CAPÍTULO 19 — LA SOBERANÍA DEL CUERPO
—Déjame hacerlo a mí —susurró Laura, rompiendo finalmente la distancia.
Le quitó la esponja de las manos y la dejó caer. El sonido del objeto golpeando el suelo fue el fin de una era. Sus dedos, callosos por el trabajo y firmes por la decisión, buscaron la piel de Tomás. Ya no había miedo. Ya no estaba la sombra de Julián dictando las reglas del "deber".
Ella dio el primer paso. Su mano subió por el torso de él, sintiendo la dureza de sus músculos y el latido desbocado de su corazón. Tomás soltó un aire tembloroso, una rendición que a Laura la hizo sentirse poderosa, entera, viva.
Se besaron con la urgencia de quienes han sobrevivido a un naufragio. Fue un beso que sabía a ceniza y a libertad. Tomás la tomó por la cintura, levantándola con una facilidad que hizo que Laura rodeara su cadera con las piernas, queriendo fundir sus huesos con los de él.
Caminaron hacia la cama —un lecho de madera maciza y mantas de lana—. El colchón cedió bajo su peso y Laura sintió el contraste de la lana fría contra su espalda y el calor de Tomás sobre ella.
—¿Estás segura? —murmuró él contra su cuello.
—Nunca he estado más segura de nada. Tómame, Tomás. Pero tómame como soy... dueña de mí misma.
Lo que siguió fue un lenguaje nuevo. Tomás la recorrió con una lentitud que la hacía temblar, memorizando cada rincón de su piel con una veneración que Laura nunca creyó merecer.
El placer no llegó como un estallido, sino como una marea profunda.
Laura se descubrió a sí misma buscando, exigiendo, moviéndose con una libertad que la fascinaba.
No estaba "cumpliendo"; estaba explorando.
Al final, mientras las respiraciones se sincronizaban en la penumbra, Laura apoyó la frente en el pecho de él.
—No me he perdido —susurró, maravillada por la falta de culpa.
—Te has encontrado, Laura —respondió él—. Yo solo he tenido la suerte de estar aquí para verlo.
Fuera, la cabaña seguía humeando, pero dentro de esa habitación, Laura supo que el incendio le había hecho el favor más grande de su vida: le había quemado los miedos para que pudiera arder, por fin, de amor propio.