CAPÍTULO 9 — EL MIRADOR DEL SILENCIO
El aire de la mañana era un cristal afilado que cortaba los pulmones, pero Laura lo agradecía.
Había algo en la pureza de ese frío que le hacía sentir que sus pensamientos, por fin, se volvían nítidos.
Estaba en el porche, terminando de aplicar una capa de cera natural a una pequeña caja de madera que había encontrado en la cocina, cuando Tomás apareció por el sendero.
No traía herramientas ni maderas. Llevaba una mochila desgastada y un bastón de caminante tallado a mano.
—Hay un lugar, más arriba de la cascada —dijo él, deteniéndose al pie de los escalones—. Desde allí, el mundo parece que se detiene. Pensé que te gustaría verlo.
Laura dudó. Sus instintos todavía le gritaban que aceptar una invitación de un hombre era ceder terreno, perder una soberanía que apenas estaba recuperando. Pero miró a Tomás y no vio la urgencia posesiva de Julián. Vio la misma calma que tenían las rocas del río.
—Necesito terminar esto —dijo ella, señalando la caja.
—La madera no se va a ir a ningún lado —respondió él con una media sonrisa—. Pero la luz de la mañana sobre el valle no espera a nadie.
Laura dejó el paño, se limpió las manos en el delantal y, sin decir una palabra, entró a buscar su abrigo.
Caminaron durante casi una hora por un sendero que solo alguien que conocía el valle de memoria podía encontrar.
El paisaje era una explosión sensorial que Laura absorbía con la voracidad de quien ha estado encerrada en un sótano durante años.
El suelo estaba alfombrado de acículas de pino que amortiguaban sus pasos; el aire olía a tierra antigua, a resina y a vida que se abría paso entre la nieve que aún resistía en las sombras.
A medida que ascendían, el bosque se abría. Tomás no hablaba, y Laura se lo agradeció. No necesitaba que nadie le explicara la belleza; necesitaba sentirla.
—Aquí es —susurró él, deteniéndose ante un saliente de piedra que colgaba sobre el vacío.
Laura dio un paso al frente y sintió que el aliento se le escapaba.
Ante ella, el valle se extendía como un mar de verdes y azules infinitos.
El río, que desde su cabaña sonaba como un trueno, desde aquí era una cinta de plata que serpenteaba entre las montañas.
Las nubes bajas se enganchaban en las copas de los alerces como jirones de algodón, y el silencio…
el silencio era tan profundo que podía escuchar el latido de su propio corazón.
—Es… —Laura no terminó la frase. No había adjetivos que no sonaran pequeños ante tanta inmensidad.
—Es el mirador del silencio —dijo Tomás, sentándose en una roca a una distancia prudente—. Vengo aquí cuando necesito recordar que mis problemas no son más grandes que una mota de polvo.
Laura se sentó cerca de él, pero no demasiado.
Se abrazó las rodillas y cerró los ojos, dejando que el sol de la montaña le calentara el rostro.
Por primera vez en meses, no sentía la necesidad de disculparse por no estar haciendo algo productivo.
No sentía la mirada de Beatriz juzgando su postura, ni la de Julián criticando su falta de ambición.
Simplemente era ella. Laura. Una mujer en una montaña.
Dos personas con sus propias maletas deshechas, sentadas en el mismo mirador.
—¿Cómo lo haces? —preguntó ella, sin abrir los ojos.
—¿El qué?
—Estar tan en paz. Estar solo y no sentir que te falta algo.
Tomás tardó en responder. Laura escuchó el sonido de un águila que gritaba en algún punto alto del cielo.
—La soledad no es lo mismo que el vacío, Laura. El vacío es lo que sentías en esa casa de la que vienes. La soledad aquí es compañía. Es aprender a escucharse sin el ruido de los demás.
Laura abrió los ojos y lo miró. Él no la estaba mirando a ella; observaba el horizonte con una melancolía tranquila. En ese momento, ella comprendió que Tomás también tenía sus propias grietas, aunque las llevara con más elegancia que ella.
Se quedaron allí mucho tiempo, compartiendo un silencio que ya no era incómodo. Laura sacó su cuaderno de bocetos y, por primera vez, su mano no tembló. No dibujó a Matías, ni a Julián. Dibujó la línea quebrada de las montañas, la forma en que el río se perdía en la bruma.
Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el valle de un dorado cálido y profundo, Laura sintió que algo dentro de ella se había asentado.
El mirador del silencio le había regalado una perspectiva que ninguna terapia ni ninguna huida le habían dado: la certeza de que el mundo era inmenso y que ella tenía derecho a ocupar un lugar en él, sin pedir permiso.
Al regresar a la cabaña, la luz del atardecer bañaba la madera del porche. Tomás se despidió con un leve movimiento de cabeza.
—Gracias, Tomás —dijo ella antes de entrar.
—Gracias a ti por el café de ayer, Laura. La deuda está pagada.
Él se perdió entre las sombras del bosque.
Laura entró en la cabaña, encendió una pequeña lámpara y miró su dibujo.
Estaba lleno de trazos fuertes, seguros.
El valle la estaba transformando, y aunque sabía que Julián seguía allá fuera, acechando con sus mensajes y su control, sentía que aquí arriba, cerca de las nubes, ella estaba empezando a ser invencible.