CAPÍTULO 15 — EL FANTASMA EN EL PORCHE
Lo encontró sin buscarlo.
Estaba reorganizando el estante donde había apilado sus cosas al llegar, en ese primer día en que todavía no sabía dónde iba nada y lo había metido todo sin orden.
Una carpeta de cartón gris, de las que se usan para guardar papeles importantes, había quedado enterrada debajo de un diccionario y dos libros que nunca había terminado de leer.
No recordaba haberla metido en la maleta.
La abrió sin expectativa particular.
Eran fotografías. Una docena, quizás algo más, impresas en papel fotográfico brillante, del tipo que Beatriz encargaba después de cada celebración familiar y distribuía en sobres con su nombre escrito a mano en el reverso.
Laura no había pedido estas. Simplemente habían aparecido un día sobre la mesa de la entrada y ella las había guardado en la carpeta sin mirarlas demasiado.
Las extendió sobre la mesa.
Se reconoció de inmediato y tardó un momento al mismo tiempo. Era ella: su cara, su altura, su manera de inclinar levemente la cabeza. Pero había algo en la postura que le resultó extraño, como cuando uno escucha su propia voz grabada y no termina de reconocerla.
Estaba de pie junto a Julián en lo que parecía el salón de Beatriz. Llevaba un vestido azul oscuro que recordaba haber usado muchas veces porque a él le gustaba. Sonreía. Era una sonrisa correcta, proporcionada, del tipo que no exige nada al que la recibe.
Laura la estudió durante un momento.
No había sufrimiento visible en esa foto. No había miedo ni resignación en la superficie. Había una mujer bien vestida en una celebración familiar, sonriendo de una manera que cualquier observador externo habría descrito como natural.
Eso era lo más difícil de sostener.
No la sonrisa falsa. Sino que en aquel momento, de pie junto a Julián con el vestido azul, ella no había sentido que estuviera fingiendo.
Había sentido que así era como se estaba.
Que aquella imagen era una versión razonable de sí misma.
Que si alguien le hubiera preguntado cómo estaba, habría respondido bien sin mentir del todo.
Recogió las fotografías con cuidado.
No las tiró. Las devolvió a la carpeta, la carpeta al estante. No supo exactamente por qué. Quizás porque tirarlas habría sido un gesto demasiado deliberado, demasiado parecido a una declaración. Y ella no quería declarar nada todavía.
Salió al porche con las manos vacías.
El valle estaba quieto. El aire olía a resina y a tierra húmeda y a la madera barnizada de la barandilla que ella misma había tratado semanas atrás.
Se quedó ahí un rato, sin pensar en nada concreto.
El viernes por la tarde, el valle se sumergió en una calma antinatural.
El viento había dejado de soplar y el río apenas era un murmullo lejano.
Laura estaba en el porche, barnizando la última esquina de la caja que Tomás le había regalado, cuando escuchó un sonido que no pertenecía a la montaña: el motor rugiente de un SUV de lujo subiendo por el sendero pedregoso.
Su corazón se detuvo. Reconocía ese motor. Reconocía la forma en que el conductor frenó de golpe, levantando una nube de polvo innecesaria sobre su pequeña parcela de paz.
Cuando la puerta se abrió, el fantasma bajó.
Julián estaba allí, impecable en su traje gris humo, con el mismo perfume caro que solía llenar las habitaciones de la casa de la calle Roble, una fragancia que a Laura siempre le había recordado al metal frío.
Bajó las gafas de sol y miró la cabaña con una mueca de asco que le recorrió el rostro.
—Así que aquí es donde te escondes —dijo él, su voz cargada de esa superioridad paternalista que solía anularla—. En este agujero de mala muerte.
Laura se puso de pie. Sentía que sus piernas eran de papel, pero sus manos, manchadas de barniz, se cerraron con fuerza sobre el trapo.
—¿Qué haces aquí, Julián? —su voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque por dentro fuera un terremoto.
Él avanzó hacia el porche sin pedir permiso, invadiendo su espacio como si todavía fuera el dueño de cada centímetro de su aire.
—He venido a por ti, Laura. Ya basta de este ridículo. Los vecinos preguntan, Matías no sabe qué decirle a sus amigos y mi madre está harta de inventar excusas. Sube al auto. Ahora.
Laura retrocedió un paso, pero chocó contra el aparador que ella misma había restaurado. La madera sólida le dio un empuje invisible.
—No voy a ir contigo —respondió ella.
Julián soltó una risa seca, esa risa que tantas veces la había hecho dudar de su propia cordura.
—Mírate, Laura. Estás sucia, tienes las manos destrozadas y hueles a disolvente. Te has convertido en una muerta de hambre en menos de un mes. ¿Crees que esto es libertad? Esto es decadencia. Estás teniendo un episodio, y yo, como tu marido, voy a llevarte a casa antes de que te hagas más daño.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre el terreno. Tomás apareció desde el linde del bosque. No traía herramientas, ni sonreía. Su sola presencia hizo que el aire cambiara de densidad. Se quedó a unos metros, inmóvil, como una advertencia silenciosa grabada en piedra.
Julián lo miró de arriba abajo con un desprecio infinito.
—¿Y este quién es? —preguntó Julián, volviéndose hacia ella con una mirada cargada de sospecha ponzoñosa—. ¿Ya me has reemplazado por un leñador, Laura? ¿Tan bajo has caído?
Laura sintió la rabia quemarle la garganta. Ya no era miedo; era un incendio de pura indignación.
—Él es alguien que no necesita humillarme para sentirse hombre —soltó Laura, avanzando un paso hacia Julián, invadiendo ella su espacio por primera vez—. No tienes derecho a entrar aquí. No tienes derecho a hablar de mi hijo, ni de mi vida, ni de mis manos.
—Laura, no me obligues a...
—¿A qué, Julián? ¿A qué te voy a obligar? —lo interrumpió ella—. ¿A volver a esa cárcel de cristal? Aquí no tienes tus contactos, ni tus cuentas bancarias, ni a tu madre para que te aplauda. Aquí solo eres un hombre pequeño gritándole a una montaña.
Tomás dio un paso al frente. No dijo una palabra, pero su postura, tensa y protectora, fue suficiente. Julián miró a Tomás, luego miró las manos firmes de Laura y comprendió algo que le dolió más que cualquier insulto: ya no tenía el control. El hilo se había roto.
—Te vas a arrepentir de esto —amenazó Julián, retrocediendo hacia su vehículo—. Cuando te des cuenta de que no sirves para nada sin mi apellido, no te molestes en llamar.
—No lo haré —sentenció ella.
Cuando el SUV desapareció por el sendero, dejando un rastro de humo negro, Laura se dejó caer en el escalón del porche. El temblor regresó, pero esta vez era de descarga, no de pánico.
Tomás se acercó lentamente. Se sentó a una distancia prudencial en el primer escalón, dándole la espalda para darle privacidad, pero quedándose allí, como un ancla.
—Gracias —susurró ella.
—No hice nada, Laura —respondió él, su voz suave como el viento entre los pinos—. Lo hiciste tú sola. Yo solo estaba mirando cómo le devolvías el golpe al fantasma.
Laura miró sus manos. Tenían restos de barniz, estaban callosas y curtidas, pero por primera vez, las vio hermosas. Eran las manos de una mujer que podía reconstruir muebles y, por fin, su propia vida.