Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 17 — EL INCENDIO
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CAPÍTULO 17 — EL INCENDIO

El destino tiene una forma irónica de recordarnos que nada es permanente. Laura había pasado el día sintiéndose invencible, proyectando su futuro, imaginando su vida como restauradora independiente. Quizá por eso bajó la guardia. Quizá por eso, el aire de victoria la distrajo de lo más básico.

Estaba en la cocina, calentando un poco de cera y resina para terminar una pieza.

El pensamiento de Julián, de Beatriz y de las amenazas bancarias flotaba en su mente como una niebla que intentaba disipar.

Estaba distraída, perdida en una conversación imaginaria con su hijo Matías, explicándole por qué su madre ya no era la mujer que él recordaba.

Un descuido. Un trapo de lino demasiado cerca del hornillo. Una chispa que saltó sobre el disolvente que usaba para limpiar sus pinceles.

En cuestión de segundos, la cocina se convirtió en una trampa de color naranja y negro. El fuego, alimentado por los barnices y las maderas secas de la cabaña, trepó por las vigas con un hambre feroz.

—¡No! —gritó Laura, intentando sofocar las llamas con una manta.

Pero el fuego era un animal salvaje. El humo negro, espeso y tóxico, empezó a llenar el espacio, robándole el aire y la vista.

Laura retrocedió, tosiendo, sintiendo el calor abrasador en el rostro.

El pánico la paralizó un segundo: esa cabaña era su libertad, su templo, y se estaba convirtiendo en cenizas frente a sus ojos.

Salió al porche, tropezando, con los pulmones ardiendo. El aire frío del valle le dio un latigazo de realidad.

—¡Tomás! —gritó, sin pensarlo. Su voz se quebró, pero su alma lo buscaba a él. No buscaba un salvador, buscaba el único anclaje que le quedaba en un mundo que volvía a desmoronarse.

Él apareció casi al instante, emergiendo de la maleza como si su instinto lo hubiera mantenido alerta. Al ver las llamas lamiendo el techo, su rostro se tensó en una máscara de pura determinación.

—¡Quédate atrás, Laura! —ordenó.

Él no dudó. Entró en la cabaña envuelto en una manta húmeda, sacando lo que podía, luchando contra el monstruo que ella misma había despertado. Laura veía desde afuera cómo su refugio se consumía. Lloraba, pero no era el llanto débil de la calle Roble; era un grito de rabia contra el destino.

Cuando Tomás salió finalmente, cubierto de hollín, con la ropa chamuscada y la respiración rota, traía consigo dos cosas: su cuaderno de bocetos y la caja que él le había regalado.

El aparador ardió con todo lo demás. Se desplomó en la tierra a unos metros de la casa, mientras el techo de la cabaña cedía con un estruendo que pareció sacudir las montañas.

Laura corrió hacia él. Se arrodilló en el barro, rodeándolo con sus brazos.

—¿Estás bien? ¡Dime que estás bien! —sollozaba ella, revisando sus manos quemadas.

Tomás la miró, con los ojos enrojecidos por el humo, y la sujetó de los hombros con una fuerza que la dejó sin aliento.

—La casa se ha ido, Laura —susurró él, con la voz hecha trizas—. Lo siento mucho.

Ella miró las llamas que terminaban de devorar lo que quedaba de las vigas.

De pronto, el miedo se evaporó. El incendio le había quitado el techo, pero no la voluntad.

Al contrario, ver a Tomás arriesgar la vida por sus recuerdos la hizo comprender que las paredes eran solo madera, pero lo que había nacido entre ellos era lo que realmente importaba.

—Que arda —dijo ella, con una claridad que la sorprendió—. Que arda todo lo viejo, Tomás.

Él la miró, sorprendido por su fuerza. En mitad del caos, del olor a humo y del calor de la destrucción, el aire entre ellos se volvió electricidad pura. Tomás la acercó hacia sí, uniendo sus frentes, compartiendo el mismo aire tiznado de ceniza.

—No te he salvado la casa —murmuró él, sus labios a milímetros de los de ella—. Pero no voy a dejar que te consumas tú.

—Ya no me consumo —respondió ella, sujetándolo del cuello con una urgencia que no conocía límites—. Solo estoy empezando a arder de verdad.

Se besaron en mitad de la noche, bajo la luz dantesca del incendio. Fue un beso que sabía a supervivencia, a carbón y a libertad. El fuego que consumía la cabaña no era nada comparado con el que se encendió entre ellos en ese momento.

Aquella noche, mientras las brasas terminaban de morir bajo la luz de la luna, Laura no se sintió una mujer sin hogar.

Se sintió una mujer que, tras haberlo perdido todo por segunda vez, finalmente se había encontrado a sí misma.

Y mientras se refugiaba en los brazos de Tomás, comprendió que el incendio no había sido una tragedia, sino una purificación.