Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 14 — LAS GRIETAS DE MI PROMESA
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CAPÍTULO 14 — LAS GRIETAS DE MI PROMESA

Esa noche, cuando la casa quedó en un silencio absoluto que solo era interrumpido por el silbido del viento en las vigas, Laura abrió un cuaderno de bocetos viejo.

No buscaba dibujar los paisajes del valle, ni las sombras de los pinos.

Buscaba desahogarse sin testigos, poner en palabras el veneno que todavía corría por sus venas.

Apoyó la pluma sobre el papel y dejó que la tinta temblara.

"No sé qué hacer con esto que siento. Me asusta lo que Tomás despierta en mí porque es un lenguaje que no reconozco. No quiero volver a ser una mujer rota, una extensión de los deseos de otro. Tengo miedo de que su bondad sea solo otra forma de control."

Escribió hasta que los dedos le dolieron, hasta que cada frase abrió una grieta más en la coraza que llevaba años cargando. Los recuerdos se filtraron sin permiso, como el agua de la lluvia que Tomás había sellado días atrás.

Recordó la voz de Julián, siempre calmada, siempre letal, diciéndole que "exageraba sus sentimientos" o que era "demasiado sensible para el mundo real".

Recordó la mirada altiva de su suegra, Beatriz, sugiriendo que debía agradecer que un hombre como Julián la "aguantara" a pesar de su carácter melancólico.

En esa casa de la calle Roble, Laura caminaba sobre vidrios invisibles, midiendo cada palabra para no romper la frágil paz doméstica.

Y ahora estaba Tomás. Tan distinto. Tan lejos de esa opresión arquitectónica. Pero precisamente por ser bueno, se sentía peligroso. Porque cuando alguien te trata con respeto, el peso de perderlo se vuelve insoportable.

Los días siguientes avanzaron tensos. Tomás, fiel a su palabra, respetó el espacio que ella había pedido. Se cruzaban en el terreno, él levantaba una mano, ella asentía, y el aire se cargaba de todo lo que no se decían. Hasta que una tarde, él se acercó con algo entre las manos.

—Te la hice porque dijiste que necesitabas ordenar la huerta —dijo él, depositando una caja de madera rústica pero perfectamente ensamblada a los pies del porche.

Laura miró la caja. Era simple, funcional, hecha con restos de madera que él mismo había lijado. No era un regalo caro como las joyas que Julián compraba para "compensar" una humillación; era un gesto de observación. Él la había escuchado quejarse de las semillas desordenadas.

—No tenías por qué hacerlo, Tomás —dijo ella, dando un paso atrás, sintiendo que su independencia flaqueaba ante el detalle.

—Lo sé —respondió él, dándose la vuelta para irse—. Pero quise hacerlo. No es una deuda, Laura. Es solo una caja.

Ella sintió que el rechazo subía por su garganta, una defensa automática para no sentirse "en deuda".

—Tomás… no puedo. No puedo aceptar que cuides de mí así.

Esta vez, el rechazo sí dejó una sombra en los ojos de él. Tomás se detuvo, suspiró y la miró con una honestidad que la quemó.

—Me voy a alejar un tiempo —dijo él, con una voz que no tenía rastro de enfado, sino de una profunda autoprotección—. No para castigarte, ni para que me eches de menos… sino para cuidarme yo también. No es fácil estar cerca de alguien que me mira como si yo fuera el enemigo que la rompió.

Ese fue el verdadero golpe. Laura se quedó muda mientras lo veía alejarse por el sendero.

Por primera vez, se dio cuenta de que su armadura no solo la protegía a ella, sino que estaba lastimando a la única persona que la veía de verdad.

Julián la había roto, pero ella, con su miedo, estaba rompiendo a Tomás.

La caja seguía donde Tomás la había dejado. Laura la vio al entrar. Permaneció unos segundos mirándola, sin pensar demasiado en ello. Después la tomó y la llevó adentro.

Entró a la cabaña y volvió al cuaderno. Pero esta vez no pudo escribir.

Se limitó a acariciar la madera de la caja que él le había dejado, sintiendo las grietas de su propia promesa de soledad ensancharse hasta que el corazón le dolió de una forma nueva.

Una forma que, extrañamente, empezaba a preferir por encima del vacío.