Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 8 — LA SOMBRA DE MATÍAS
38%

CAPÍTULO 8 — LA SOMBRA DE MATÍAS

La mañana trajo un frío seco que se colaba por las rendijas, pero a Laura no le importó. Se sentó frente al aparador que había terminado de restaurar, con un cuaderno de bocetos abierto y un lápiz en la mano que no lograba trazar ni una sola línea.

En la esquina superior de la página, había escrito un nombre: Matías.

Lo miró hasta que las letras perdieron su significado y se convirtieron solo en trazos de grafito.

Matías era el gran "pero" de su libertad.

El hijo que ella había acunado, al que había enseñado a leer entre susurros mientras Julián dormía, el joven que ahora estaba en la capital, estudiando ingeniería, rodeado de los libros y la comodidad que el dinero de su padre proveía.

Hubo una tarde —Matías tendría nueve años, quizás diez— en que él entró al baño sin llamar.

Laura estaba de espaldas a la puerta. Tenía el grifo abierto, como siempre. El agua caía sobre sus manos sin que ella las estuviera lavando, solo corría, y el sonido llenaba el cuarto de una manera que ella había aprendido a necesitar.

Escuchó sus pasos. Supo que era él antes de girarse.

Se limpió la cara con rapidez, con ese gesto que ya era un reflejo, y se dio la vuelta.

—Se me metió algo en el ojo —dijo.

Matías la miró. Tenía el cepillo de dientes en la mano y los pies descalzos sobre las baldosas frías. La miró de la misma manera en que a veces miraba las instrucciones de sus juegos de construcción: con una atención tranquila, sin prisa, buscando entender cómo encajaban las piezas.

—Es el agua del grifo —añadió Laura, porque el silencio pesaba—. A veces salpica.

Matías no dijo nada de inmediato.

Fue hacia el vaso donde guardaba el cepillo. Lo dejó con cuidado, como si el ruido pudiera romper algo. Y antes de salir, sin girarse del todo, dijo:

—Ya sé, mamá.

Cerró la puerta.

Laura se quedó frente al espejo con el grifo todavía abierto.

Nunca supo qué había querido decir con eso.

Si había visto a través de la mentira y decidido respetarla.

Si había aprendido ya, a los nueve años, que ciertas preguntas no se hacían en esa casa.

Si el «ya sé» era una forma de decirle que estaba con ella, o una forma de decirle que había entendido las reglas.

Años después, Laura seguía sin saberlo.

Y esa duda —pequeña, persistente, imposible de restaurar— era quizás la única herida que el valle no podía tocar.

Laura recordó la última vez que lo vio, antes de escapar. Matías la había mirado con una mezcla de lástima y extrañeza cuando ella intentó explicarle que no podía seguir en esa casa.

—Mamá, exageras —le había dicho él, con el mismo tono pragmático y frío de Julián—. Papá tiene sus cosas, pero nos da todo. No entiendo por qué siempre tienes que estar tan triste.

Ese "no entiendo" fue el tajo final. Laura comprendió que Julián no solo la había anulado a ella; había colonizado la mente de su hijo, convirtiéndolo en un aliado silencioso de su sistema.

La carta estaba entre el forro y la madera.

Laura la encontró cuando empezó a limpiar el interior del baúl, al levantar una esquina del forro de tela que alguien había pegado con una cola que el tiempo había vuelto frágil. El papel estaba doblado en cuatro, amarillento, con una textura que cedía demasiado fácilmente entre los dedos.

Lo sostuvo con cuidado. El papel era viejo, eso era claro. Pero cuánto: imposible saberlo. Podría haber estado ahí décadas o simplemente muchos años. El valle conservaba las cosas de una manera que engañaba al tiempo.

La letra era pequeña y regular, de alguien acostumbrado a escribir a mano. Estaba dirigida a una mujer llamada Carmen, sin apellido, sin dirección.

Laura la leyó despacio.

Era una carta práctica en su mayor parte.

Alguien explicaba que las conservas del otoño habían salido bien ese año, que el tejado del cobertizo necesitaba revisión antes del invierno, que los bulbos que Carmen le había mandado habían prendido mejor de lo esperado en ese suelo.

Había un párrafo sobre un perro enfermo y otro sobre una deuda pequeña que ya estaba saldada.

Hacia el final, casi como si fuera un añadido, como si la mano hubiera dudado antes de seguir escribiendo, decía:

«Sé que siguen sin entenderlo. Yo tampoco sé explicarlo bien. Solo puedo decirte que cuando estoy aquí siento que el día tiene un peso distinto, uno que reconozco. No sé si eso tiene sentido para ti. Para mí es suficiente.»

No había firma. O la había habido y el papel la había perdido con el tiempo: el borde inferior estaba roto de una manera que podría haber sido el desgaste o podría haber sido algo más.

Laura releyó el párrafo final.

No pensó en sí misma de manera consciente.

No trazó ninguna línea entre esa mujer y su propia situación.

Simplemente se quedó quieta con el papel entre las manos, sintiendo algo difícil de nombrar: la sensación leve y un poco desorientadora de que ese párrafo había sido escrito en un momento de soledad parecida a la suya, aunque por razones que no conocía, en circunstancias que no podía imaginar, por una persona de la que no sabía nada salvo que cultivaba bulbos y tenía un perro y conocía a alguien llamada Carmen.

Dobló la carta con cuidado.

No la guardó en el baúl. La puso en el cuaderno de bocetos, entre dos páginas, con la misma delicadeza con que guardaba los fragmentos de porcelana: no porque supiera qué hacer con ella, sino porque tirarla le pareció imposible.

Volvió al trabajo.

La lija empezó a moverse sobre la madera con el mismo ritmo de antes, pero el silencio de la cocina se sentía distinto. Más habitado. Como si el valle llevara mucho tiempo acumulando personas que en algún momento habían necesitado quedarse, y esa carta fuera solo una prueba pequeña y casual de eso.

Laura no pensó más en la mujer de la carta esa tarde.

Pero tampoco la olvidó.

Con un suspiro que le quemó la garganta, Laura sacó su teléfono. Hacía días que no le escribía. Sus dedos temblaron sobre la pantalla.

"Hola, Matías. He arreglado un aparador precioso hoy. Me recordó a cuando jugabas con tus piezas de construcción en mi taller. Te extraño mucho. Mamá."

Le dio a enviar y dejó el teléfono boca abajo, como si fuera una criatura peligrosa. El silencio de la cabaña se volvió de pronto opresivo. Cada minuto sin respuesta era un juicio. Cada segundo de pantalla negra era una confirmación de las palabras de Beatriz: "Tu hijo se avergüenza de ti".

Para escapar de la espera, Laura decidió refugiarse en la naturaleza. Salió de la cabaña y comenzó a caminar hacia la parte alta del valle, donde los pinos eran tan densos que la luz solo llegaba al suelo en hilos dorados.

Necesitaba cansarse. Necesitaba que el agotamiento físico silenciara la culpa materna que Julián alimentaba con tanto esmero.

Caminó hasta que sus pulmones ardieron, hasta que el barro cubrió sus botas y el olor a resina la envolvió por completo.

Se sentó en un tronco caído, rodeada de helechos gigantes que parecían guardarla.

—Él estará bien —se dijo en voz alta, pero su voz sonó frágil ante la inmensidad del bosque—. Tiene que estar bien.

Sacó su cuaderno e intentó dibujar un helecho, pero lo que emergió en el papel fue el perfil de un niño pequeño.

El Matías de cinco años que todavía la buscaba para que le curara las rodillas raspadas.

Ese Matías sí era suyo; el joven universitario de la capital era un extraño que hablaba el idioma de Julián.

El teléfono vibró en su bolsillo. Con el corazón en un puño, lo sacó. Era una respuesta.

"Me alegra lo del mueble, mamá. Papá dice que estás en una crisis y que pronto volverás. Espero que estés descansando. Tengo exámenes, hablamos después."

Frío. Distante. Correcto.

Laura cerró el cuaderno con un golpe seco. El veneno estaba trabajando. Julián no necesitaba prohibirle a Matías que hablara con ella; solo necesitaba sembrar la duda de su cordura. Para Matías, ella no era una mujer valiente buscando su vida; era una madre "en crisis" que pronto volvería al redil.

Se quedó allí, en mitad del bosque, sintiendo que las grietas de su alma se ensanchaban. Pero entonces, al levantar la vista, vio un destello de movimiento entre los árboles.

Era Tomás. Estaba a unos veinte metros, marcando algunos árboles con una cinta roja.

No la llamó. No la interrumpió. Pero cuando sus miradas se cruzaron, él se quitó la gorra en un gesto de saludo silencioso.

No había preguntas en sus ojos, solo una aceptación de su presencia allí, en su refugio de sombras.

Ese saludo, tan carente de exigencias, fue el contrapunto exacto al mensaje de Matías. Mientras su hijo y su marido la definían por sus ausencias y sus supuestas locuras, ese hombre la reconocía simplemente como un ser humano que compartía el mismo bosque.

Laura respiró hondo, llenando sus pulmones de aire frío. La sombra de Matías seguía allí. Pero hoy, en este valle, el silencio ya no era un castigo. Era un espacio donde ella, poco a poco, empezaba a existir de nuevo.

Guardó el cuaderno y empezó el descenso hacia la cabaña. Matías no entendía, todavía. Pero ella, por primera vez, empezaba a entender que no podía salvar a su hijo si primero no se salvaba a sí misma de la hoguera que Julián había encendido en su hogar.

* * *

El pueblo tenía un mercado los jueves.

Laura lo descubrió por accidente, al bajar a buscar aguarrás y encontrarse con que la plaza principal había cambiado de forma durante la noche: puestos de madera bajo toldos de lona, cajas de verduras apiladas contra las fachadas, el olor a tierra húmeda mezclado con café recién hecho y algo frito que no supo identificar.

Se detuvo en la entrada de la plaza.

Hacía semanas que no estaba en un espacio así. Con ruido. Con gente moviéndose sin ninguna relación con ella.

Avanzó despacio, sin lista, sin propósito fijo.

Un puesto de quesos con las piezas envueltas en tela.

Una mujer mayor vendiendo plantas en macetas de barro.

Dos hombres discutiendo el precio de algo con una familiaridad que sugería que llevaban años discutiendo exactamente lo mismo.

Un niño corriendo entre las piernas de los adultos sin que nadie lo detuviera.

Nadie la miró.

Eso también era nuevo.

En la casa de la calle Roble siempre había una mirada: la de Julián evaluando su ropa, la de Beatriz midiendo su postura, la de las amigas del club que sonreían con esa calidez precisa que no comprometía a nada.

Aquí la gente miraba sus propias cosas. Laura era simplemente una mujer en una plaza, y esa invisibilidad se sentía, extrañamente, como un regalo.

Encontró el puesto de herramientas al fondo, junto a la pared de piedra.

Era un puesto modesto: lijas de varios granos ordenadas en cajas de cartón, brochas atadas con alambre, tarros de barniz apilados sin demasiado orden.

El hombre detrás del puesto tenía las manos del color de la madera oscura y leía un periódico doblado en cuartos.

Laura empezó a revisar las lijas. Tomó una del montón, la examinó, la dejó. Tomó otra, pasó el pulgar por la superficie con un gesto breve y preciso. La dejó también. Buscó en la caja siguiente.

—Las del grano fino están al fondo —dijo el hombre, sin levantar la vista del periódico—. Las de encima son para madera sin tratar. Si está lijando algo con capas viejas encima, necesita empezar por las del cien y terminar con las del doscientos veinte.

Laura se detuvo.

—Sí —dijo—. Es un baúl. Tiene tres capas de barniz encima, una de ellas con humedad.

El hombre bajó el periódico. La miró un momento, no con curiosidad sino con la atención práctica de alguien que está calculando un problema.

—Entonces también va a necesitar esto. —Alcanzó un tarro pequeño sin etiqueta—. Decapante suave. Si usa aguarrás solo en la zona húmeda va a levantar la veta.

—Lo sé —dijo Laura—. Por eso buscaba las lijas primero. Quiero ver hasta dónde puedo llegar sin el decapante.

El hombre asintió. Volvió al periódico.

—Las del cien están en la caja azul —dijo, como si la conversación hubiera terminado hace rato.

Laura encontró las lijas. Eligió tres granos distintos, añadió el decapante, buscó un par de brochas que tuvieran el grosor adecuado. Pagó sin que el hombre dijera nada más, sin que preguntara qué estaba restaurando ni por qué estaba sola en el valle ni de dónde venía.

Cuando se alejó del puesto, con la bolsa en la mano, tuvo que detenerse un momento junto a la pared de piedra.

No había pasado nada. Un hombre le había explicado qué lija usar y ella le había respondido que ya lo sabía. Una transacción de tres minutos en un mercado de pueblo.

Pero algo en su pecho se había movido de una manera que no supo nombrar de inmediato.

Tardó hasta llegar al auto para entenderlo.

Él le había hablado de barnices y decapantes. No de su matrimonio. No de su hijo. No de si era valiente o estaba loca o merecía otra oportunidad. Le había hablado de la madera, porque eso era lo que ella había mostrado saber.

Laura puso la bolsa en el asiento del copiloto.

Miró sus manos sobre el volante.

Eran las manos de alguien que sabe lo que busca.

Siempre lo habían sido.