CAPÍTULO 10 — EL FANTASMA EN LA PANTALLA
La paz del mirador se evaporó a la mañana siguiente con la frialdad de un mensaje de texto. Laura estaba terminando su café cuando el teléfono vibró con una insistencia agresiva.
"Ya me aburrí de esperar, Laura. He bloqueado las tarjetas adicionales.
Si quieres dinero para tus caprichos en ese agujero, vas a tener que pedírmelo de rodillas.
O vuelves este fin de semana o Matías sabrá que su madre prefiere gastarse los ahorros de su futuro en una cabaña podrida antes que estar con él. Tú decides."
El golpe fue seco. Laura sintió que el aire se volvía sólido en su garganta.
La asfixia económica, la misma que Julián usaba como un látigo durante años, regresaba para recordarle que él todavía creía ser su dueño.
Se dejó caer en la silla, sintiendo que las paredes de la cabaña se le echaban encima.
El temblor empezó en sus manos y subió por sus brazos hasta sacudirle los hombros.
Era un ataque de ansiedad, un viejo conocido que la visitaba cada vez que Julián apretaba la soga.
—No soy una niña... no soy una niña —repetía ella, intentando forzar el aire hacia sus pulmones.
Necesitaba salir. Necesitaba correr.
Se puso sus zapatillas de trotar con movimientos espasmódicos y salió de la cabaña. Empezó a correr por el sendero que bordeaba el río, no por ejercicio, sino por huida. Corrió hasta que el dolor en el costado fue más fuerte que la presión en el pecho, hasta que el sudor le escocía en los ojos.
De pronto, al doblar un recodo del camino flanqueado por alerces gigantes, casi choca contra una figura que emergía de la espesura.
Laura frenó en seco, derrapando en la gravilla húmeda. Sus pulmones silbaban.
Era Tomás. Llevaba una soga al hombro y una hacha pequeña en el cinturón. Al verla llegar en ese estado —despeinada, con el rostro congestionado y los ojos llenos de pánico—, él levantó las manos de inmediato, con las palmas abiertas en un gesto de rendición absoluta.
—No te estoy siguiendo, Laura —dijo con voz suave, dando un paso atrás hacia la maleza—. Solo voy en la misma dirección. El bosque es grande, juro que no soy culpable de este encuentro.
Laura lo miró, intentando recuperar el aliento.
La honestidad de su gesto, la forma en que se empeñaba en demostrar que no era una amenaza, hizo que algo en su pecho se aflojara.
Julián nunca habría levantado las manos; Julián habría preguntado por qué estaba corriendo como una loca y cuánto habían costado sus zapatillas.
—Lo sé —logró decir ella, apoyando las manos en sus rodillas para no caer—. Perdón. Estoy... un poco alterada.
Tomás la observó con una atención que no era juicio, sino cuidado.
—A veces correr no es suficiente para dejar atrás lo que nos persigue —comentó él, bajando las manos pero manteniendo la distancia—. Pero el río siempre ayuda.
Él siguió su camino con un paso tranquilo, dejándole el espacio que ella necesitaba. Laura se quedó allí un momento, viendo cómo él desaparecía entre los troncos. Su presencia era como un bálsamo que neutralizaba el veneno del mensaje de Julián.
Decidió seguir el consejo silencioso de Tomás y se desvió hacia la cascada, un lugar donde el agua caía desde una altura de diez metros, formando una piscina natural de un azul profundo y gélido.
Al llegar, se sentó en una roca plana que sobresalía del agua. El estruendo de la caída era hipnótico. Laura cerró los ojos, intentando que el ruido blanco borrara la voz de su suegra y las amenazas de su marido.
Pero el corazón, que empezaba a calmarse, dio un vuelco violento cuando escuchó un chapuzóLa
Abrió los ojos. A unos metros de ella, en el centro de la poza, emergió una cabeza. Era Tomás. Estaba bajo la caída del agua, con el torso desnudo y el sol recortando su cuerpo como si la naturaleza misma lo hubiera moldeado allí, entre el granito y la espuma.
Laura sintió un calor repentino que no tenía nada que ver con el clima.
Verlo así, tan real, tan potente y tan ajeno a las camisas almidonadas y al perfume caro de Julián, le provocó una sacudida eléctrica en el vientre.
No era solo deseo; era la comprensión de que había un mundo de belleza física que le había sido negado o ensuciado por la rutina obligatoria de su matrimonio.
El corazón se le aceleró tanto que temió que el bosque entero escuchara los latidos. Dominada por una mezcla de vergüenza y una extraña excitación que no sabía cómo manejar, Laura intentó ponerse de pie para escapar antes de que él la viera.
—¡Laura! —gritó él desde el agua, sacudiéndose el cabello.
Ella no respondió. Presa de los nervios, giró sobre sus talones demasiado rápido. Sus zapatillas resbalaron en el musgo húmedo de la roca.
—¡Cuidado! —advirtió la voz de Tomás, ahora más cerca.
Pero fue tarde. Laura cayó torpemente hacia adelante, golpeándose la rodilla contra la piedra antes de deslizarse hacia la orilla fangosa. Se sentía ridícula, expuesta y pequeña. Intentó levantarse rápido, pero el dolor en la rodilla la hizo soltar un gemido.
En segundos, Tomás estaba a su lado. Había salido del agua y se había puesto rápidamente unos pantalones, pero seguía descalzo y con el torso goteando frío.
—Déjame ver —dijo él, extendiendo una mano hacia ella.
—¡No me toques! —soltó ella, más por el susto de su propia reacción física que por él.
Tomás se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron con una pizca de dolor, pero asintió y retrocedió.
—Solo quería ver si te habías roto algo. Estás temblando, Laura.
—Es el frío —mintió ella, aunque el calor en sus mejillas decía lo contrario—. Estoy bien. Solo... necesito irme.
Él la observó mientras ella se ponía de pie con dificultad, cojeando un poco.
—La próxima vez que decidas espiarme mientras me baño —dijo él con una sonrisa que esta vez sí tenía una pizca de provocación juguetona—, avísame. Así me pongo ropa y te evito la caída.
Laura no se quedó a responder. Se dio la vuelta y caminó hacia la cabaña con la cara ardiendo y el corazón golpeando tan fuerte que temió que el valle se enterara de que, después de tantos años de piedra, la restauradora finalmente empezaba a sentir el fuego bajo la piel.
* * *
La llamada entró a mediodía.
No era un mensaje. Era video. Laura miró la pantalla un momento antes de contestar, el tiempo justo para pasarse los dedos por el pelo sin saber muy bien por qué.
Matías apareció en la pantalla con el fondo de su habitación universitaria detrás: una estantería, ropa sobre una silla, la luz blanca de una ventana que Laura no reconocía. Había crecido de una manera que todavía la sorprendía a veces. Tenía los hombros de Julián.
—Hola —dijo él.
—Hola, mi amor.
Hubo una pausa breve. Matías miró hacia un lado, luego de vuelta a la cámara.
—¿Cómo estás?
No era exactamente una pregunta. Tenía la entonación plana de algo que se dice antes de llegar a lo que se quiere decir.
—Bien —respondió Laura—. Estoy trabajando en unos muebles. El valle es…
—Papá dice que llevas semanas sin dar señales.
Laura cerró la boca.
—Le he escrito —dijo después.
—Ya. Pero dice que no es suficiente. Que hay cosas que resolver. —Matías se movió en la silla, un gesto pequeño de incomodidad—. Cosas prácticas, dice. Que no puedes quedarte ahí indefinidamente sin tomar decisiones.
«Cosas prácticas.» Laura reconoció la frase. La había escuchado durante más de veinte años con distintas palabras y la misma cadencia: razonable en la superficie, inapelable por dentro.
—Matías —dijo ella, con cuidado—, ¿eso lo dices tú o lo dice él?
Su hijo la miró. Algo cruzó por su cara, rápido, difícil de nombrar.
—No entiendo la diferencia —respondió.
Laura no dijo nada. Dejó que el silencio ocupara la pantalla un momento, ese silencio que en la casa de la calle Roble siempre había significado rendición y que aquí, en la cabaña, empezaba a significar otra cosa.
—Estoy bien, Matías. Estoy exactamente donde necesito estar.
Él asintió, pero era el asentimiento de alguien que anota una respuesta sin creerla del todo.
Volvió a mirar hacia un lado. Habló de los exámenes durante un par de minutos, con esa precisión ordenada que a Laura le resultaba familiar y extraña al mismo tiempo: el mismo tono con que Julián informaba sobre su semana, sin esperar preguntas.
Ella escuchó. Buscó detrás de cada frase al niño que guardaba el cepillo con cuidado para no romper el silencio. No lo encontró, o no del todo.
Cuando Matías dijo que tenía que irse, Laura asintió.
—Cuídate —dijo ella.
Él ya estaba mirando hacia otro lado, hacia algo fuera de la pantalla. Pero entonces se detuvo. Volvió a mirarla, y por un segundo su cara tuvo una expresión distinta, más joven, menos ordenada.
—¿Estás bien de verdad, mamá?
Laura abrió la boca.
Pero Matías ya había cortado la llamada.
La pantalla quedó negra. Laura se quedó mirándola un momento, con el teléfono todavía en la mano.
Afuera, el río sonaba igual que siempre.