Desdender la Escalera Corporativa El beso que lo explica todo
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El beso que lo explica todo

El eco de las palabras de Elena todavía flotaba en el aire del despacho cuando mi rodilla derecha empezó a dolerme contra la moqueta.

Seguía arrodillada junto a la mesa de caoba, con la boca húmeda y el sabor de Iker Goñi todavía en la lengua.

Elena estaba de pie a tres pasos de mí, con su traje azul marino y el moño tan tirante que le estiraba las comisuras de los ojos.

—Señora Elena… yo no… —mi voz salió aguda, temblorosa, la vocecita de Clara que ya me pertenecía –. Yo solo soy Clara, la nueva secretaria… no sé de qué Marcos me habla… se lo juro…

Goñi soltó una carcajada ronca mientras se abrochaba el pantalón. El sonido rebotó contra los ventanales que daban a la Gran Vía.

—Déjate de teatros patéticos, Marcos —dijo, y se apartó de mí como quien se aparta de un mueble que ya ha usado –. Sé quién eres desde el primer día que entraste por esa puerta moviendo el culo. Aunque, sinceramente, nunca creí que el gran director ejecutivo sería tan sumamente fácil de domesticar.

Mi estómago se contrajo. No era la palabra «Marcos» lo que me golpeó —llevaba semanas oyéndola en mi cabeza como un eco cada vez más débil –, sino la palabra «domesticar». Dicha así, con la satisfacción de quien ha terminado un trabajo largo y ya limpia las herramientas.

Elena se acercó a Goñi y le apoyó una mano en el pecho. Los dedos, finos y pálidos, se deslizaron sobre la tela de la camisa con una familiaridad que yo no les había visto nunca. Con una familiaridad que no era nueva.

—Cuando encontré el estúpido medallón mágico —dijo ella, mirándome desde arriba –, Iker y yo lo vimos clarísimo, cariño.

¿Para qué matarte o arruinarte, si podíamos hacer algo muchísimo mejor?

Encerrarte en este cuerpecito débil, dócil, hipersexual…

programado biológicamente para someterse a nosotros.

Intenté levantarme. Mis muslos temblaron y volví a caer sobre las rodillas. La falda se me subió un palmo y no hice nada por bajármela.

—¿Programado? —pregunté, y la palabra me salió con la entonación de Clara, esa curva ascendente al final que convertía cualquier frase en una súplica.

—Cada vez que obedeces, tu cuerpo te recompensa —dijo Goñi, y se sentó en el borde de la mesa, justo donde minutos antes yo había apoyado los codos para que él me penetrara –.

Cada vez que te humillas, tu biología segrega un cóctel de placer que te deja temblando.

Lo diseñamos así. Bueno, lo diseñó Elena. Yo solo puse el dinero y la paciencia.

—Seis años de paciencia —dijo Elena, y le acarició la barba entrecana –. Seis años desde que encontré el trasto ese u comenzmos a planearlo.

Seis años. La cifra me atravesó. Seis años en el apartamento de lujo, seis años de cenas con velas y copas de vino y conversaciones sobre la empresa, seis años durmiendo con una mujer que ya estaba midiendo el tamaño de la jaula.

—¿Sabes la vida tan divertida que te espera?

—Elena se agachó hasta tener los ojos a la altura de los míos.

Olía a su perfume de siempre, a gardenia y algo cítrico, el mismo que me había excitado durante años –.

Vas a ser la perra de la oficina. Una zorra insatisfecha que vivirá en un estado constante de celo.

—Estarás deseando que cualquier mozo de almacén, cualquier cliente o yo mismo te levantemos la falda para calmar tu biología —añadió Goñi, y se miró las uñas –. Ese es tu único propósito ahora. Ser usada.

Dentro de mí, en algún rincón remoto de esta cabeza que ya no era la mía, Marcos aulló.

Intentó gritar insultos, maldiciones, el nombre de sus abogados.

Pero el sonido no llegó a la garganta. Lo que llegó fue otra cosa: un calor húmedo que me empapó el interior de los muslos, un latido sordo en el bajo vientre que me obligó a apretar las piernas.

Dios, no. Mierda, me encanta. Soy una zorra. Quiero que me usen así.

El pensamiento era de Clara. Era mío.

—Sí… sí, señor Goñi —murmuré, y la voz me salió ronca, entrecortada, la voz de alguien que acaba de correrse y ya está pensando en la próxima vez.

Goñi alargó el brazo hacia la mesa y tiró unos documentos sobre la caoba. Las hojas se deslizaron hasta el borde y una de ellas cayó al suelo, junto a mi rodilla.

—Levántate, zorra. Es hora de despedirse.

Me levanté. Las piernas me sostuvieron a duras penas. Al otro lado de los ventanales, el tráfico de la Gran Vía seguía fluyendo como si nada.

—Firma tu propia renuncia irrevocable y la cesión de todos tus bienes a nuestra cuenta —dijo Goñi, y me tendió una pluma –. Hazlo con la firma de Marcos.

Cogí la pluma. Mis dedos —los dedos de Clara, delgados y con las uñas pintadas de rosa pálido – se cerraron sobre el metal.

El documento era denso, lleno de cláusulas y párrafos numerados, el tipo de texto que yo mismo había redactado docenas de veces para despedir a empleados o absorber empresas más pequeñas.

Apoyé la punta de la pluma sobre la línea de puntos.

La mano me temblaba, pero en cuanto el trazo empezó, el temblor desapareció.

La caligrafía de Marcos brotó de mis dedos con una precisión escalofriante: la M mayúscula con el bucle superior amplio, la A final con el rabillo ascendente, la rúbrica que cruzaba el apellido como un latigazo.

Cada letra me resultó familiar y ajena al mismo tiempo, como si estuviera viendo a un muerto escribir su propio epitafio.

Firmé tres copias. Con cada una, el aullido de Marcos se volvió más débil.

Elena retiró los papeles y los metió en un sobre de papel manila. El mismo tipo de sobre que yo había conseguido en el sótano a cambio de mi rendición.

—Se acabó —dijo –. Te prohíbo volver a pronunciar o escribir ese nombre. Si lo intentas, tu cabeza te castigará. La programación es muy concreta con eso.

Asentí. No me salieron las palabras.

Goñi puso otro fajo de papeles sobre la mesa. Eran distintos: más finos, con membrete de una agencia de colocación y el escudo de la comunidad autónoma en la esquina superior izquierda.

—Esta es tu realidad —dijo Elena, y fue señalando cada documento con el índice –.

Eres Clara Alcázar. Veintitrés años. Salida de una escuela de secretariado barata, sin familia y con tres mil euros en el banco.

Contrato de alquiler de un pisito minúsculo en el cuarto piso sin ascensor.

Contrato laboral de nivel básico. Firma, Clarita.

Me tendió otra pluma. Esta era distinta: un bolígrafo de plástico barato, de los que se compran en paquetes de diez.

Firmé. La caligrafía que salió era redonda, infantil, sumisa. Las íes llevaban círculos en lugar de puntos. Las tes se cruzaban con una rayita corta y temblorosa. Era la letra de alguien que nunca había escrito un informe, ni una orden de despido, ni un cheque de más de tres cifras.

—Buena chica —dijo Goñi.

Y mi cuerpo respondió. Un calor líquido me subió desde el vientre hasta el pecho, me aflojó las rodillas y me hizo soltar un suspiro que no pude contener.

La recompensa. El cóctel de placer que ellos habían diseñado.

Mi biología celebró la obediencia con un chispazo de bienestar tan intenso que tuve que apoyarme en la mesa para no caerme.

Elena guardó el segundo fajo en otro sobre. Lo cerró con una solapa adhesiva y lo golpeó dos veces con los nudillos.

—Ya está —dijo –. Legalmente, Marcos Alcázar ha desaparecido. Sus activos están transferidos. Su patrimonio es nuestro. Y tú, Clarita, existes solo porque nosotros queremos que existas.

Me alisé la falda. El gesto me salió solo, sin pensarlo, como si mis manos supieran lo que tenía que hacer una secretaria después de que su jefe terminara de usarla. Entrelacé los dedos sobre el vientre y levanté la vista hacia ellos.

—¿Sí, señor Goñi? ¿Señora Elena? ¿Necesitan algo más?

Mi voz era la de Clara. La entonación era la de Clara. La docilidad era la de Clara. Y sin embargo, en algún lugar muy profundo, Marcos todavía intentaba gritar. Pero el sonido ya no llegaba. Era un susurro ahogado, una interferencia en una frecuencia que mi cuerpo había dejado de sintonizar.

—No, Clara —dijo Goñi –. Eres una buena chica. Puedes marcharte.

Me giré hacia la puerta. Mis tacones se hundieron en la moqueta con ese sonido blando que hacen los zapatos baratos. Conté los pasos: uno, dos, tres, cuatro. Mi mano encontró el pomo. El metal estaba frío.

Y entonces oí el ruido.

Un roce de telas. Un suspiro que no era de cansancio. Me giré sin soltar el pomo.

Goñi había agarrado a Elena por la cintura.

La atrajo hacia él con un solo movimiento, como quien recoge un abrigo del perchero, y la besó en la boca.

No fue un beso rápido ni un pico de complicidad.

Fue un beso largo, húmedo, con lengua, con los dedos de él hundiéndose en la tela del traje azul marino y los de ella enredándose en el pelo de la nuca.

Elena gimió. El mismo gemido que yo le había oído durante seis años en nuestra cama, el mismo gemido que yo creía que era mío.

Me quedé mirando.

Esperé la indignación. Esperé el golpe de adrenalina, la furia del marido traicionado, el impulso de cruzar la habitación y separarlos a gritos. Esperé a Marcos.

Pero lo que sentí fue otra cosa.

Una punzada en el estómago. Un calor agrio que me subió por la garganta y se me instaló detrás de los ojos. Apreté el pomo hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Celos.

Estaba celosa. Celosa de Elena, de sus dedos en la nuca de Iker, de su boca sobre la boca que minutos antes me había llamado zorra y buena chica.

Celosa de que otra mujer estuviera besando al hombre alfa que acababa de follarme sobre la mesa de caoba, al hombre que me había dado una orden y me había recompensado con placer cuando obedecí.

Quería ser yo la que estuviera allí. Quería que Goñi me agarrara a mí por la cintura, que me besara a mí con esa urgencia, que me hiciera gemir a mí contra su boca.

El susurro de Marcos se apagó del todo.

Abrí la puerta. Salí al pasillo de la planta ejecutiva. Cerré detrás de mí con un clic suave, el clic de una secretaria que sabe no hacer ruido cuando sus superiores están ocupados.

El pasillo olía a ambientador de limón y a fotocopiadora. Las luces del techo zumbaban apenas, un zumbido que nunca había notado cuando era Marcos y recorría este mismo pasillo a zancadas, con la espalda recta y los adjuntos apartándose a mi paso.

Me apoyé contra la pared. Las rodillas me temblaban. El eco del beso me palpitaba en el bajo vientre, mezclado con el dolor sordo de la penetración reciente y con el calor húmedo de la excitación que no se iba.

Ya no era Marcos. Ya no era el marido traicionado. Era Clara, la secretaria, y estaba celosa de que su jefe besara a otra mujer.

Me llevé una mano al pecho. El corazón me latía rápido, pero no era el latido de la furia. Era el latido del deseo. El mismo deseo que me había empapado los muslos cuando Goñi me llamó zorra, cuando Elena me llamó perra de oficina, cuando los dos me explicaron que mi único propósito era ser usada.

Quería que me usaran. Quería que Goñi me usara otra vez. Quería que me besara como besaba a Elena, con esa hambre, con esa posesión.

Me separé de la pared. Me alisé la falda otra vez. Entrelacé los dedos sobre el vientre y eché a andar hacia el ascensor.

Mis tacones resonaban en el pasillo vacío. El sonido era distinto al de los zapatos de Marcos: más agudo, más rápido, más ligero. El sonido de alguien que no pisa fuerte porque no tiene derecho a hacer ruido.

Llegué al ascensor y apreté el botón. Las puertas se abrieron con un tintineo. Entré. Me giré hacia el espejo del fondo.

La chica del espejo tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y un resto de rímel corrido bajo el ojo izquierdo.

La blusa estaba arrugada a la altura del pecho, donde Goñi me la había estrujado al apartarme el sujetador.

La falda tenía una mancha oscura en la cadera, justo donde él había apoyado la mano para sujetarme contra la mesa.

Pero lo que me clavó al espejo no fue nada de eso. Fue la expresión. Los ojos brillantes, las mejillas encendidas, la boca entreabierta. La expresión de una mujer que acaba de ser follada, humillada y despojada de todo, y que ya está deseando que vuelva a pasar.

Las puertas se cerraron. El ascensor empezó a bajar.

Y yo, Clara Alcázar, veintitrés años, secretaria de Recursos Humanos, me miré al espejo y sonreí.