CAPÍTULO 20 — EL DESPERTAR PRIMITIVO
El calor de la chimenea en casa de Tomás pronto se volvió insuficiente para el incendio que Laura llevaba por dentro.
Pasada la medianoche, cuando la luna se alzaba como una guadaña de plata sobre el valle, ella se despertó con una urgencia que no nacía de la mente, sino de la piel.
Se vistió en silencio, pero Tomás ya estaba despierto, observándola desde las sombras con esa mirada que no necesitaba preguntas.
—El río —susurró ella—. Necesito el río.
Salieron a la noche cerrada. El aire era un látigo de frío que contrastaba violentamente con la fiebre que les recorría la sangre.
El bosque, bajo la luz lunar, era un laberinto de sombras y plata, un lugar donde las leyes de la ciudad no tenían jurisdicción.
Caminaron hacia la cascada, guiados por el rugido del agua que golpeaba las rocas como un tambor de guerra.
Al llegar, la poza de la cascada parecía un espejo de obsidiana. Laura no se detuvo. Se despojó de su ropa con una celeridad feroz, dejando que el frío de la noche la envolviera antes de entrar en el agua. Tomás la siguió, su silueta recortada contra el granito como un dios antiguo.
El contacto con el agua fue un choque eléctrico.
Pero cuando sus cuerpos se encontraron en mitad de la poza, el frío desapareció, consumido por un calor que nacía de sus centros.
Tomás la tomó por la cintura bajo el agua, elevándola hacia él.
Sus respiraciones se mezclaron con el vaho de la noche, jadeos que se perdían en el estruendo de la caída de agua.
—Aquí no hay techos, Laura —murmuró él, su voz vibrando contra su cuello—. No hay paredes. Solo estamos nosotros.
Ella lo sujetó con una fuerza que nunca supo que poseía.
Sus manos recorrieron la espalda ancha de él, sintiendo la dureza del músculo y la suavidad del agua.
Se besaron con una ferocidad que rozaba lo desesperado, un intercambio de almas que ya no pedían permiso para existir.
Era algo primitivo, salvaje, un hambre que llevaba más de 20 años de ayuno.
Salieron del agua, pero no para vestirse. Se tendieron sobre el musgo húmedo y las rocas lisas que aún conservaban un rastro del calor del sol. El aroma a tierra fértil, a pino triturado y a la piel de ambos creó una atmósfera tan densa que se podía palpar.
Lo que sucedió allí, bajo el manto del bosque, no fue solo un acto físico; fue un exorcismo.
Laura se entregó al deseo con una audacia que la asustaba y la redimía.
Sus uñas se hundieron en la espalda de Tomás mientras ella reclamaba su propio placer, su propio cuerpo, su propia existencia.
Ya no era la restauradora cuidadosa; era una mujer reclamando su derecho a arder.
Tomás respondió con una pasión que no conocía límites, una fuerza que la rodeaba sin asfixiarla.
Sus movimientos eran el ritmo de la montaña, constantes, potentes, ineludibles.
En cada embestida, Laura sentía que una parte de Julián, una parte de Beatriz, una parte de esa Laura sumisa, se desintegraba para siempre.
El clímax llegó como un estallido de luz blanca en mitad de la oscuridad del bosque. Laura gritó, un sonido largo y puro que fue devorado por la cascada. Se aferró a Tomás mientras el mundo desaparecía y solo quedaba el latido ensordecedor de dos corazones que habían decidido, por fin, ser libres.
Se quedaron tendidos, jadeantes, con la piel erizada por el frío del aire y el calor de la entrega. Las estrellas arriba parecían testigos de un renacimiento.
—Nunca más —susurró Laura contra el pecho de él—. Nunca más seré de nadie más que de mí misma.
Tomás la abrazó, envolviéndola con su cuerpo para protegerla del viento nocturno.
—Nunca lo fuiste, Laura. Solo te habías olvidado de cómo gritar.
Aquella noche, el bosque no solo fue un refugio; fue el templo donde Laura consagró su nueva vida. Un despertar primitivo que le recordó que, aunque la cabaña se hubiera convertido en ceniza, ella era el fuego que nadie, nunca más, podría apagar.