CAPÍTULO 2 — EL ECO DE LAS SÁBANAS FRÍAS
La primera noche en la cabaña fue un simulacro de paz que Laura no supo gestionar.
El silencio del valle era demasiado vasto, demasiado limpio; acostumbrada al ruido blanco de la ciudad y al zumbido eléctrico de una casa llena de tensiones, el silencio le dolía en los oídos como una presión bajo el agua.
Se sentó en el borde de la cama, una estructura de madera vieja que se quejaba con cada uno de sus movimientos.
La luz de la luna se filtraba por la ventana sin cortinas, dibujando rectángulos de plata sobre el suelo de pino.
Laura se miró las manos. Estaban vacías.
Y en esa vacuidad, los recuerdos empezaron a reptar, reclamando su espacio.
Recordó las noches en la calle Roble. El ritual era siempre el mismo: Julián llegaba tarde, soltaba las llaves sobre la mesa de la entrada con un golpe seco que a ella le aceleraba el pulso, y luego el escrutinio.
Él no necesitaba gritar para humillarla; le bastaba con una ceja levantada frente a una mancha invisible en el espejo o un suspiro de cansancio teatral ante la cena que ella había preparado con esmero.
—Está frío, Laura. Otra vez —decía él, dejando el tenedor con una delicadeza insultante.
Ella pedía perdón. Siempre pedía perdón. Se había convertido en una experta en la disculpa, una artesana del arrepentimiento por pecados que no había cometido.
Pero lo más crudo no era el desprecio diurno.
Era la oscuridad de la habitación. Laura recordaba el peso de las mantas de seda, que en su momento le parecieron un lujo y ahora recordaba como mortajas.
Julián podía pasar días sin dirigirle una palabra amable, sin un roce de manos al pasar, sin preguntarle cómo estaba.
Pero al llegar la medianoche, su cuerpo buscaba el de ella con una autoridad burocrática.
No había caricias. No había palabras susurradas al oído que no fueran órdenes o quejas.
Era una entrega por obligación, una tasa que ella pagaba para mantener una paz ficticia.
Laura recordaba cerrar los ojos con fuerza, contando los segundos, imaginando que su mente se desprendía de su piel y volaba lejos, por encima de los techos de la ciudad, mientras su cuerpo se quedaba allí, estático, cumpliendo con el "deber" de esposa.
—Pareces de madera —le decía él a veces, cuando terminaba y se daba la vuelta para dormir, dejándola a ella con el frío instalándose en las entrañas.
En la cabaña, Laura se abrazó a sí misma, frotándose los brazos como si intentara quitarse el rastro de aquellas manos invisibles.
Había un olor que ya no recordaba con exactitud.
Era de sábado. De mañana temprano, antes de que la ciudad terminara de despertar. Un mercado de cosas usadas en una plaza empedrada donde el frío tenía textura de metal y los puestos olían a madera húmeda, a tela vieja, a objetos que habían pertenecido a alguien y ya no pertenecían a nadie.
Ella iba sin propósito. Solo a tocar.
Pasaba los dedos por superficies que no iba a comprar: el lomo de una silla con el barniz levantado, el borde de un espejo sin marco, la bisagra oxidada de una caja pequeña que alguien había dejado con el fondo despegado.
En ese gesto —solo ese, los dedos sobre lo que estaba roto— había algo que la aquietaba de una forma que no sabía explicar y nunca intentó hacerlo.
Una vez compró la caja. Le costó casi nada.
Pasó dos sábados arreglándola sin herramientas apropiadas. Cuando quedó bien no se la mostró a nadie. La guardó en su armario con las cartas dentro.
Después los sábados fueron otra cosa. Compromisos. Invitaciones. La agenda de otro. No hubo una discusión sobre eso. No hubo una tarde en que ella decidiera no volver al mercado.
Simplemente dejó de ir.
Y lo que más le costaba entender ahora, en esta cama de madera que crujía con cada respiración, era que en aquel momento no lo había sentido como una pérdida.
Lo había sentido como crecer.
A la mañana siguiente, el valle intentó consolarla. El sol salió entre las cumbres con una paleta de naranjas y violetas que parecían pintados con acuarelas húmedas. Laura salió al porche con una taza de café entre las manos, dejando que el vapor le empañara la vista.
El paisaje era una sinfonía de texturas: el verde oscuro de los alerces, el gris plateado de las rocas del río, el blanco espumoso de los rápidos a lo lejos. Era tan visual que le dolían los ojos. Intentó bajar los escalones del porche, pero una de las tablas estaba podrida y cedió bajo su peso.
—¡Maldita sea! —gritó. Su voz rebotó en los árboles, devolviéndole un eco que sonaba a libertad.
Se quedó mirando el agujero en la madera. Si Julián hubiera estado allí, habría pasado horas recordándole lo torpe que era, cómo no podía ni siquiera caminar sin romper algo. Pero Julián no estaba. Solo estaba ella, el agujero y el bosque.
Se arrodilló sobre la tierra, manchándose los pantalones de barro. Empezó a quitar los trozos de madera rota con las manos desnudas. Una astilla se le clavó en la palma, y por primera vez en años, Laura no ocultó el dolor. Miró la gota de sangre roja y brillante, tan real, tan suya.
—Duele —susurró para sí misma, con una sonrisa triste—. Al menos esto duele de verdad.
Esa tarde, el hambre de vida empezó a despertar entre sus ruinas.
Encontró una vieja radio en un rincón de la cocina.
Después de mucho forcejear con las pilas oxidadas y mover la antena metálica, una melodía lejana y llena de estática empezó a sonar.
Era una canción vieja, una de esas que hablaban de amores que no duelen.
Laura se encontró moviendo los pies al ritmo de la música, un baile torpe y solitario en medio de una cocina que olía a polvo y a futuro. Se rió de su propia sombra proyectada en la pared. Era una risa que aún tenía grietas, pero que empezaba a sonar a ella misma.
Sin embargo, al caer el sol, el miedo regresó.
La sombra de los árboles se alargó como dedos que querían atraparla.
Se encerró en la cabaña, echando el cerrojo con manos temblorosas.
El pasado era una fiera que no se rendía fácilmente; sabía que todavía le quedaban muchas noches de luchar contra los fantasmas antes de poder mirar al valle sin ver, en cada rincón oscuro, la silueta del hombre que casi la apaga por completo.