CAPÍTULO 13 — CRUCE ENTRE ALMA Y SILENCIO
La mañana siguiente al establecimiento de los límites, el valle amaneció envuelto en una luz de plata vieja. El aire estaba cargado de una humedad que hacía que la madera de la cabaña suspirara, un crujido constante que a Laura le recordaba que nada permanece estático.
Ella se refugió en la rutina. Se puso el delantal manchado de aceites y se enfrentó a un pequeño baúl que había encontrado en el cobertizo.
Necesitaba que sus manos trabajaran para que su mente se callara.
Lijó con una intensidad casi violenta, buscando debajo de las capas de barniz descascarado la verdad de la veta, igual que buscaba debajo de sus miedos la verdad de quién era ahora.
Pero el silencio de la montaña, que antes era un bálsamo, hoy se sentía como una habitación vacía donde sus pensamientos rebotaban con demasiada fuerza.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía el calor de la mano de Tomás en su mandíbula.
El recuerdo no era una caricia, era una sacudida que la hacía soltar la lija.
El teléfono vibró sobre la mesa de trabajo. Fue un sobresalto eléctrico. Al ver el nombre de Elena en la pantalla, Laura sintió un alivio que casi la hace llorar.
—Dime que no has vuelto con él —fue lo primero que dijo Elena, sin saludos previos. Su voz traía el ruido de la ciudad, los cláxones y la urgencia de una vida que a Laura ya le parecía de otro siglo.
—Sigo aquí, Elena. Sigo en el valle.
—Gracias al cielo. Julián está insoportable, Laura. Ha empezado a decir en el club que estás "descansando en una clínica de reposo". Está intentando controlar la narrativa, como siempre. Dice que el "estrés de tu carrera frustrada" te rompió la cabeza.
Laura apretó los dientes. *Carrera frustrada*. Las palabras de Julián, incluso a través de otros, tenían la capacidad de encontrar sus grietas más profundas.
—No es amor lo que te asusta de estar ahí sola, amiga —continuó Elena, bajando el tono—. Es volver a perderte. Te conozco. Sabes amar hasta desaparecer, y tienes pánico de que este tal Tomás sea el nuevo agujero negro donde te lances.
Laura cerró los ojos, apoyando la frente en la madera polvorienta del baúl.
El polvo del baúl olía igual que algo que no lograba ubicar.
Tardó un momento. Luego llegó: grafito. Goma de borrar. El papel ligeramente amarillento de un cuaderno barato que había llenado durante un año sin saber muy bien para qué.
No eran dibujos de paisajes ni de personas. Eran objetos rotos. Sillas sin pata. Tazas con la oreja partida. Una lámpara sin pantalla. Los dibujaba sin saber por qué. En ese momento solo sabía que cuando los dibujaba, la mano no le temblaba.
El cuaderno había quedado en un cajón.
No recordaba haberlo tirado. Tampoco recordaba haberlo buscado después. Había desaparecido de la misma manera silenciosa en que desaparecen las cosas a las que uno deja de prestarles atención: sin escena, sin fecha, sin que nadie dijera nada.
Laura levantó la cabeza del baúl.
El polvo le había dejado una marca gris en la frente. Se la limpió con el dorso de la mano y miró el interior oscuro de la madera, las esquinas donde el tiempo se acumulaba como sedimento.
Ahora entendía por qué los dibujaba.
Pero el cuaderno ya no estaba.
Dolió porque era una verdad absoluta.
—No sé cómo hacerlo, Elena —susurró—. No sé cómo querer a alguien sin que mi mundo empiece a girar solo alrededor de él. Con Julián, mi felicidad dependía de su estado de ánimo. Si él llegaba sonriendo, yo respiraba. Si llegaba fruncido, yo me escondía. No quiero volver a eso.
—Entonces no lo hagas. Quédate en el valle hasta que tu propio eje sea lo suficientemente fuerte para que nadie lo mueva.
Al colgar, la soledad se sintió más pesada.
Intentó volver al baúl, pero la ansiedad, esa vieja perra que olía su miedo, decidió atacar.
Fue un tono de voz en su memoria, un gesto imaginario de desprecio de Julián, y de pronto el aire empezó a faltarle.
El pecho se le oprimió y el temblor en sus manos se volvió incontrolable.
Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, intentando recordar cómo se respiraba cuando el mundo se desmorona.
Escuchó pasos en el porche. No eran urgentes, eran lentos, rítmicos.
Tomás no llamó a la puerta. Simplemente se sentó en el escalón de afuera, dándole la espalda a la entrada, respetando el límite físico de la casa. Laura lo veía a través de la malla de la puerta: su silueta ancha, la nuca curtida por el sol, la tranquilidad de sus hombros.
Él no intentó entrar. No preguntó qué pasaba. Simplemente empezó a hablar bajito, como si le hablara al bosque, pero sabía que ella lo escuchaba.
—A veces, cuando el río baja muy revuelto por la tormenta, los peces se quedan quietos en el fondo, pegados a las piedras —dijo Tomás—.
No intentan nadar contra la corriente porque se agotarían.
Solo esperan. Saben que el agua volverá a aclararse.
No hay que hacer nada, Laura. Solo respirar conmigo. Uno... dos...
Laura, desde el suelo de la cocina, cerró los ojos y, casi sin darse cuenta, empezó a acompasar su respiración al ritmo de la voz de él. Uno. Dos. El aire empezó a entrar de nuevo. El nudo en el estómago cedió un poco.
Se quedó allí, sentada en el frío suelo, sintiendo la presencia de Tomás al otro lado de la madera. No hubo besos, ni caricias, ni promesas de amor eterno. Hubo algo mucho más valioso para ella en ese momento: compañía sin invasión
Hubo un instante en que Laura quiso levantarse, abrir la puerta y besarlo por puro alivio. Pero se frenó. Recordó las palabras de Elena. Retrocedió un paso mental.
—No puedo... no quiero esto todavía —murmuró ella hacia la puerta.
Tomás guardó silencio un momento. Escuchó el viento mover las ramas de los pinos.
—Lo sé —respondió él—. Pero aquí estoy. Dime que no sientes nada y me iré. Pero si sientes, aunque sea miedo, déjame quedarme aquí afuera.
Laura no respondió. No pudo mentirle porque sí sentía. Él ya le había movido el mundo de sitio, pero por primera vez, no era un terremoto que la destruía, sino un temblor que la obligaba a ponerse de pie sobre sus propios pies.
Esa tarde, cuando Tomás finalmente se fue, Laura no lloró. Se levantó, tomó la lija y volvió al baúl. El barniz viejo cayó al suelo, revelando una madera preciosa, oscura y fuerte. Como ella. Como el valle. Como todo lo que nace después de que el silencio, por fin, se rompe.