El juguete en el sofá #2
El consultor me empujó. Caí de lado sobre la alfombra, con las manos atadas a la espalda y las piernas dobladas.
El arquitecto se tumbó detrás de mí, pegó su pecho a mi espalda y me levantó una pierna.
Noté su pene buscando mi entrada, el glande caliente presionando contra mis labios hinchados.
Entró de una embestida. Un solo movimiento que me arrancó un gemido ronco, un sonido que no sabía que podía producir.
Me llenó entera. Mi vagina se cerró alrededor de él como un puño, apretándolo, tirando de él hacia dentro.
—Joder —dijo el arquitecto, con la voz rota –. Joder, qué estrecha.
El consultor se colocó delante de mí. Me levantó la otra pierna —la que no sostenía el arquitecto – y me la apoyó en el hombro.
Su pene era más grueso que el del arquitecto, más corto pero más ancho, y cuando me lo apoyó en el ano sentí un pinchazo de alarma que se disolvió en anticipación.
Mi cuerpo ya conocía esa presión. Mi cuerpo la quería.
—Relájate —dijo el consultor –. Relájate y te va a gustar.
Empujó. El glande entró despacio, milímetro a milímetro, y yo sentí cómo mi cuerpo se abría para recibirlo, cómo el anillo de músculo cedía con una docilidad que me habría escandalizado si todavía quedara alguien dentro de mí capaz de escandalizarse.
Pero no quedaba nadie. Solo Clara. Solo esta mujer atada en el suelo de su salón, con un pene en la vagina y otro en el ano, gimiendo como un animal mientras dos desconocidos la follaban a la vez.
—Se lo traga todo —dijo el arquitecto, maravillado –. Mírala. Es una puta máquina.
—Está hecha para esto —dijo el consultor –. Para que la revienten a la vez. ¿A que sí, zorra?
—Sí —gemí. Mi voz era un hilo, un jadeo entrecortado –. Sí, sí, sí.
Empezaron a moverse. No se coordinaron: cada uno siguió su ritmo, y el resultado fue un caos de empujones y fricciones que me atravesaba el cuerpo como una corriente eléctrica.
El arquitecto me agarraba la cadera y embestía hondo, regular, golpeándome el cuello del útero con cada envite.
El consultor me sujetaba la pierna contra su hombro y se movía más despacio, disfrutando de la estrechez, saboreando cada centímetro.
Entre los dos me llenaban por completo. No había un solo rincón de mí que no estuviera ocupado, follado, usado.
Y yo gemía. No podía parar de gemir. Los sonidos me salían de la garganta sin que yo los convocara, una letanía de jadeos y quejidos y súplicas rotas que llenaban el salón y rebotaban contra el suelo de mármol.
Mis pechos se mecían con cada embestida, el sujetador de encaje torcido, un pezón asomando por encima del borde.
Mis muslos temblaban. Mis dedos, atados a la espalda, se abrían y se cerraban sobre el vacío.
Giré la cabeza. No sé por qué lo hice. Quizá porque necesitaba verla, quizá porque algo dentro de mí —un último residuo de Marcos, una última chispa de orgullo – necesitaba comprobar que ella estaba viendo lo que me hacía.
Elena seguía en el sillón. La copa de vino seguía en su mano.
Pero ya no estaba recostada: se había inclinado hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, los ojos fijos en mí con una intensidad que nunca le había visto.
Su boca estaba entreabierta. Su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal.
Y en sus ojos —esos ojos afilados que me habían mirado con desprecio, con condescendencia, con la frialdad de quien mueve fichas en un tablero – había algo nuevo.
Algo que no supe nombrar al principio y que luego reconocí con una claridad que me atravesó como un rayo.
Era envidia.
Elena me envidiaba. Envidiaba mi entrega, mi abandono, mi capacidad para disolverme en el placer sin reservas ni vergüenza.
Ella jamás se atrevería a dejarse llevar así.
Jamás se atrevería a rendirse a sus instintos más primarios, a ser usada, a ser un juguete roto y feliz en el suelo de su propio salón.
Elena era la arquitecta, la titiritera, la mente fría que lo había planeado todo —pero yo era la que estaba viva.
Yo era la que sentía. Yo era la que se atrevía a ser una zorra sin límites mientras ella solo podía mirar.
Esa certeza me llenó de un orgullo retorcido y salvaje.
Un orgullo que no era de Marcos —Marcos estaba muerto, disuelto, olvidado – sino de Clara.
De esta mujer nueva que era yo, que era más valiente que su esposa, más atrevida, más mujer.
Mientras los dos hombres me follaban sin piedad sobre la alfombra persa, yo sentí que ganaba.
Que en mi absoluta degradación, en mi entrega total, había alcanzado algo que Elena nunca tocaría.
El orgasmo me golpeó sin avisar. No fue una acumulación gradual, una escalera de placer que se sube peldaño a peldaño: fue un estallido, una explosión que me reventó el bajo vientre y me sacudió el cuerpo entero.
Grité. Grité con la boca abierta contra la alfombra, grité mientras mi vagina se contraía alrededor del pene del arquitecto y mi ano apretaba el pene del consultor, grité mientras las sacudidas me doblaban la columna y me hacían temblar las piernas.
Los hombres siguieron embistiendo a través de mis espasmos, alargando el orgasmo, estirándolo hasta convertirlo en una sucesión de olas que me dejaban sin aire.
—Ahí está —dijo el arquitecto, con la voz tensa –. Ahí está, se corre, se corre.
—Dentro —dijo el consultor –. Me corro dentro.
Lo sentí. Sentí el calor de su semen inundándome el ano, un líquido espeso que me llenaba por detrás mientras el arquitecto gemía y se vaciaba dentro de mi vagina.
Los dos se corrieron a la vez, o casi, y yo sentí sus eyaculaciones como dos llamaradas gemelas, dos explosiones de calor que me empapaban por dentro y me hacían gemir otra vez, más bajo, más roto.
Me quedé inmóvil sobre la alfombra. Las manos atadas a la espalda.
Las piernas abiertas. El semen goteándome por la vagina y el ano, mezclándose con mi propia humedad, empapando las medias de seda.
Respiraba a bocanadas, con la mejilla aplastada contra la lana de la alfombra, y mi cuerpo seguía temblando con pequeños espasmos residuales que me recorrían los muslos.
Un flash me iluminó la cara.
Parpadeé. Otro flash. Elena estaba de pie junto a nosotros, el teléfono móvil en la mano, fotografiándome.
El objetivo de la cámara me apuntaba directamente a la cara, al pelo pegado a la frente por el sudor, a los ojos vidriosos y la boca entreabierta.
Disparó otra foto. Y otra. El flash iluminaba intermitentemente mi rostro deshecho de placer, congelando en píxeles la expresión de una mujer que acababa de ser follada por dos desconocidos en el suelo de su casa y no podía dejar de sonreír.
Elena bajó el teléfono y consultó su reloj de pulsera con un gesto frívolo, como quien mira la hora en una sala de espera.
—Será mejor que terminéis pronto con ella, chicos —dijo, guardando el móvil en el bolso –. Mañana a primera hora tiene una reunión importantísima a puerta cerrada con Iker Goñi, y la necesito descansada.