Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 21 — EL CUADERNO DE BOCETOS
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CAPÍTULO 21 — EL CUADERNO DE BOCETOS

A la mañana siguiente, la luz entró en la casa de Tomás sin suavidad.

Laura se sentó a la mesa, envuelta en una manta, con el cuaderno de bocetos frente a ella.

Los bordes seguían oscuros, marcados por el incendio.

Lo abrió en una página limpia.

Su mano ya no temblaba.

Empezó a dibujar.

No eran paisajes.

Ni rostros.

Eran planos.

Las líneas aparecieron firmes, una tras otra.

Muros.

Ventanas abiertas a la luz.

Un taller en el centro.

No era un refugio.

Era una casa.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Tomás, dejando una taza a su lado.

Laura levantó la vista.

—Estoy reconstruyendo.

Tomás observó en silencio.

—Pero esta vez… —añadió ella— desde el principio.

Él recorrió el dibujo con los ojos.

—Puedes quedarte aquí —dijo, casi en voz baja.

Laura tomó la taza, la sostuvo un momento.

—Lo sé.

Dejó el cuaderno sobre la mesa.

—Y te quiero.

Tomás no dijo nada.

—Pero no voy a cambiar una casa por otra —continuó—. Necesito saber que lo que construya es mío.

Él asintió.

No había reproche en su gesto.

—Entonces empezamos mañana —dijo—. Yo ayudo.

Laura negó levemente.

—Ayudas, sí.

Pero esto lo levanto yo.

Tomás sonrió apenas.

—Como quieras.

El silencio entre ellos ya no pesaba.

Esa tarde, Laura volvió al cuaderno.

Debajo de los planos escribió unas líneas.

Se detuvo a mitad de frase.

No necesitaba más.

Cerró el cuaderno.

El golpe fue seco, pero no brusco.

Afuera, el valle estaba limpio.

El humo ya no estaba.

Laura salió al umbral.

El aire era frío.

Se quedó ahí un momento, mirando el lugar donde había estado la casa.

No pensó en lo que perdió.

Pensó en lo que aún no existía.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Lo miró.

Un mensaje.

“Mamá, con todo lo que pasó… deberías considerar volver.”

Laura sostuvo el teléfono sin abrirlo de inmediato.

Luego lo hizo.

Leyó una vez.

Nada más.

Guardó el teléfono.

Se quedó mirando los planos extendidos sobre la mesa. Las líneas que había trazado esa mañana: muros, ventanas, el taller en el centro. Una casa que todavía no existía pero que ya tenía una forma reconocible, una lógica interna, una manera de relacionarse con la luz.

Tomó el lápiz.

No tenía una intención clara. Solo la mano moviéndose sobre el papel con ese automatismo que aparece cuando uno lleva horas trabajando y el pensamiento consciente se ha retirado a algún lugar más tranquilo.

Trazó una habitación pequeña en el extremo norte del plano. Sencilla. Una ventana orientada al bosque. Espacio suficiente para una cama y poco más.

La miró.

No le puso nombre. No escribió nada debajo. No se preguntó en voz alta para quién era ni cuándo podría usarse ni si alguna vez alguien llegaría a dormir en ella.

Simplemente estaba ahí, en el papel, como parte de la casa.

Laura dejó el lápiz sobre la mesa.

Pensó en Matías durante un momento: no en el joven que mandaba mensajes con la cadencia de su padre, sino en el niño que guardaba el cepillo con cuidado para no romper el silencio. Los dos eran la misma persona. Eso también era verdad, aunque fuera difícil de sostener.

No abrió el teléfono.

La pantalla se apagó sola.

Guardó el teléfono.

Volvió a mirar el terreno vacío.

Después, dio un paso hacia adelante.