Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 18 — CENIZAS Y RESPIRACIONES
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CAPÍTULO 18 — CENIZAS Y RESPIRACIONES

La casa de Tomás olía a resina fresca y a cuero viejo, un contraste violento con el hedor a quemado que Laura llevaba pegado al pelo.

Tras el caos del incendio, el silencio de este refugio se sentía espeso, vibrante.

El resplandor de las brasas que aún morían en la distancia teñía el horizonte de un naranja agónico, recordándole a Laura que su refugio ya no existía.

Ella estaba de pie en mitad de la habitación, con la piel todavía tiznada de gris y el corazón galopando contra sus costillas. No era solo el susto; era la presencia de Tomás, que llenaba cada rincón del espacio. Él se acercó con una palangana de agua tibia y una esponja. No hubo palabras.

—Siéntate —dijo él, con una voz que era un bálsamo.

Él empezó a limpiar el hollín de sus mejillas con una delicadeza que le robó el aliento.

El roce de la esponja húmeda y el calor del agua hicieron que Laura cerrara los ojos.

Cada respiración de él era un susurro en su piel.

Cuando Tomás bajó hacia su cuello, Laura soltó un gemido que no era de dolor.

Era el sonido de alguien que finalmente se permite bajar la guardia.

La tensión en la habitación se volvió eléctrica.

Estaban tan cerca que el aire pesaba. Tomás se detuvo, con la esponja suspendida cerca de la clavícula de ella, y sus ojos se encontraron.

En la mirada de él no había lástima por la casa perdida, sino una devoción silenciosa que a Laura la hizo temblar más que el frío de la noche.

—Lo has perdido todo, Laura —murmuró él, dejando la palangana a un lado.

—No —respondió ella, buscando su mano—. He perdido las paredes. Pero por primera vez, siento que no me he perdido a mí.

Se quedaron así, unidos por el silencio y el vapor del agua, en una frontera donde el dolor del pasado y la promesa de algo nuevo chocaban sin piedad.