Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 3 — VOCES EN LA CENIZA
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CAPÍTULO 3 — VOCES EN LA CENIZA

El silencio de la mañana en el valle se quebró con el sonido del teléfono.

Laura estaba inclinada sobre una viga, trabajando la mancha de moho con cuidado, como si la madera pudiera resentirse de un gesto brusco.

El sonido la hizo detenerse.

Miró la pantalla.

Beatriz.

No contestó.

Dejó el teléfono vibrar sobre la mesa de pino hasta que el sonido murió, pero la vibración quedó en su cuerpo.

Cerró los ojos.

La vio de inmediato: las perlas, la sonrisa precisa, intacta.

Recordó la última Navidad.

El marco le había tomado semanas. Pan de oro, capas finas, paciencia.

Lo había entregado envuelto con cuidado.

—Es muy… artesanal, querida.

Beatriz lo sostuvo apenas, como si temiera mancharse.

—Pero Julián tiene razón. A veces pierdes demasiado tiempo en estas cosas viejas.

Julián rió desde el fondo.

—Deberías preocuparte más de tu casa —continuó ella—. Una mujer que trabaja con las manos pierde la delicadeza.

Laura no respondió.

Nunca lo hacía en esas cenas.

Julián levantó la copa.

—Si vas a gastar en esto —dijo después, mirando el marco—, al menos asegúrate de que la cena esté lista.

Laura había comprado ese regalo con su propio dinero.

Eso tampoco importaba.

El recuerdo se disolvió despacio.

Laura abrió los ojos y tomó el teléfono.

Marcó otro número.

—¿Laura? —la voz de Elena llegó rápida—. Dime que estás bien.

Laura apoyó la frente en la pared.

—Estoy aquí.

Hubo un silencio breve.

—Julián está diciendo que tuviste un episodio —dijo Elena—. Que vas a volver.

Laura no respondió de inmediato.

—No voy a volver —dijo al final.

Elena exhaló.

—Bien. Entonces escúchame: no dejes que él te nombre. Tú sabes lo que haces. Siempre lo supiste.

Laura miró sus manos.

—Restaura esa casa —continuó Elena—. Hazlo por ti.

Colgó.

El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

Laura recorrió la cabaña con la mirada.

La estructura estaba firme.

Lo demás… no.

Se quitó el anillo de casada.

La marca en su dedo seguía ahí.

Lo guardó en un cajón sin pensarlo demasiado.

Esa tarde trabajó sin pausa.

Lijó una mesa hasta que la superficie empezó a responder.

El polvo se acumuló en sus manos, en su ropa, en el aire.

No se detuvo.

Cuando oscureció, el cansancio llegó de golpe.

Y con él, otra cosa.

Matías.

Su nombre apareció sin aviso.

Tomó la foto del cuaderno.

Pasó el pulgar por la imagen.

—Ojalá lo entiendas —dijo en voz baja.

No sabía si lo haría.

Tampoco sabía cuándo.

Pero quedarse no era una opción.

Se acostó sin encender la luz.

El valle respiraba allá afuera, oscuro, inmóvil.

Mañana bajaría al río.

No pensó en nada más.