Deseo entre mis grietas CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE DEL RÍO
19%

CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE DEL RÍO

El cuarto día amaneció envuelto en una neblina densa, una gasa blanca que se pegaba a los cristales de la cabaña como si quisiera ocultar el mundo.

Laura se despertó con los músculos protestando; el esfuerzo de la limpieza y la tensión de las pesadillas le habían dejado un cansancio que se sentía en los huesos.

Necesitaba el agua. Necesitaba que el frío del río le borrara el rastro de los fantasmas que habían caminado por su mente durante la noche.

Caminó por el sendero que bajaba hacia la orilla, abriéndose paso entre los helechos mojados que le azotaban las pantorrillas.

El sonido del agua golpeando las piedras crecía con cada paso, un estruendo blanco que acallaba cualquier pensamiento.

Al llegar a la orilla, el espectáculo la detuvo.

El río bajaba con una fuerza salvaje, plateado bajo la luz pálida, desprendiendo un vaho que se mezclaba con el aroma de los pinos y el musgo.

Laura se arrodilló sobre una piedra plana, dispuesta a lavarse la cara, pero un movimiento a unos metros de distancia la congeló.

Allí estaba él.

No era una aparición, aunque el entorno lo hacía parecer parte de la bruma.

Era un hombre cargando tablas de madera sobre el hombro con una facilidad que a Laura le resultó inquietante.

El sol, que empezaba a romper la niebla, recortaba su silueta, marcando el relieve de sus músculos y el brillo del agua sobre su piel.

El primer impulso de Laura fue el miedo.

Un miedo animal, eléctrico, el mismo que sentía cuando escuchaba el motor del auto de Julián en el garaje.

Sus dedos se cerraron sobre la piedra, lista para huir, para esconderse, para disculparse por estar allí.

Su mente, condicionada por años de vigilancia, empezó a disparar preguntas: ¿Quién es?

¿Qué quiere? ¿Me va a gritar por estar en su camino?

Pero el hombre no gritó. Ni siquiera aceleró el paso.

Se detuvo a una distancia prudencial. Sus ojos, del color de la corteza de los árboles bajo la lluvia, se cruzaron con los de ella. No había en ellos esa chispa de posesión o juicio que Laura conocía tan bien. Había una calma mineral, una atención tranquila que la dejó sin aire.

Laura bajó la mirada de inmediato. Se sentía expuesta, vulnerable en sus pantalones manchados y su cabello revuelto. Intentó ponerse de pie con dignidad, pero sus rodillas temblaron.

—No quería molestar —balbuceó ella, la voz apenas un susurro frente al rugido del río.

Él levantó una mano en un gesto mínimo, casi imperceptible, y asintió. No dijo nada. No hizo un comentario sarcástico sobre su aspecto ni le preguntó qué hacía sola en una cabaña ruinosa. Simplemente la reconoció como se reconoce a un animal herido en el bosque: con respeto y distancia.

Él dejó las tablas sobre un montón de leña y se acercó un paso más. Laura retrocedió instintivamente, su cuerpo gritando una advertencia que ya no tenía sentido en este valle, pero que era su única brújula.

—El río baja fuerte hoy —dijo él. Su voz era baja, con una vibración que parecía nacer del mismo suelo que pisaban. Una voz que no buscaba dominar el espacio, sino habitarlo—. Hay que tener cuidado con las piedras resbaladizas.

Laura lo miró de reojo. Él no se acercaba más. Respetaba el círculo invisible que ella había trazado a su alrededor. Ese gesto, tan pequeño y tan ajeno a lo que ella conocía, la desarmó más que cualquier amenaza.

—Sé cuidarme —respondió ella, recuperando un poco de la firmeza de su voz de restauradora, esa que usaba antes de que Julián la convenciera de que era de cristal.

Él esbozó una sonrisa mínima, una que no buscaba burlarla, sino acompañarla.

—Lo sé. Se nota en cómo miras la casa. Estás buscando las grietas.

Él se dio la vuelta y volvió a sus tablas, dejándola sola con el estruendo del agua. Laura se quedó allí, con el corazón golpeando fuerte contra sus costillas. Sus manos, que antes temblaban de puro terror, ahora vibraban de una forma distinta.

Miró su reflejo en una poza de agua tranquila cerca de la orilla. No vio a la mujer asustada que Julián había moldeado a base de desprecios. Vio a una mujer con la cara lavada por el frío, con los ojos encendidos y una astilla de curiosidad clavada en el pecho.

Antes de volverse, él había dicho su nombre en voz baja, casi para el río. Tomás. Nada más.

Ese hombre, Tomás, no era un peligro que gritaba. Era algo mucho más complejo: era una calma que la obligaba a mirarse a sí misma.

Laura recogió sus cosas y subió hacia la cabaña. Por primera vez en años, no miró hacia atrás por miedo a ser perseguida. Miró hacia atrás porque, en mitad de su reconstrucción, acababa de encontrar una pieza que no sabía dónde encajar, pero que ya no podía dejar de mirar.