CAPÍTULO 16 — LA BATALLA INTERNA
Cuando el eco del motor de Julián se extinguió por completo, el silencio del valle no regresó de inmediato.
En su lugar, quedó un zumbido eléctrico en los oídos de Laura, el residuo de una adrenalina que empezaba a enfriarse y a convertirse en una náusea pesada.
Se quedó sentada en el porche, mirando el lugar donde el SUV había estado estacionado, sintiendo que el aire que respiraba todavía estaba contaminado por el perfume metálico de su pasado.
"Estás sucia... eres decadencia". Las palabras de Julián se habían quedado pegadas a las paredes de la cabaña como una mancha de aceite difícil de quitar.
Laura se miró las manos. El barniz se había secado bajo sus uñas y en las arrugas de sus nudillos.
De pronto, se sintió tal como él la había descrito: desprolija, rota, fuera de lugar.
La vieja Laura, la que vivía bajo el escrutinio de Beatriz, quería correr a ducharse y frotarse la piel hasta que sangrara para recuperar la "delicadeza" perdida.
Tomás seguía allí, sentado en el escalón inferior. No se había movido, respetando el espacio que ella necesitaba para procesar el impacto.
—¿Estás bien? —preguntó él, sin girarse, permitiéndole a ella la privacidad de su rostro desencajado.
—Me siento... contaminada —confesó Laura con la voz rota—. Ha venido hasta aquí solo para recordarme que sigo siendo suya en su cabeza. Ha venido a decirme que mis manos son feas, Tomás.
Tomás se levantó despacio y se giró. Se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de sus ojos, pero sin intentar tocarla.
—Tus manos no son feas, Laura —dijo con una gravedad que la obligó a mirarlo—. Son manos que crean. Las manos de la mujer que él quería eran manos muertas, manos de porcelana que no servían para nada. Estas manos están vivas. Tienen la historia de este valle en ellas.
Laura negó con la cabeza, las lágrimas empezando a nublarle la vista.
—Él tiene razón en algo: he perdido la forma de vivir en el mundo real. No sé quién soy si no estoy cumpliendo órdenes o escapando de ellas.
—El mundo de ese hombre no es el mundo real —sentenció Tomás—. Es una jaula de cristal. Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A quitarte el rastro de ese fantasma.
La llevó río arriba, lejos de la cabaña, hacia un punto donde el agua formaba pequeñas pozas naturales entre rocas lisas y milenarias. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el agua de un ámbar líquido.
—Entra —le dijo él—. Deja que el río se lleve lo que él te dijo. El agua de montaña no entiende de apellidos ni de culpas.
Laura dudó solo un segundo. Se quitó las botas y los calcetines, sumergiendo los pies en el agua gélida.
El choque térmico fue un latigazo que la obligó a soltar un jadeo.
Avanzó hasta que el agua le llegó a las rodillas.
Se agachó y empezó a lavarse las manos con la arena fina del fondo, frotando con cuidado pero con firmeza, viendo cómo los restos de barniz y el polvo de madera se disolvían en la corriente.
Tomás la observaba desde la orilla, sentado sobre una roca, custodiándola. No había lujuria en su mirada, sino una devoción tranquila.
—Él dice que soy inestable —dijo ella, hablando más para el río que para él—. Dice que Matías se avergüenza de mí.
—Un hijo no se avergüenza de una madre que lucha por respirar —respondió Tomás—.
Quizás ahora no lo entienda, porque está viendo el mundo a través de los ojos de su padre.
Pero algún día verá tus manos y entenderá que cada callo fue un paso hacia tu libertad.
Y ese día, Laura, te pedirá que le enseñes a ser libre también a él.
Laura se detuvo. El agua helada parecía haberle adormecido el dolor del pecho. Se miró las manos bajo el agua cristalina: estaban rojas por el frío, pero limpias. El "barniz" de la calle Roble se había ido.
Salió del agua temblando, y Tomás la recibió con una manta de lana gruesa que había traído en su mochila. La envolvió con cuidado, permitiendo que sus dedos rozaran sus hombros solo el tiempo necesario para asegurarla.
—Gracias —susurró ella, sintiendo que el calor de la manta y la presencia de él empezaban a ganar la batalla contra la náusea.
Se quedaron allí, viendo cómo el sol desaparecía tras las cumbres, dejando el valle en un tono azul profundo. La "resaca" de la visita de Julián seguía ahí, pero ahora era solo un ruido de fondo, como el murmullo de una radio lejana que ya no tenía poder sobre ella.
—Mañana seguiré con el baúl —dijo Laura, con una resolución nueva en la voz—. Y después buscaré trabajo en el pueblo. Elena dice que hay una pequeña galería que necesita restaurar unos marcos antiguos.
Tomás sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro curtido.
—Esa es la Laura que yo veo. La que no necesita que nadie la mantenga en una jaula.
Esa noche, al regresar a la cabaña, el olor a metal frío de Julián se había ido.
Ahora olía a pino, a lana húmeda y, por primera vez, a una esperanza que no pedía permiso para existir.
Laura abrió su cuaderno y, en una página limpia, no escribió sobre el miedo.
Dibujó una mano abierta, firme, sosteniendo una lija.
Debajo, escribió una sola palabra: **Dueña**.