Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

«Él tenía el invierno entero de su lado. Yo tenía lo que tiene toda jardinera: la cabezonería de creer que el invierno se acaba.»

JULIETTE MOREAU

La primera tarea llegó al final de un viernes.

Corinne Vidal se detuvo en mi mesa con la tableta en el brazo y la misma expresión neutra con la que reparte todas las cosas en aquella planta, buenas y malas.

—Estudio comparativo de materia prima botánica de las seis marcas del grupo. Volumen, origen, coste por kilo, estacionalidad. —Una pausa—. Para el lunes, a primera hora.

Miré hacia la ventana, donde ya era de noche. Luego la miré a ella.

—Seis marcas.

—Seis.

—Eso es trabajo de dos personas durante tres semanas.

—Lo sé. —Corinne no apartó la mirada, y había algo en aquel «lo sé» que no era crueldad—. La petición viene de la vigesimoprimera planta.

Se fue sin decir nada más, y me quedé sentada con la mano encima del teclado, entendiendo despacio.

Ah. Así es como va a ser.

Yo no sabía cuál era mi delito.

Esa es la parte que necesito dejar registrada, porque en los meses siguientes mucha gente me preguntó por qué no me enfrenté a él, por qué no llamé a su puerta y exigí una explicación.

La respuesta es sencilla y humillante: creía que lo sabía. Creía que el delito había sido acostarme con el hombre equivocado y luego tener la osadía de seguir existiendo en el mismo edificio que él.

No se me ocurrió, en ningún momento, que hubiera un proceso abierto contra mí, con pruebas, testigo y sentencia ya firmada.

Yo no conocía el método. Pero reconocí el género.

Trabajé el fin de semana entero.

El sábado no salí del piso. El domingo salí una vez, a comprar pan y café, y volví corriendo por miedo a perder el hilo.

Comí de pie. Dormí poco y mal.

En la madrugada del domingo al lunes, con los ojos ardiendo y un café frío junto al ordenador, me levanté a regar la lavanda y me quedé un rato allí, con la maceta entre las manos, mirando la calle vacía.

El viento hacía chirriar la ventana. Belleville dormía a escalones ahí abajo.

Quiere que lo entregue mal.

Eso fue lo que me despertó del todo. No era para que no lo consiguiera; si lo fuera, me habría mandado algo imposible de verdad. Era para que lo entregara mal, deprisa, lleno de agujeros, y para que los agujeros constaran.

Volví a sentarme. Rehíce la tabla desde el principio.

E hice una cosa más, que en aquel momento me pareció solo cansancio, y que a estas alturas ya sé que fue otra cosa: añadí una última línea al documento, después de la bibliografía, a pie de página.

Lo entregué el lunes, a primera hora.

No sobre la hora: a primera hora de verdad, con el café todavía haciéndose en el office, antes de que llegara la mayor parte de aquella planta.

Le dejé el archivo a Corinne impreso y encuadernado, porque quería que aquello tuviera peso en la mano de alguien.

Hojeó las primeras páginas allí, delante de mí, y sus cejas subieron un milímetro.

—¿Ha dormido la señorita?

—Un poco.

—Hmm —dijo Corinne Vidal, y aquel «hmm» fue lo más parecido a un abrazo que recibí en aquel edificio en semanas.

La reunión fue el miércoles, con toda la dirección, y me llamaron para presentar.

Eso, en sí, ya era el castigo.

Una analista del programa de talentos no presenta ante la dirección. Una analista del programa de talentos entrega el material para que alguien lo presente por ella y se queda tomando notas en un rincón de la mesa.

Entré con la carpeta bajo el brazo, los zapatos negros de punta fina ya ablandados y la barbilla en el sitio donde mi madre me enseñó a dejar la barbilla.

Él estaba en la cabecera.

No me saludó. No miró. Dejó que hablara un poco y me interrumpió en mitad de una frase; no con un corte, sino con una pregunta hecha muy despacio.

—¿La señorita ha usado el coste medio ponderado o el coste de la última compra?

—Ponderado, señor. Está en la nota de la página cuatro.

—Página cuatro.

Pasó la página. Despacio. La sala entera esperó.

—Y, en la página nueve, usa usted otro criterio.

—Sí. Porque la filial de Burdeos cierra el inventario por añada y no por mes. Comparar las dos con el mismo criterio sería más bonito y menos verdadero.

Silencio.

Yo tenía razón. Todo el mundo en aquella mesa sabía que tenía razón, y fue exactamente por eso por lo que se pasó el resto de la reunión haciendo preguntas cada vez más lentas sobre cada vez menos cosas.

No hubo gritos. No hubo una sola palabra grosera. No elevó la voz ni medio tono; y descubrí allí que existe una forma de violencia que se hace entera con paciencia, hecha de preguntas educadas y de pausas lo bastante largas como para que una sala entera empiece a dudar de ti.

Cuando terminó, cerró la carpeta.

—Trabajo competente —dijo—. Para el tiempo del que ha dispuesto la señorita.

Y entonces, por segunda vez desde que yo había entrado en aquel edificio, me miró de frente.

Está esperando a que llore.

Levanté la barbilla un grado más y sonreí a toda la mesa.

—Gracias. Ha sido una semana instructiva.

Fue el director financiero quien le estropeó la salida.

El hombre había estado callado toda la reunión, hojeando mi documento a su ritmo, y llegó al final cuando los demás ya estaban recogiendo sus cosas.

—Moreau —llamó—. Esta última línea de aquí, a pie de página. ¿Es suya?

Yo había escrito, de madrugada, debajo de la bibliografía:

Observación de la autora: seis marcas, un fin de semana. Para un análisis sobre estacionalidad, el plazo ha sido poéticamente coherente.

El director financiero lo leyó en voz alta.

Dos personas se rieron. Una tercera tosió para no reírse. Y el hombre de la cabecera, que no había alterado una línea de la cara durante toda la reunión, apretó la mandíbula.

Lo vi. Fue rápido, fue mínimo, y lo vi.

—Buenos días a todos —dijo, y salió.

La puerta se cerró sin ruido, porque en aquel edificio nada golpea.

Después de aquello, empezó lo otro.

Es difícil explicarlo sin parecer una mujer que se cree importante. No hubo nada que yo pudiera señalar.

Fue solo que mis accesos pasaron a requerir aprobación. Que un informe que yo había guardado en la carpeta compartida apareció abierto por otra persona de madrugada. Que una reunión a la que me habían invitado se reprogramó dos veces y luego se celebró sin mí.

Que mi acreditación, en el torno, tardaba una fracción de segundo más que la de los demás.

Se lo conté a Camille y me dijo que estaba paranoica. Luego le conté el resto, y se quedó callada.

Apareció el viernes con vino, porque es lo que hace.

Se lo conté todo, esta vez sin ahorrarme nada: el estudio, el fin de semana, la reunión, la mandíbula, el torno. Lo conté en orden, sin llorar, y solo cuando llegué a la parte del torno me falló la voz.

—Dimite —dijo Camille.

—No puedo.

—Sí que puedes. Encuentras otro trabajo. Eres buena, Juliette, eres buena de una manera que irrita.

—No puedo —repetí—. La farmacia de Lyon me cobra el día diez. La subida de sueldo es lo que hace que salgan las cuentas. Si me voy ahora, vuelvo a elegir entre la medicina y el taxi de mi madre, y esta vez la elección es mía.

Camille llenó las dos tazas hasta arriba, que es su manera de soltar un taco.

Nos quedamos un rato calladas. Abajo, el mercadillo cerraba y alguien arrastraba cajas por la acera.

—Pues no dimitas —dijo, por fin—. Florece en medio del hormigón, solo para fastidiar.

Me reí. Fue la primera risa de la semana y salió medio rota.

—¿Eso es un consejo de alguien que trabaja en subastas?

—Es un consejo de alguien que se pasa la vida viendo a gente rica pagar fortunas por cosas que han sobrevivido. —Chocó su taza con la mía—. Nadie puja por una maceta nueva, querida. Pujan por lo que se ha mantenido en pie.

Aquella noche, cuando se fue, abrí la ventana a pesar del frío.

La maceta estaba allí, en el alféizar, en el sitio de siempre. La lavanda había agarrado en la maceta nueva: había dos brotes pequeños en la base, de esos que salen cuando la planta decide que merece la pena seguir.

Pensé en el hombre de la vigesimoprimera planta.

Pensé en él con una claridad que me sorprendió, sin ninguna rabia en aquel minuto exacto, como se piensa en una helada después de que ya ha caído: como un hecho del clima, algo que le pasa a quien planta.

Iba a seguir. Eso me quedó claro aquella noche. Iba a darme tareas imposibles, y reuniones humillantes, y plazos cortos, y lo iba a hacer todo despacio, sin levantar la voz, con la paciencia de quien tiene tiempo y edificio y apellido.

Quería que me fuera por voluntad propia. Era eso. No quería despedirme: quería que me arrancara yo sola, para no ensuciarse las manos con mi tierra.

Apoyé el dedo en la base de la planta, donde el tallo sale de lo oscuro. Quiere arrancarme de raíz. Todavía no sabe que la lavanda crece en la piedra.