Desdender la Escalera Corporativa El escritorio del enemigo
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El escritorio del enemigo

El ascensor se detuvo en la planta ejecutiva con un suspiro hidráulico que conocía de memoria.

Las puertas se abrieron y el pasillo apareció ante mí como un túnel de cristal y acero pulido, idéntico al que había recorrido durante seis años con pasos largos y la certeza de que cada metro de moqueta me pertenecía.

Ahora lo cruzaba con las piernas apretadas, sintiendo en cada zancada el roce de la tela del vestido contra unos muslos que todavía ardían.

Me dolía todo. La vagina me palpitaba con una quemazón sorda que se extendía hacia el vientre bajo, y el ano me escocía al caminar, como si alguien hubiera dejado una brasa diminuta alojada entre las nalgas. No era un dolor que pidiera remedio. Era un dolor que me mantenía húmeda.

Llevaba las mismas medias de seda de la noche anterior porque Elena no me había dejado otras.

Al subir el último tramo de escaleras noté cómo se deslizaban sobre unos moretones que todavía no me había atrevido a mirar.

La falda me rozaba los muslos y cada contacto con la tela me recordaba las manos del consultor, los dedos del arquitecto, la corbata de seda apretando mis muñecas mientras me vaciaban por dentro.

Apreté el paso. El sujetador me oprimía los pechos y notaba los pezones hinchados contra el encaje, sensibles al roce mínimo de la blusa. Me crucé con dos adjuntos que salían de la sala de juntas y bajé la cabeza. Ellos siguieron hablando de márgenes trimestrales sin mirarme.

Mi escritorio estaba donde siempre, junto a la puerta del despacho del director general. La pantalla del ordenador seguía apagada, el teléfono mudo, la bandeja de entrada vacía. Me senté con cuidado, contrayendo el abdomen al apoyar las nalgas en el asiento, y encendí el monitor.

No llegué a leer el primer correo.

La puerta del despacho se abrió y la voz de Iker Goñi me atravesó como un gancho bajo las costillas.

—Clara. Entra.

Me levanté sin pensar. Las piernas me respondieron antes de que pudiera formular una excusa, un pretexto, una pausa para recuperar el aire. Crucé el umbral y él ya estaba de espaldas, junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón.

—Cierra la puerta.

Obedecí.

—Con llave.

El clic del pestillo resonó en la madera noble del despacho.

La luz de la mañana entraba tamizada por las persianas venecianas y dibujaba franjas paralelas sobre la alfombra, sobre la mesa de caoba, sobre los lomos de los libros que yo mismo había colocado en aquellas estanterías cuando este despacho era el objetivo de mi carrera y no el escenario de mi aniquilación.

Goñi se giró. Llevaba un traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, el cuello desabrochado. La barba entrecana le sombreaba la mandíbula y los ojos me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que no se molestaba en disimular.

—Acércate.

Avancé tres pasos. El tacón se me hundió en la alfombra y por un instante sentí el vértigo de estar descalza sobre un suelo que ya no era mío.

Él no se movió. Me dejó llegar hasta el centro del despacho y entonces alzó una mano y me indicó que me detuviera con un gesto mínimo, casi perezoso, como quien frena a un animal amaestrado.

—¿Has dormido bien?

La pregunta me golpeó en seco. No era una cortesía. Era un anzuelo.

—Sí —mentí.

—Mientes.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, asimétrica, que le torcía la comisura izquierda sin alterar el resto de la cara.

—Elena me ha contado que anoche tuviste una velada muy… participativa.

El nombre de mi esposa en su boca me atravesó el pecho como una aguja fría. Pero no dije nada. No podía. La humedad entre mis muslos acababa de duplicarse y el calor me subió por el cuello hasta las mejillas.

Goñi dio un paso hacia mí. Luego otro. Olía a colonia cítrica y a algo más denso, un rastro de sudor reciente bajo la camisa recién planchada.

—¿Te gustó?

—No sé de qué me habla.

—Clara.

Pronunció mi nombre como se pronuncia una sentencia. Se detuvo a medio metro de mí y alzó la mano derecha. Me rozó la clavícula con la yema del índice. El contacto fue mínimo, apenas un roce sobre la tela de la blusa, pero sentí que me atravesaba la piel y me llegaba hasta el hueso.

—Te he hecho una pregunta.

—Sí —solté, y la palabra salió antes de que pudiera tragármela –. Sí, me gustó.

—¿Qué es lo que más te gustó?

El índice bajó por mi esternón, despacio, siguiendo la línea de los botones. Noté el pezón izquierdo tan duro que dolía.

—No lo sé.

—Vuelves a mentir.

Retiró la mano. Dio un paso atrás y se apoyó en el borde del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho. La luz de la persiana le dibujaba franjas sobre los hombros anchos y le dejaba la mitad de la cara en penumbra.

—Voy a ser claro contigo, Clara. Llevas unas semanas en esta empresa y ya te has arrodillado en el sótano para un mozo de almacén, has abierto las piernas para dos desconocidos en el salón de tu casa y has entrado en mi despacho con las bragas empapadas antes de que yo te hubiera tocado.

Cada palabra suya me golpeaba, hundiendo un poco más mis frágiles defensas. Intenté retroceder, apretando la carpeta contra mi pecho como si fuera un escudo inútil, hasta que el borde del escritorio de caoba se clavó en mi espalda. Ya no tenía escapatoria.

—Señor Goñi, por favor... —susurré, bajando la mirada hacia sus zapatos, incapaz de sostenerle la mirada –. Alguien podría venir. La puerta... no... no podemos hacer esto.

Él dio un paso más, acorralándome por completo. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, a cada lado de mis caderas, encerrándome en una jaula formada por sus brazos.

—Mírame a los ojos y dime que quieres que abra esa puerta y te deje salir —dijo, con la voz baja y peligrosamente tranquila –. Dímelo, Clara, y te dejaré volver a tu maquinita de escribir.

Quería decirlo. Quería mantener una pizca de dignidad profesional.

Pero mi respiración era un desastre entrecortado, mis pezones estaban dolorosamente duros rozando contra la seda de la blusa , y el calor en mi bajo vientre, aún resentido e hipersensible por la noche anterior, me estaba derritiendo las rodillas.

—Yo... yo tengo mucho trabajo que hacer, señor —balbuceé. Mi voz sonó aguda, patética, carente de cualquier convicción.

Él soltó una risa seca. De un manotazo me arrancó la carpeta de las manos, tirándola al suelo de la oficina, y me agarró por la cintura, pegándome bruscamente contra su pelvis.

Sentí su erección, dura e implacable, presionando a través de la tela de su traje directamente contra mi vientre. Solté un jadeo ahogado.

—Mientes. Eres una mentirosa —gruñó, acercando los labios a mi cuello, aspirando mi perfume –. Estás temblando. Estás empapada, Clara. Te huelo desde que has entrado por esa puerta. Deja de fingir. ¿Me deseas?

El olor a su colonia masculina y la brutalidad de su agarre terminaron de destrozar mi resistencia.

—No... sí... ay, Dios mío... —gemí, cerrando los ojos.

Me agarró la nuca con una mano firme y despiadada, obligándome a alzar la cara. Sus dedos me apretaban la base del cráneo y su pulgar presionaba justo detrás de mi oreja, en un punto que me disparó un escalofrío eléctrico por toda la columna.

—Dilo claro.

—Sí —dije, y esta vez la palabra no fue una rendición, sino un alivio absoluto.

—Dilo bien. Quiero oírlo.

—Le deseo, señor Goñi.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer día... —Me tembló la voz y las piernas casi cedieron –. Desde que me hizo arrodillarme bajo la mesa. Le deseo y no puedo parar de desearle. Me vuelvo loca mirándole a escondidas, me muero si no me toca ahora mismo, por favor...

Las frases salieron atropelladas, sucias, una encima de otra, como si alguien hubiera roto un dique en mi interior.

Mi voz era un hilo vibrante que delataba mi pura necesidad.

La mano de Goñi seguía apretándome la nuca y yo, perdiendo el último rastro de pudor, empujé mi pelvis contra su muslo sin darme cuenta, frotándome contra la áspera tela de su pantalón como un animal en celo.

Él soltó una risa corta, nasal, cargada de una oscura y arrogante satisfacción, y me empujó hacia el escritorio.

—Pues vas a demostrármelo.

Me dobló sobre la caoba. El borde de la mesa me golpeó justo debajo de las costillas y el frío de la madera me arrancó un quejido agudo.

Noté sus manos subiéndome la falda de tubo hasta la cintura, apartando las medias, rasgando mis bragas con un tirón seco y violento que me quemó la piel de la cadera.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando ver a mi perfecta y remilgada secretaria así? —dijo, y su voz sonaba distinta, ronca, pegada a mi oreja, mientras su peso me aplastaba contra la mesa –. Abierta, dócil y suplicando en mi mesa. Mírate, Clara. Eres toda mía.

Me penetró de una sola embestida.

El grito que solté no fue de dolor. Fue de plenitud.

Mi cuerpo se abrió para recibirlo con una facilidad que me aterró, como si cada célula de esta nueva biología hubiera estado esperando exactamente este momento, este hombre, esta invasión.

Goñi me embistió contra el escritorio y yo empujé las caderas hacia atrás para recibirlo más hondo, para que no quedara un milímetro de mí que no le perteneciera.

—Dime qué eres.

—Soy… —La frase se me rompió con otra embestida –. Soy su zorra.

—Más alto.

—¡Soy su zorra!

—¿De quién?

—¡De Iker Goñi! ¡Soy la zorra de Iker Goñi!

Las palabras resonaron contra los paneles de madera y los lomos de los libros y las persianas que filtraban la luz de la mañana.

Yo las gritaba y al gritarlas sentía que algo dentro de mí se desprendía, se deshacía, se disolvía como un terrón de azúcar en agua caliente.

La voz de Marcos, la que durante cuarenta y dos años había dado órdenes, había negociado contratos, había humillado a subordinados y había jurado destruir al hombre que ahora me estaba follando sobre su propio escritorio, esa voz se apagó.

No quedó nada.

Solo Clara.

Solo el placer de ser usada por el macho alfa de la empresa, de sentir su peso sobre mi espalda, de oír sus gruñidos contra mi nuca, de notar cómo sus dedos me agarraban las caderas con la fuerza suficiente para dejar marcas que mañana me dolerían al sentarme y me harían sonreír.

—Voy a correrme dentro de ti —anunció, y no era una pregunta.

—Sí —supliqué –. Por favor. Dentro.

El orgasmo me llegó antes que a él. Me atravesó como una descarga y me dejó temblando contra la caoba, con las piernas abiertas y la cara aplastada contra la madera y un hilo de saliva que me unía el labio inferior con la superficie pulida del escritorio.

Goñi siguió embistiendo unos segundos más y luego se vació dentro de mí con un gemido ronco que le salió del pecho.

El despacho se quedó en silencio. Solo se oía nuestra respiración, la suya más pesada, la mía más aguda, y el zumbido lejano del aire acondicionado.

Él se retiró despacio. Sentí el semen caliente deslizándose por la cara interna de mis muslos, mezclándose con mi propia humedad, empapando las medias rotas.

—Al suelo.

Me dejé caer de rodillas. La alfombra me raspó las rótulas a través de las medias desgarradas y noté el moretón que ya tenía del sótano, el de la noche anterior con Pablo, el que me había hecho el arquitecto al colocarme a cuatro patas. Capas de dolor superpuestas que ya no distinguía.

Goñi se sentó en el borde del escritorio, con el pantalón aún desabrochado, y me señaló el pene.

—Límpialo.

Abrí la boca y lo tomé entre los labios.

Lo lamí despacio, con esmero, pasando la lengua por cada pliegue, recogiendo el sabor salado de su semen mezclado con el mío.

Quería hacerlo bien. Necesitaba hacerlo bien.

Ser la secretaria perfecta, la zorra perfecta, la boca perfecta que dejara a su jefe impecable para la siguiente reunión.

En ese momento oí el clic.

La cerradura giró con un sonido metálico, limpio, inconfundible. .

La puerta se abrió.

No me giré. No podía. Tenía la boca ocupada y el cuerpo paralizado y el cerebro atrapado en un bucle de incredulidad que me impedía procesar lo que estaba ocurriendo.

Unos tacones repicaron sobre el suelo de madera. Pasos cortos, precisos, que reconocí antes de ver el rostro.

Elena se detuvo a un metro de mí. Llevaba un traje de chaqueta azul marino, el pelo recogido en un moño tirante, los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez deliberada de su piel. Me miró desde arriba, con la cabeza ladeada, como quien examina un mueble recién comprado.

Sonrió.

—Vaya, qué aplicadita ha salido nuestra Clarita… —dijo, y su voz era suave, casi maternal –. Es mucho más obediente ahora que cuando era Marcos, ¿verdad?