Desdender la Escalera Corporativa El juguete en el sofá
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El juguete en el sofá

No supe cuánto tiempo llevaba de pie en la esquina.

Las pantorrillas me ardían desde hacía horas, un dolor sordo que me subía por los gemelos y se instalaba detrás de las rodillas.

Los tacones de aguja me obligaban a mantener los hombros echados hacia atrás y el vientre hundido, una postura que al principio me pareció elegante y que ahora era solo un calambre continuo.

La cena había terminado. Los platos desaparecieron de la mesa en algún momento —no me dejaron recogerlos; Elena me había ordenado no moverme de la esquina, y yo obedecí – y ahora solo quedaban las copas de vino, tres sobre la mesa baja del salón y una en la mano de mi esposa, que ocupaba el sillón de orejas como si fuera un trono.

Los dos hombres me miraban de reojo. Llevaban toda la noche haciéndolo.

El consultor —hombros anchos, traje gris perla, calvicie incipiente que se peinaba con una raya demasiado baja – me había examinado al llegar con la misma expresión que se dedica a un mueble caro cuya función no acaba de entenderse.

El arquitecto era más joven, treinta y pocos, con el pelo oscuro revuelto y una mandíbula que se tensaba cada vez que sus ojos me recorrían las piernas.

Durante las dos horas de cena me habían ignorado por completo a nivel personal.

No me dirigieron la palabra. No me preguntaron si quería beber.

No me ofrecieron un asiento. Yo era parte del mobiliario: una lámpara con medias de seda, un jarrón con liguero de cuatro ligas.

Y estaba húmeda. Esa era la verdad que me quemaba por dentro mientras las pantorrillas me pedían clemencia.

Llevaba húmeda desde que Elena me colocó el sujetador de encaje negro, desde que me ajustó las ligas una a una con la paciencia de quien viste a una muñeca, desde que me ordenó quedarme en la esquina y yo sentí la sacudida cálida que ya conocía, la que me recorría el bajo vientre cada vez que alguien me daba una orden y yo la acataba sin rechistar.

—Entonces, ¿cerramos? —Elena alzó la copa. El vino tinto brilló bajo las lámparas empotradas del salón.

—Cerramos —dijo el consultor.

—Cerramos —repitió el arquitecto.

Los tres brindaron. El sonido del cristal contra el cristal fue breve y limpio, como un punto final.

Elena bebió un sorbo y dejó la copa sobre la mesa con una lentitud estudiada.

Luego giró la cabeza hacia mí. Su sonrisa era la de quien acaba de firmar un contrato excelente y se dispone a disfrutar de la cláusula más pequeña, la que nadie lee pero que lo cambia todo.

—Ah, y por supuesto —dijo, señalándome con un gesto displicente de la mano –, Clara es la cláusula de bonificación. El salón es vuestro. A mí, simplemente, me gusta mirar.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que había hablado de plazos de entrega y márgenes operativos.

El consultor soltó una risa baja, una exhalación por la nariz que le hinchó las aletas.

El arquitecto no se rio. Se levantó del sofá y me miró de frente por primera vez en toda la noche, y en sus ojos había un hambre que no necesitaba traducción.

—Ven aquí —dijo.

Di un paso adelante sin que mi cerebro diera la orden.

Las piernas me temblaron al despegarse de la esquina, agradecidas por el movimiento y aterrorizadas por lo que venía.

El arquitecto me esperó con las manos en los bolsillos, la cabeza ladeada, como quien examina un caballo antes de comprarlo.

Olía a colonia amaderada y a vino tinto.

Cuando estuve a medio metro de él, alargó una mano y me agarró la barbilla. Me giró la cara a un lado y a otro.

—Bonita —dijo, sin dirigirse a mí –. Muy bonita.

El consultor se acercó por detrás. Sentí su cuerpo grande contra mi espalda, el roce áspero de la lana del traje contra mis omóplatos desnudos.

Me olió el pelo. Literalmente: hundió la nariz detrás de mi oreja y aspiró hondo, como quien huele una flor o un plato recién cocinado. Su aliento era cálido y olía a tabaco.

—Huele bien —dijo –. ¿Siempre huele así?

—Siempre —respondió Elena desde el sillón. Dio otro sorbo a su copa –. Es muy obediente. No vais a tener ningún problema.

El arquitecto me soltó la barbilla y me agarró el pecho derecho.

Sin previo aviso, sin pedir permiso. Sus dedos se hundieron en el encaje del sujetador y apretaron.

El pezón se me endureció al instante, una reacción tan rápida y tan involuntaria que me dio vergüenza.

O me habría dado vergüenza si quedara algo de Marcos capaz de sentir vergüenza.

Pero lo que sentí fue otra cosa: una corriente cálida que me bajaba desde el pecho hasta el vientre, un latido húmedo entre las piernas que ya conocía demasiado bien.

—Firme —dijo el arquitecto, apretando más –. No está nada mal.

El consultor me puso las manos en las caderas.

Sus palmas eran anchas y duras, y me sujetaron con la misma autoridad con la que se sujeta un objeto que uno acaba de comprar y no quiere que se le caiga.

Me pegó el cuerpo a su cuerpo. Noté su erección contra la parte baja de mi espalda, una presión dura e inequívoca a través de la tela del pantalón.

—Quiero ver cómo chupa —dijo el consultor.

El arquitecto me agarró el pelo. No con violencia, pero sí con firmeza: un puñado de pelo en la nuca que me obligó a doblar el cuello hacia atrás. Me miró desde arriba, con los ojos entrecerrados y una sonrisa pequeña que no era una sonrisa.

—De rodillas —dijo.

Me arrodillé. Las rodillas se me clavaron en la alfombra del salón, la alfombra que Elena y yo habíamos comprado hacía tres años en una tienda de la Gran Vía, una alfombra persa que Marcos había elegido personalmente porque el vendedor le dijo que era una pieza única.

Ahora yo estaba arrodillada sobre ella, con las manos apoyadas en los muslos, esperando a que un desconocido me metiera el pene en la boca.

El arquitecto se desabrochó el cinturón. El sonido del cuero al deslizarse por las hebillas me provocó un escalofrío que no era de miedo. Bajó la cremallera. Se sacó el pene —grueso, circuncidado, con una vena azulada que le recorría el dorso – y me lo apoyó en los labios.

—Ábrela —dijo.

Abrí la boca. Me la llenó entera. El glande me golpeó el paladar blando y tuve que respirar por la nariz, un resoplido rápido que le hizo gracia.

Me agarró el pelo con las dos manos y empezó a embestir.

No fue una felación: fue un uso. Mi boca era un agujero y él lo follaba con un ritmo regular, mecánico, como quien bombea gasolina o aprieta un gatillo.

Mis labios resbalaban arriba y abajo por la piel caliente. La saliva me goteaba por la barbilla.

Detrás de mí, el consultor se había arrodillado también.

Me apartó las bragas a un lado —noté el tirón del encaje contra la cadera – y me hundió dos dedos dentro sin avisar.

Estaba tan mojada que entraron sin resistencia, un sonido húmedo y obsceno que llenó el salón. El consultor soltó una risa ronca.

—Joder, está empapada —dijo –. Pero si le gusta. Mira cómo le gusta.

Moví las caderas hacia atrás sin querer.

Mi cuerpo buscaba sus dedos, los empujaba más hondo, y yo no podía pararlo.

No quería pararlo. El placer era una marea que me subía desde el centro mismo de mí, un calor líquido que me derretía los muslos y me aflojaba la mandíbula.

El arquitecto me follaba la boca y yo gemía alrededor de su pene, un sonido ahogado y continuo que me salía de la garganta sin que yo lo decidiera.

—Mírala —dijo el arquitecto, sin dejar de embestir –. Se lo traga todo. Es una máquina.

—¿Cómo le cabe tanto? —dijo el consultor, metiendo un tercer dedo –. Si es pequeñita.

—Está hecha para que la revienten —dijo el arquitecto.

Y yo gemí más fuerte. Gemí porque era verdad.

Porque mi cuerpo estaba hecho para eso, para recibir, para abrirse, para tragar y apretar y suplicar sin palabras.

El placer no era una emoción: era una biología, una química que me recorría las venas y me anegaba el cerebro, y dentro de esa marea la voz de Marcos era apenas un susurro, una interferencia lejana que ya no entendía, una radio que emitía en una frecuencia que mi cuerpo había dejado de sintonizar.

—¿Por qué no le atáis las manos a la espalda?

La voz de Elena llegó desde el sillón, tranquila y melódica, como si sugiriera una marca de vino o un destino de vacaciones.

Levanté la cabeza —el arquitecto me soltó el pelo un instante – y la vi.

Estaba recostada en el sillón de orejas, las piernas cruzadas, la copa de vino apoyada en el reposabrazos.

Su traje de noche era negro, escotado, de un tejido que brillaba bajo las lámparas como la superficie de un lago oscuro.

Me miraba con una satisfacción tan profunda, tan completa, que por un momento me pareció la mujer más feliz del mundo.

—Hará exactamente todo lo que le pidáis —añadió, dando un sorbo a la copa –. No se va a resistir.

El arquitecto se rio. El consultor me agarró las muñecas y me las juntó detrás de la espalda.

Sentí la corbata —seda fría, un nudo que se apretaba – ciñéndome la piel.

Tiró fuerte. Mis hombros se echaron hacia atrás y mis pechos se proyectaron hacia delante, el sujetador de encaje tenso contra los pezones duros.

Estaba atada. Indefensa. Totalmente expuesta.

Y me encantó. Esa fue la verdad que me golpeó con la fuerza de un orgasmo antes del orgasmo: me encantaba estar atada, me encantaba no poder usar las manos, me encantaba que mi cuerpo fuera un juguete que otros manejaban a su antojo.

La humedad entre mis piernas era tan abundante que me corría por la cara interna de los muslos, un reguero cálido que me llegaba hasta las medias.