Desdender la Escalera Corporativa La sonrisa de la secretaria
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La sonrisa de la secretaria

El tintineo del ascensor al abrirse me llegó desde el fondo del pasillo antes incluso de verlos aparecer.

Mi cuerpo reconoció ese sonido como un perro reconoce la campanilla de la comida.

Las piernas se me tensaron bajo el escritorio, los muslos se apretaron uno contra otro y sentí el roce de la tela interior del uniforme contra la humedad que ya empezaba a empaparla.

Me levanté de un saltito. El tacón de aguja se me torció un milímetro al apoyarlo y tuve que compensar con la cadera, un gesto que me salió solo, como si este cuerpo llevara años practicándolo. La falda se me subió dos dedos por encima de la rodilla y no me la bajé.

Iker Goñi apareció primero. Ocupaba el pasillo entero con esos hombros de animal grande y lento, la barba entrecana recortada con la precisión de quien paga a alguien para que se la recorte.

Detrás venía Elena, el moño tirante, el traje azul marino de ayer o de anteayer o de siempre, y esa sonrisa de medio lado que yo conocía mejor que mi propia letra.

—¡Ay, señora Elena, buenos días! —solté con una vocecita aguda que me subió por la garganta sin pedir permiso –. ¡Por favor, qué blusa tan mona lleva hoy! ¡Ese color le queda súper bien, ojalá me quedara a mí así, es súper estilosa!

Me llevé un mechón a la boca y lo mordisqueé sin pintar los labios. El esmalte de uñas me brillaba bajo los fluorescentes, un rosa chicle que yo no recordaba haberme puesto pero que me encantaba. Me encantaba de verdad.

Goñi no me miró. Pasó por delante de mi escritorio como si yo fuera la fotocopiadora o la máquina de café o cualquier otro mueble con agujeros que se usa y se deja. Su mano grande alcanzó el pomo de la puerta del despacho y entonces, sin girarse, soltó la orden:

—Clara, a las diez te espero en mi despacho. Ya sabes para qué.

La humedad se me extendió por la braga como un lametón caliente. Las rodillas me flojearon medio segundo y tuve que apoyar la punta de los dedos en el borde del escritorio. La superficie de formica estaba fría y yo noté el contraste contra la piel caliente de las yemas.

—Sí, señor Goñi. A las diez en punto, no me retraso.

Sonreí. Una sonrisa boba, ancha, de labios entreabiertos y dientes de anuncio.

La puerta se cerró con un clic seco y yo me quedé mirando la madera noble de la hoja, la placa dorada con las letras grabadas, y dentro de mí no había nada.

Ni un eco. Ni un susurro. Ni el nombre de un hombre que ya no existía.

Elena se apoyó en mi escritorio. Sus caderas quedaron a la altura de mis ojos y yo levanté la cabeza como una niña que espera la nota del examen. Olía a su perfume de siempre, ese aroma seco y caro que se te metía en la nariz y se quedaba allí horas.

—Clara —dijo, y su voz era la de una madre a punto de regañar pero sin ganas de verdad –.

Si vas a tirarte al chico nuevo de informática, al menos intenta que no os oiga toda la planta.

Ayer tus gritos salían del cuarto de la fotocopiadora y desconcentraste a la mitad de los analistas. Contrólate un poco.

Me tapé la cara con las dos manos. El rubor me subió desde el escote hasta la raíz del pelo y noté las palmas calientes contra los pómulos.

—Ay, qué vergüenza, señora Elena, lo siento muchísimo, de verdad... es que él me empujó contra la máquina y yo me dejé llevar...

Las palabras me salieron entre risitas, con ese tono de adolescente pillada en una travesura que tanto me gustaba poner.

Pero por dentro, detrás del rubor fingido y de las manos en la cara, lo que sentía era otra cosa.

Lo que sentía era orgullo. Un orgullo denso, dulce, que me llenaba el pecho y me hacía apretar los muslos bajo la falda.

Me encantaba que lo supieran. Me encantaba que toda la planta, todos los analistas con sus corbatas grises y sus hojas de cálculo, hubieran oído mis gritos a través de la puerta de la fotocopiadora.

Me encantaba que supieran que yo era la puta de la oficina, la que se dejaba empujar contra las máquinas, la que gemía sin taparse la boca.

Me fascinaba mi propia falta de moral. Era como descubrir un superpoder que no sabías que tenías.

El chico de informática se llamaba ·"no me acordaba".

Tenía las manos grandes y una manera de agarrarme las caderas que me había hecho olvidar el nombre a los tres segundos de entrar en el cuarto de la fotocopiadora.

La máquina estaba caliente y vibraba contra mi espalda mientras él me sujetaba las muñecas por encima de la cabeza.

Yo había gritado. Había gritado fuerte, sin morderme el labio, sin ahogar nada.

Y ahora Elena me decía que media planta lo había oído y yo sentía el cosquilleo de la victoria en la nuca.

—Ay, qué vergüenza —repetí, y separé los dedos para mirarla por la rendija.

Elena sonrió de medio lado. Me dio una palmadita en la mejilla, dos toques secos, como se le da a un perro que ha traído el palito.

—Contrólate —dijo, y se fue hacia su despacho.

La vi alejarse por el pasillo, el taconeo regular, las caderas quietas bajo el traje azul marino. La puerta de su despacho se abrió y se cerró y yo me quedé sola en la antesala, de pie junto a mi escritorio, con la mejilla todavía caliente donde ella me había tocado.

Me senté. La silla giratoria cedió bajo mi peso con un suspiro hidráulico y yo me recoloqué la falda sobre los muslos.

En la pantalla del ordenador parpadeaba un documento a medio rellenar, una tabla de Excel con celdas vacías y fórmulas que ya no necesitaba entender.

Tecleé cuatro letras sin sentido y las borré.

Me limé una uña con el borde de una grapa.

Masticé chicle de fresa y miré el reloj de la esquina inferior derecha de la pantalla.

Las nueve y cuarenta y siete.

Faltaban trece minutos para las diez. Trece minutos para que la puerta del despacho de Goñi se abriera y yo entrara y él me dijera lo que iba a decirme y yo hiciera lo que iba a hacer. Trece minutos para arrodillarme sobre la moqueta y notar el roce áspero contra las rótulas desnudas.

El cuerpo me palpitaba entero. No era el corazón, no era la respiración, no era nada que pudiera nombrarse con las palabras de antes.

Era una anticipación que me ocupaba cada centímetro de piel, un calor que me subía desde el vientre y me llegaba hasta la punta de los dedos.

Me gustaba. Me gustaba esperar. Me gustaba saber que él estaba al otro lado de la puerta, sentado en su sillón de cuero, mirando el reloj igual que yo, contando los mismos minutos.

En la pantalla, los números del reloj cambiaron. Nueve y cuarenta y ocho. Nueve y cuarenta y nueve.

Mi cabeza estaba vacía. No había planes, ni venganzas, ni recuerdos.

No había un ejecutivo de cuarenta y dos años que una vez había vivido en un apartamento de lujo y había comprado una alfombra persa en la Gran Vía y había creído que controlaba su vida.

No había un hombre que se llamaba Marcos y que había firmado su propia desaparición con letra temblorosa.

No había nada de eso. Solo estaba yo, Clara, veintitrés años, secretaria de Recursos Humanos, con el uniforme ajustado y el escote pronunciado y el chicle de fresa pegado al paladar.

Solo estaba yo, mirando el reloj, esperando a que dieran las diez.

Solo estaba yo, feliz.

Nueve y cincuenta y uno. Nueve y cincuenta y dos.

Me pasé la lengua por los labios y noté el sabor dulce del gloss barato que me había comprado en el chino de la esquina. Me recolocé un tirante del sujetador que se me había clavado en el hombro. Crucé las piernas y las descrucé y volví a cruzarlas porque no podía quedarme quieta.

Nueve y cincuenta y cuatro.

Dentro de seis minutos me levantaría de esta silla.

Cruzaría la antesala. Llamaría a la puerta del despacho con los nudillos, dos golpes suaves, y esperaría a oír su voz desde dentro.

«Adelante.» Y yo entraría y cerraría la puerta y me arrodillaría sobre la moqueta y él me miraría desde el otro lado de la mesa de caoba y yo sabría exactamente qué hacer.

Porque ya sabía para qué me esperaba.

Me levanté. Me alisé la falda con las dos manos, un gesto que me salió solo, y comprobé que las medias no tuvieran carreras.

Las tenía nuevas, de un paquete de tres que había comprado el fin de semana en el centro comercial.

Eran baratas y se rompían enseguida, pero a él le gustaba romperlas.

Me lo había dicho una vez, mientras yo le limpiaba el pene con la boca y él me acariciaba el pelo como si yo fuera un animal doméstico.

Nueve y cincuenta y ocho.

Crucé la antesala. Mis tacones se hundieron un milímetro en la moqueta del pasillo y el sonido de mis pasos fue un golpe sordo, regular, tranquilo. La puerta del despacho de Goñi estaba cerrada. La placa dorada brillaba bajo la luz del fluorescente. Levanté la mano y llamé con los nudillos.

Dos golpes suaves.

—Adelante —dijo su voz desde dentro.

Nueve y cincuenta y nueve.

Abrí la puerta.