romper esa compostura perfecta.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a pasear tu conquista por la ciudad? ¿Añadirlo a tu colección?
Algo destella en los ojos de Julian, algo crudo y genuino que no le había visto nunca.
—Elliot no es una conquista.
La habitación queda en silencio absoluto. Ni siquiera yo tengo respuesta para eso.
Me arde la garganta mientras el whisky baja, una distracción bienvenida de la tensión que flota en la habitación. Cojo la botella otra vez, necesito más de ese calor adormecedor. Estos cabrones ricos y sus juegos son agotadores.
Entonces la voz de Theo me saca de mis pensamientos.
—Vaya. Eso es interesante.
Se estira como un gato, pura sensualidad calculada que me pone la piel de gallina.
—Entonces supongo que esto significa que esta noche no me vas a dar mi polvo habitual de después de la Cacería, ¿no?
Algo incómodo se me retuerce en el estómago: ¿celos? ¿Asco? No sé ponerle nombre, pero odio lo que siento. Me sirvo otra copa generosa, concentrándome en el líquido ámbar y no en el mohín perfecto de Theo ni en cómo me está mirando Julian ahora.
—Quizás Victor debería hacer los honores —sugiere Julian, y su voz se enrosca a mi alrededor como humo—. Fóllatelo, ya que no tuviste ocasión de reclamar a nadie durante la Cacería. Sería un desperdicio que tus... talentos se desperdiciaran.
El whisky me baja mal, ardiendo como fuego mientras me atraganto y toso. Me salpica la camisa mientras mi cerebro se cortocircuita. ¿Acaba de...? ¿Me están tomando el pelo? El calor me inunda la cara, mitad vergüenza, mitad algo más oscuro que me niego a reconocer.
—No soy gay —gruño. Las palabras defensivas se me escapan antes de poder contenerlas. El corazón me martillea contra las costillas, traicionándome.
Theo se ríe, y el sonido me recorre la espalda como un escalofrío.
—Qué visión tan estrecha. Esto no va de orientación sexual. Va de poder y placer.
No puedo moverme cuando se levanta del sofá con movimientos felinos.
Se me seca la boca a medida que se acerca, y me odio por no poder apartar la mirada.
Debería levantarme, largarme, pegarle a alguien.
.. hacer cualquier cosa menos quedarme aquí sentado notando cómo se me acelera el pulso con cada paso que da.
—No seas tan provinciano, Victor —dice Julian desde donde está sentado, observándome como si yo fuera un experimento suyo.
Aprieto el vaso con tanta fuerza que me sorprende que no se rompa cuando los dedos de Theo van hacia los botones de su camisa. Uno por uno, con lentitud deliberada. Mis ojos siguen cada movimiento contra mi voluntad, hipnotizados.
—Julian tiene razón. A veces, los hombres más poderosos disfrutan de probar algo nuevo. Aunque solo sea por una noche.
Estoy paralizado, con cada músculo en tensión, mientras Theo deja caer la camisa al suelo.
Su cuerpo es esbelto, todo músculo sutil bajo piel suave.
Nada que ver con mi corpulencia. Nada que ver con lo que debería desear.
Pero no puedo apartar la mirada, no puedo moverme, ni siquiera puedo respirar bien mientras está ahí plantado frente a mí.
—Yo no... —empiezo, pero la protesta se me ahoga en la garganta cuando Theo se desabrocha los pantalones y los deja caer hasta los tobillos.
Joder.
Todo mi cuerpo se pone rígido. La sangre me ruge en los oídos mientras contemplo lo que solo puede describirse como mi puta fantasía secreta hecha realidad.
Theo está ahí plantado con nada más que un tanga de encaje negro, la delicada tela tensa de forma obscena sobre su polla.
La punta hinchada asoma por encima del encaje, visiblemente húmeda.
—Dios —murmuro, con los dedos clavados en los reposabrazos como si fueran lo único que me ancla a la realidad.
Se me seca la boca. Cada pensamiento racional se evapora, reemplazado por un hambre primitiva que me araña las entrañas.
Debería apartar la mirada. Debería levantarme.
Debería largarme de una puta vez. Pero no puedo moverme, no puedo despegar los ojos de las líneas esbeltas de su cuerpo, del contraste de ese retazo femenino de encaje contra su cuerpo masculino.
—¿Ves algo que te guste? —pregunta Theo con voz aterciopelada mientras gira lentamente.
La visión de su culo perfecto enmarcado por esas finas tiras de encaje me manda una descarga directa a la polla. Me palpita dolorosamente dentro de los pantalones, traicionándome por completo. Nunca en mi vida he estado tan empalmado.
La voz de Julian atraviesa mi aturdimiento.
—Los dos sois invitados en mi casa. Disfrutad con total libertad.
Apenas registro sus palabras. Solo puedo concentrarme en Theo colocándose entre mis muslos. La diferencia de tamaño entre nosotros es brutal: mi corpulencia empequeñece la suya. Podría partirlo por la mitad, y sin embargo soy yo el que tiembla.
Cuando se arrodilla, aprieto el cuero con más fuerza, notando cómo cruje bajo mis dedos, luchando contra el impulso de agarrarlo a él.
—No luches contra esto —murmura Theo mientras me baja la cremallera—. Durante la semana de la Cacería, todos pueden darse un capricho.
Se me corta la respiración cuando me saca la polla. El aire frío la golpea un instante antes de que la mano cálida de Theo me la agarre por la base, sopesándola con un silbido bajo de apreciación.
—Joder —gruño cuando sus labios me rodean la punta.
Joder, sí. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo está en llamas mientras la boca de Theo me trabaja con una pericia que me hace ver las estrellas.
Emito unos sonidos, unos gemidos desesperados que apenas reconozco como míos.
Mis dedos se enredan en su pelo, guiándolo ahora, sin luchar más contra lo que mi cuerpo quiere con tanta claridad.