Desdender la Escalera Corporativa La cena
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La cena

El local olía a café recién molido y a perfume dulzón, ese que venden en frascos pequeños junto a la caja de las tiendas de ropa.

Marta había pedido un latte con leche de avena y dos sobres de azúcar moreno; Cris, un capuchino con canela; Laura, un té matcha que no le gustaba pero que pedía siempre porque decía que desintoxicaba.

Yo tenía delante un vaso alto de cold brew que ya estaba aguado y que removía con la pajita sin beber.

—A ver, a ver, a ver —Marta apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia mí con los ojos muy abiertos –. Cuéntalo otra vez. Lo del moreno.

—Que ya os lo he contado.

—No, nos has contado la versión censurada —Cris señaló mi vaso con la cucharilla –. La de «ay, pues nos tomamos algo y ya está». Y yo no me creo nada.

Laura dejó el matcha en la mesa con una mueca y se sumó a la emboscada.

—Clara, cariño, saliste del Nox con un tío que te sacaba dos cabezas y no volviste a aparecer hasta el lunes. Haz las cuentas.

Me reí. Me tapé la cara con las dos manos y noté el calor en las mejillas antes de que ellas lo comentaran.

—¡Mira cómo se pone! —chilló Marta –. ¡Como un tomate!

—Que no, que es el aire acondicionado.

—El aire acondicionado no te deja el cuello así —Cris me bajó el cuello de la blusa con la punta del dedo y las tres soltaron un gritito al ver la marca amoratada que Pablo me había dejado dos días antes.

—¡Madre mía, Clara!

—¿Eso es un chupetón o te ha mordido un perro?

—Un perro no —Laura entrecerró los ojos con una sonrisa de medio lado –. Un lobo.

—Sois insoportables.

Pero no lo decía en serio. Me encantaba.

Me encantaba que me acribillaran a preguntas, que se rieran, que me miraran como si yo fuera la protagonista de algo escandaloso y delicioso.

Bebí un sorbo de cold brew aguado y dejé que el frío me bajara por la garganta mientras Marta golpeaba la mesa con la palma abierta.

—Vale, vale, vamos por partes. ¿Era guapo?

—Era… grande.

—¿Grande cómo? —Cris se llevó las manos al pecho fingiendo escándalo –. ¿Grande de alto o grande de…?

—De todo —solté, y las tres estallaron en una carcajada tan fuerte que el camarero giró la cabeza desde la barra.

—¡Lo sabía! —Marta se echó hacia atrás en la silla con los brazos cruzados –. Lo sabía desde que la vi entrar el lunes con esa cara de «he pecado y pienso volver a pecar».

—No tenía cara de nada.

—Tenías cara de gata satisfecha —dijo Laura, y removió el matcha sin beberlo –. De gata que se ha comido al canario y está buscando al siguiente.

—Qué burras sois.

—Y tú una santa —Cris me guiñó un ojo –. Una santa con moretones en el cuello y las medias rotas. Que te vi el lunes, ¿eh? Que llevabas las medias de repuesto en el bolso y las otras hechas un Cristo.

Me encogí de hombros con una sonrisa que no podía controlar.

El recuerdo de las medias rotas contra el cemento del sótano, de las rodillas arañadas, del semen goteando por la cara interna del muslo mientras caminaba hacia el ascensor, me atravesó el bajo vientre como un calambre cálido.

Apreté los muslos por debajo de la mesa y Marta lo notó.

—Mira, mira, se está acordando de algo.

—Cállate.

—No te pongas roja, que es peor.

—No me estoy poniendo roja.

—Estás como un pimiento —dijo Laura sin levantar la vista del té –. Un pimiento morrón.

Me tapé la cara otra vez y me reí con ellas, con la risa que me salía del pecho sin pensarla, una risa que no era la de Marcos —Marcos no se reía así, Marcos no se reía con mujeres en una cafetería, Marcos no se reía – y que sin embargo era la mía. Mía del todo.

El móvil vibró sobre la mesa y el nombre en la pantalla me borró la risa de un golpe.

ELENA.

—Esperad, chicas —dije, y mi propia voz cambió antes de que yo se lo ordenara. Se volvió más fina, más baja, más dócil. Como si alguien hubiera girado un dial.

Descolgué.

—¿Sí, Elena?

—Clara. Te quiero en casa a las seis. Nada de horas extras, nada de compras, nada de quedarte por ahí de cañas con las niñas.

—Sí, Elena.

—Esta noche vienen dos amigos a cenar. Tengo un plan especial para ti.

Noté el vuelco en el estómago antes de entender por qué. La palabra «especial» me recorrió la columna como un dedo frío y me dejó la piel de gallina en los antebrazos.

—Vale —dije, y mi voz sonó más pequeña todavía –. Voy directa.

—Buena chica.

Colgó sin despedirse. Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, y cuando levanté la vista las tres me estaban mirando con las cejas levantadas y las sonrisas a punto de reventar.

—¿«Sí, Elena»? —Marta imitó mi tono con una vocecilla de niña buena –. ¿«Voy directa»?

—¿Quién es Elena? —preguntó Cris.

—Mi… —dudé un segundo, el segundo justo para que Laura se diera cuenta –. Mi compañera de piso.

—Tu compañera de piso —repitió Laura, y por el modo en que lo dijo supe que no se lo creía pero que no iba a preguntar más.

—Y ha dicho «dos amigos» —Marta se abanicó con la servilleta –. Dos. Amigos. ¿Habéis oído lo mismo que yo?

—Dos —confirmó Cris –. En plural.

—¡Uuuuh! —las tres a coro, y Marta me tiró un sobre de azúcar que me rebotó en la frente –. ¡Madre mía, Clara, qué calladito te lo tenías!

—Que no es lo que parece.

—Claro que no —Laura sonrió por fin, una sonrisa fina y afilada –. Es mucho mejor.

—Vas a tener una noche movidita —canturreó Cris –. Movidita movidita.

Me tapé la cara con las manos por tercera vez, pero esta vez no me reí.

Esta vez el corazón me latía en la garganta —no de vergüenza, no de pudor, sino de una anticipación tan densa que me costaba tragar – y tuve que apretar los muslos otra vez por debajo de la mesa porque la sola idea de lo que Elena pudiera tener preparado me estaba humedeciendo las bragas.

—Me tengo que ir —dije, y mi voz ya no era la de la cafetería. Era la voz de alguien que acaba de recibir una orden y no piensa desobedecerla.

—Claro que te tienes que ir —Marta me apuntó con el dedo –. Y mañana quiero todos los detalles. Todos.

—Todos no —dijo Laura –. Solo los sucios.

Me levanté entre risas ajenas y recogí el bolso sin mirarlas.

Al pasar junto a la barra, el camarero me siguió con la vista.

Noté su mirada en la nuca, en la curva de la cintura, en las piernas.

Antes me habría girado y le habría sostenido la mirada hasta que la bajara.

Ahora simplemente caminé más despacio para que le diera tiempo a mirar.

En el espejo del vestíbulo del apartamento, la mujer que me devolvía la mirada ya no era Marcos.

Llevaba semanas sin serlo. Pero esa noche, frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio de Elena, con las luces empotradas del techo derramando una luz blanca y cruda sobre el suelo de mármol, la mujer del reflejo era otra cosa.

Era un objeto. Un objeto hermoso, meticulosamente envuelto, y yo no podía dejar de mirarla.

Elena estaba detrás de mí, con la blusa de seda color marfil que ya le había visto en la oficina y el pelo recogido en una coleta baja que le tensaba las facciones.

Olía a gardenia. Me había ordenado desnudarme nada más llegar y yo lo había hecho sin preguntar, dejando la falda de tubo y la blusa blanca dobladas sobre la cama como si fueran el uniforme de una vida anterior.

—Levanta los brazos —dijo.

Los levanté. El sujetador de encaje negro me oprimió las costillas cuando ella lo abrochó por detrás con la precisión de quien ha hecho eso mismo docenas de veces.

Las copas me realzaron el pecho hasta hacerlo parecer más grande de lo que era, más redondo, más expuesto.

Elena pasó un dedo por el borde del encaje, justo donde la piel se me erizaba, y sonrió sin ganas.

—Te queda mejor que a mí.

No respondí. No hacía falta.

Las bragas eran una tira mínima de encaje que se me incrustó en la cadera cuando Elena me las subió hasta la cintura con un gesto seco.

El liguero vino después: cuatro ligas que me ajustó una a una, arrodillada a mis pies, enganchando las medias de seda con una paciencia casi ceremonial.

Los tacones —de aguja, negros, vertiginosos – me los puse yo, porque Elena me los señaló con la barbilla y yo entendí la orden sin que hiciera falta pronunciarla.

Cuando me incorporé, el espejo me devolvió a una desconocida vestida de puta de lujo.

El encaje me mordía las caderas. Las medias me subían hasta medio muslo y la liga me apretaba la carne justo donde la pierna se ensancha.

Los tacones me obligaban a arquear la espalda y a sacar el pecho hacia delante.

Estaba casi desnuda y sin embargo me sentía más vestida que nunca: vestida para una función que todavía no conocía.

Elena se colocó detrás de mí. Me puso las manos en los hombros desnudos y me las apretó un instante antes de deslizarlas hacia abajo, por los omóplatos, por la curva de la cintura, hasta posarlas en mis caderas. Su aliento me rozó la oreja.

—Esta noche no vas a cenar con nosotros, Clara.

Esperé. En el espejo, sus ojos buscaron los míos.

—Esta noche vas a servirnos. Vas a salir al salón vestida exactamente así, con el liguero, las medias y los tacones. Nada más. Vas a servir las copas, los aperitivos y todo lo que te pidan. Todo. ¿Me has entendido?

Abrí la boca para decir que sí, pero lo que salió fue un hilo de voz que no reconocí.

—Sí, Elena.

—Eres la sirvienta de esta velada. No la invitada.

No la anfitriona. La sirvienta. Si ellos te piden que te arrodilles, te arrodillas.

Si te piden que les sirvas más vino, les sirves más vino.

Si te piden cualquier otra cosa… —Hizo una pausa y me apretó las caderas con más fuerza –. Cualquier cosa. Tú obedeces.

En algún rincón de mi cabeza, muy lejos, detrás de varias capas de seda y encaje y sumisión, algo forcejeó.

Una voz que había sido mía —que había sido yo – intentó articular una protesta.

Servir a dos desconocidos casi desnudo en mi propio salón.

Delante de mi mujer. Delante de los invitados de mi mujer.

La indignación era tan grande que no cabía en palabras; era una presión sorda detrás de los ojos, un nudo que pugnaba por formarse en la garganta y que no encontraba los músculos para hacerlo.

Pero la protesta no llegó a ninguna parte. No llegó a mi boca, no llegó a mis cuerdas vocales, no llegó ni siquiera a la expresión de mi cara. Porque mientras la voz forcejeaba, mi cuerpo ya estaba reaccionando. Mi cuerpo ya había entendido lo que mi mente se negaba a aceptar.

Me miré al espejo. Miré a la mujer del liguero negro y las medias de seda y los tacones de aguja.

Imaginé el salón al otro lado de la puerta: la luz tenue de las lámparas empotradas sobre el mármol, los dos hombres sentados en el sofá de cuero, sus ojos recorriéndome de arriba abajo mientras yo me inclinaba para servirles las copas.

Imaginé sus manos —manos anchas, manos de hombre, manos que no pedían permiso – y la orden de Elena resonando en el aire: «Si te piden cualquier otra cosa, tú obedeces».

La sacudida me atravesó el bajo vientre como un latigazo de calor húmedo.

Se me entrecortó la respiración. Noté el pulso en la entrepierna, en la cara interna de los muslos, en el pecho que subía y bajaba contra el encaje del sujetador.

Me mojé. Me mojé de una manera tan violenta y tan inmediata que tuve que apoyar una mano en el marco del espejo para no tambalearme sobre los tacones.

Elena lo vio. Vio mi reflejo, vio mis pupilas dilatadas, vio el modo en que mis labios se entreabrían sin que yo se los ordenara. Sonrió.

—Buena chica —susurró contra mi oreja.

El timbre del apartamento sonó dos veces, un sonido limpio y educado que rebotó contra las paredes de mármol y me llegó hasta el dormitorio como un disparo de salida. Elena me soltó las caderas y se apartó.

—Ya están aquí —dijo, alisándose la blusa frente al espejo –. Ve a abrir.

Me giré hacia la puerta del dormitorio. Mis tacones resonaron sobre el mármol con un repiqueteo seco que me acompañó hasta el umbral. Apoyé la mano en el tirador y, antes de girarlo, me volví una última vez hacia el espejo.

La mujer del reflejo tenía los ojos brillantes. Los ojos de alguien que ya no espera que la salven. Los ojos de alguien que está deseando cruzar la puerta.

Y yo era esa mujer.