CAPÍTULO 17
«El control es un empleado ejemplar: nunca falta, nunca se queja. Hasta el día en que pide la cuenta en público.»
RAPHAËL DUMONT
Cannes es la única ciudad del mundo donde trabajo con las puertas abiertas.
El resto del año, la casa vive como vivo yo: pasillos cerrados, pruebas a oscuras, decisiones tomadas en salas donde nada golpea.
Una vez al año, a finales de mayo, ponemos el frasco boca abajo y lo enseñamos todo: el salón alquilado sobre la Croisette, las vitrinas iluminadas por dentro, la colección expuesta al dedo de cualquiera.
El consejo lo llama estrategia de imagen. Mi abuelo lo llamaba pagar por ver. Yo lo llamo inventario a cielo abierto, y odio cada hora, y lo hago mejor que todos ellos, porque para eso me criaron.
Llegamos el lunes, con el grueso del equipo. Corinne tomó el hotel como quien toma una mesa de operaciones —credenciales, plantas, horarios de carga— y el resto del día fue la víspera de siempre: cajas, listas, gente joven corriendo con auriculares.
La vi de lejos en el vestíbulo, una vez, con pantalón oscuro y carpeta, contando bultos con el dedo.
No me vio. O me vio con esa competencia que tiene para no concederle a nadie su propio sobresalto.
Tres días, calculé, en el ascensor. Tres días de sur, sal y música, con ella dentro del perímetro.
Luego me sorprendí calculando, y calcular la distancia de una persona es el vicio que me había prohibido a mí mismo en marzo; yo, que cumplo mis prohibiciones con orgullo de fabricante. Esta duró hasta la segunda planta.
El martes por la mañana, el problema nos encontró antes del café: la transportista retuvo una de las cajas de muestras en el control de la aduana interna del evento; la caja de la línea de la lavanda, naturalmente, porque la mala suerte tiene olfato para lo simbólico.
El coordinador palideció en tres idiomas. El equipo entero entró en ese estado de festival en el que todo el mundo habla alto y nadie marca un número.
Ella marcó.
Lo supe después, por Corinne, como supe de todo aquel día —de refilón, por informe—: la analista tenía el registro de embarque, copia sellada de la relación final y el número del precinto, todo en una carpeta que nadie le había mandado traer.
Presentó los papeles en el mostrador de la organización, con la barbilla alta, y la caja bajó al salón antes del mediodía, escoltada por ella misma, que comprobó los frascos uno a uno contra la lista como quien cuenta ganado.
—La chica resuelve —resumió Corinne, entregándome el informe de la mañana, y había en su voz algo que en otra persona habría sido una sonrisa.
—Aquí resuelve todo el mundo. Para eso vienen.
—Aquí corre todo el mundo —dijo Corinne, volviéndose ya hacia el siguiente incendio—. Resolver, he contado a una.
Por la noche, el salón se encendió.
Es siempre igual y nunca deja de funcionar: la luz baja y cara, la música en el volumen exacto en que la gente se inclina la una hacia la otra, el mar oscuro detrás de las puertas de la terraza haciendo el ruido de fondo que ningún dinero sintetiza.
La colección en el centro, los frascos iluminados desde abajo. Y gente: prensa, compradores, los apellidos de siempre, todo el mundo circulando con una copa en una mano y una segunda intención en la otra.
Hice lo que hago: el perímetro. Saludé a los tres periodistas que importan y a los siete que creen que importan. Hablé de la línea con la convicción de quien la vetó dos temporadas seguidas hasta que mereció existir. Acepté la primera copa para tener algo entre las manos.
Y la vi.
Estaba al otro lado del salón, junto a la mesa de las muestras, con un vestido azul oscuro.
Conozco el tejido como conozco la esencia —me crie entre los dos—, y puedo afirmar lo siguiente bajo juramento: no era un vestido caro.
Era un vestido acertado, que es más raro y más peligroso. Corte antiguo, caída de cosa buena envejecida con dignidad, un azul que no pedía luz; y ninguna petición de permiso en ninguna parte.
La ropa prestada tiene una manera de pedir permiso en el cuerpo, una vacilación de dobladillo, lo he visto toda la vida en gente vestida por encima de su propia vida. El verde oscuro de aquella primera noche, tres meses atrás, pedía permiso.
Este no le pedía nada a nadie. Este tenía dueña.
El juicio tardó en llegar a esa conclusión porque el cuerpo llegó primero, y el cuerpo no redacta: el cuerpo se calentó, del esternón hacia abajo, a la velocidad exacta de un alcohol que yo todavía no había bebido, y me obligó a cambiar el peso de pie como un adolescente en una recepción.
Eso es lo que la vigesimoprimera planta no me había contado sobre Cannes: en París la veía en salas cerradas, con acta y técnico, en el marco de la guerra.
Aquí estaba suelta en mi mundo con música alrededor —trabajando, la carpeta cambiada por una sonrisa profesional, señalándole notas de la colección a un comprador holandés con las manos agrietadas de quien toca tierra—, y mi cuerpo respondía al conjunto antes de que el juicio terminara de prohibirlo.
Bebí la segunda copa más deprisa de lo que debía.
Tengo un sistema para las noches de escaparate, como lo tengo para todo: tres copas como máximo, la primera de fachada, la segunda después del último comprador, la tercera nunca; la tercera existe para rechazarla delante de testigos, porque un dueño sobrio al final de la noche vale más que cualquier campaña.
El sistema tiene siete años y nunca ha fallado, por el sencillo motivo de que nunca lo había puesto a prueba nada.
Fue entonces cuando madame Roussel me acorraló junto a la vitrina central: dueña de la mayor red de perfumerías del sur, medio siglo de mostrador, el tipo de clienta a la que no se saluda: se negocia.
—Dumont. —No da la mano; apunta con la barbilla—. La línea está correcta. «Correcta» en mi boca es un elogio, puede dar las gracias.
—Las doy. Usted va a querer exclusividad regional y yo voy a decir que no, ¿podemos saltarnos esa parte?
—Podemos. —Giró sobre su propio eje, despacio, con el salón entero pasando por sus ojos como mercancía—. Quiero hablar de otra cosa. ¿Quién es la chica de la lavanda?
—Va a tener que ser más concreta. La colección entera lleva lavanda.
—No se me haga el frasco vacío, que yo conocí a su abuelo.
—Apuntó con la barbilla hacia la mesa de las muestras—.
La morena de azul. He pasado por allí hace un rato haciéndome la despistada y le he pedido que me hablara de la línea.
¿Sabe lo que ha hecho? No me ha recitado la cartilla de prensa.
Ha cogido la tira, la ha probado conmigo y me ha dicho dónde había crecido la lavanda.
Altitud, piedra, lluvia. Mostrador, Dumont.
Hace cincuenta años así era como se vendía el perfume, antes de que inventaran ustedes el marketing para no tener que saber de nada.
—Es de análisis. Costes.
—Es de mostrador y de campo, y usted la está desperdiciando en hojas de cálculo.
—Madame Roussel probó el champán como quien comprueba un lote—.
Le voy a dar un consejo que no le cobro porque hoy estoy sentimental: a la gente así no se la encuentra en el mercado.
Se roba. Yo misma le robaría a esa chica mañana por la mañana, con intereses, si creyera que se iba a venir.
—Sus ojos volvieron a mí, antiguos y divertidos—.
Trate de darle motivos para quedarse, o cierre sus vitrinas con llave.
Se fue dejando la frase enchufada.
Se roba.
Me quedé parado con la copa vacía en la mano, oyendo a la palabra trabajar.
Tres meses construyendo el proceso contra una espía —la mujer que habría venido a robarme—, y la mayor compradora del sur acababa de explicarme, gratis, entre sorbo y sorbo, que en el mundo real de los mostradores el robo corre en sentido contrario: es a ella a quien se roba.
Es a ella a quien se roba. Yo era el que tenía, técnicamente, la mercancía retenida.
La tercera copa la cogí sin decidirlo, lo que ya lo decía todo, porque yo soy un hombre que decide sus propias copas.
El resto de la noche pasó como pasan las noches en las que el sistema falla por capas.
La música subió medio tono. El calor de la gente venció al aire acondicionado.
Conduje dos conversaciones de negocios con el piloto que mi apellido lleva solo, y me equivoqué con el nombre de un periodista por primera vez en años, y supe exactamente por qué: porque al otro lado del salón ella se había reído —de trabajo, con un proveedor, una risa corta y verdadera—, y el sonido atravesó la música, el salón y siete años de método, y fue a dar donde no había protección, porque contra aquello nunca había necesitado construir ninguna.
La evité toda la noche por el método clásico de saber en cada instante dónde estaba.
Nos cruzamos una vez, inevitablemente, junto a la mesa de las muestras, cuando un director me arrastró para elogiar el montaje. Ella me entregó la tira que el director pidió, profesional hasta el hueso.
—Monsieur Dumont.
—La caja de la aduana —dije, porque era el tema seguro y porque necesitaba decir algo que no fuera ninguna de las otras cosas—. Corinne me ha informado. Buen trabajo.
—Protocolo —respondió, sin concederme ni el mérito de haberla elogiado—. La caja viajó documentada. Solo tuve que enseñar los papeles.
—La señorita lo documenta todo.
—Todo —dijo, y me miró un segundo más de lo que su cargo le autorizaba, con algo encendido y oscuro por debajo de la educación—. Es lo que se aprende trabajando aquí.
El director se rio sin entender, agradeció la tira y me arrastró de vuelta. Fui, obediente como un lote aprobado, con su frase alojada debajo del chaleco.
Es lo que se aprende trabajando aquí.
Una cuchilla envuelta en papel de seda, entregada con una sonrisa, delante de un testigo. Tres meses atrás habría archivado la frase como prueba de hostilidad.
Aquella noche la archivé donde fue a parar de verdad, que era junto al resto: la carpeta azul, el medio paso, el «esto no cambia nada de lo que usted me ha hecho».
Hacia el final, la música bajó a ese registro de despedida y el salón empezó a deshilacharse por los bordes.
Estaba en la tercera o cuarta conversación idéntica cuando percibí, por el rabillo que nunca apagué, el movimiento azul oscuro: dejó la carpeta en la mesa de las muestras, le dijo algo al técnico, se frotó la nuca con la mano —un gesto pequeño, de cansancio honesto, el primero sin público de toda la noche— y cruzó el salón en dirección a las puertas de la terraza.
Empujó la puerta de cristal y salió a la oscuridad, al ruido del mar.
Me quedé exactamente donde estaba, con una copa a medias y un hombre de prensa terminando una pregunta que yo ya no oía.
El control, empleado ejemplar, presentó el informe de toda la noche: no vayas. Mañana hay reuniones. El salón está lleno. Eres el dueño de todo esto y el dueño no se va a mitad.
Dejé la copa en el aparador con un cuidado de laboratorio.
—Si me disculpa —le dije al periodista, en mi tono de miércoles.
El dueño no se va a mitad, repitió el control, por última vez, ya sin ninguna convicción, mientras yo cruzaba el salón entero en dirección a la puerta de cristal.
Y fui tras ella.