Desdender la Escalera Corporativa Informes desde el suelo #2
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Informes desde el suelo #2

—Sí. Me miró ahí. Como si estuviera decidiendo por dónde empezar.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. Me quedé quieta. Dejé que me mirara.

—¿Te excitó?

Asentí. No podía mirarla a los ojos. Tenía la vista fija en mis propias rodillas, en el borde del vestido, en el hilo suelto que asomaba junto a la costura.

—Contesta con palabras.

—Sí —susurré, bajando la mirada hacia mis propias rodillas –. Me excitó. Mucho.

—Sigue. Explícame cómo fue. Quiero saber cómo se siente mi marido cuando lo abren y lo usan como a una cualquiera —exigió Elena, con una crueldad clínica en la voz que me hizo temblar.

—Fue... fue rarísimo, Elena —empecé a relatar, sintiendo que la cara me ardía de pura vergüenza.

Las palabras empezaban a brotar con una urgencia húmeda e incontrolable –.

Toda mi vida he sabido cómo funciona el deseo de un hombre.

La urgencia, la fricción, cómo todo es directo y mecánico.

Pero esto... esto no fue así. Cuando él me empujó sobre la cama y me penetró...

—¿Qué sentiste? Dilo.

—Sentí que me partía en dos y, a la vez, que me llenaba por completo —gimoteé, cruzando las piernas instintivamente sobre la alfombra –.

No era solo un roce localizado. Era un calor denso, pesado, una corriente eléctrica que me irradiaba desde el fondo del vientre hasta la nuca.

Me agarró por las caderas, clavándome los dedos con tanta fuerza que me salieron esos moretones, y tiró de mí contra su pelvis.

—¿Te dolió?

—Un poco al principio. Es que él era muy grande y yo... este cuerpo es tan pequeño, tan frágil bajo el peso de un hombre. Pero el dolor desapareció de golpe. Me aplastaba contra el colchón, no me dejaba moverme, y esa sensación de impotencia... de estar completamente a su merced...

—Te volvió loca, ¿verdad?

Tragué saliva, incapaz de sostenerle la mirada a mi propia mujer, sintiendo unas humillantes lágrimas de impotencia asomar por detrás de los cristales de mis gafas.

—Sí —confesé, con un hilo de voz que ya no guardaba rastro del antiguo ejecutivo –. Me gustaba sentirme diminuta debajo de él. Me encantaba que me sujetara tan fuerte. Pero lo peor... lo que más me avergüenza de todo...

—Dilo, Clara. Dímelo todo.

—Es que es mejor —las palabras me salieron a borbotones, destrozando mi último muro de dignidad –.

Es muchísimo mejor. El placer... los espasmos cuando me corrí, cómo todo mi cuerpo temblaba y se arqueaba por puro instinto sin que yo pudiera controlarlo...

Como hombre nunca experimenté nada que se le pareciera.

Ser mujer, que te tomen con esa fuerza brutal y te vacíen la mente... es infinitamente mejor.

Me ardían las mejillas. Me ardía el pecho.

La perversa excitación de confesar mi propia sumisión en voz alta me extendía un calor abrumador por el bajo vientre.

Tenía los pezones tan duros que me dolían al rozar con la tela del vestido, y sabía que Elena podía verlos perfectamente a través de la blusa, porque su mirada se detuvo allí un instante, regodeándose en mi completa y absoluta derrota, antes de devolverme una sonrisa cargada de oscura satisfacción.

—¿Llegaste al orgasmo?

—Ya te lo he dicho...Sí.

—¿Cómo fue?

—Largo. Muy largo. Distinto a todo lo que había sentido antes. Como una corriente que me subía desde los pies y me recorría entera y no se acababa nunca. Me corrí durante minutos. No podía parar. No podía hablar. No podía pensar.

—¿Y después?

—Después me quedé llorando sobre su pecho. Me tapó con la sábana y me dormí.

Elena se recostó en el sofá. Me miró en silencio durante un rato largo, con la copa de vino olvidada en la mesa auxiliar, y en sus ojos brillaba una satisfacción tan honda y tan negra que me encogí todavía más sobre la alfombra.

—Así que mi marido —dijo, muy despacio –, el ejecutivo que despedía a gente con un chasquido de dedos, el hombre que no se dejaba tocar por nadie, se fue a un club, se emborrachó, se dejó besar por un desconocido, se fue a su casa, y se corrió como una perra en celo.

No respondí. No podía. Tenía la garganta cerrada y los ojos húmedos y las manos entrelazadas sobre las rodillas, apretándose una contra la otra.

—Y luego me mintió —continuó Elena –. Me dijo que se había quedado en casa de una amiga. Como una adolescente que vuelve a las tantas y se inventa una excusa patética.

—Lo siento.

—No lo sientes. Pero vas a sentirlo.

Se puso de pie. Recogió su copa de la mesa auxiliar y se acercó a la encimera a servirse más vino. El chorro contra el cristal fue el único sonido en el apartamento durante unos segundos.

—Mañana —dijo, de espaldas – vas a ir al despacho de Goñi y vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Sin rechistar. Sin ponerte nerviosa. Sin que se te escape ni un solo detalle.

—¿Qué tengo que hacer?

—Lo sabrás mañana. Por ahora, te quedas ahí sentada y piensas en lo que acabas de contarme. Piensas en lo mucho que te ha gustado. Piensas en la cara que pondría Goñi si te viera ahora, en el suelo, con la falda arrugada y las mejillas coloradas, contándole a tu mujer cómo te folló un desconocido.

Se giró hacia mí. Dio un sorbo a la copa y me miró por encima del borde de cristal.

—Porque te ha gustado contármelo, ¿verdad?

Abrí la boca. Marcos intentó negarlo, gritar que no, decir que aquello era una humillación y que él no sentía nada, pero la voz de Clara se me adelantó.

—Sí —dije.

—Dilo.

—Me ha gustado contártelo.

—¿Qué es lo que más te ha gustado?

Me quedé un segundo en silencio. Las palabras se me formaron solas, sin que pudiera detenerlas, y cuando las pronuncié sonaron tan dulces y tan quebradizas que apenas las reconocí.

—Que me regañes. Que me mires desde arriba. Que me tengas aquí sentada, en el suelo, a tus pies, y que sepas todo lo que hice.

Elena sonrió. Dejó la copa en la encimera, se acercó a mí y me acarició el pelo con la punta de los dedos. Fue un gesto lento, casi tierno, como quien pasa la mano por el lomo de un gato.

—Buena chica —dijo –. Mañana vas a necesitar mano dura. Has sido muy mala. Muy mentirosa. Muy descarada. Y las chicas descaradas necesitan que les recuerden cuál es su sitio.

Asentí desde el suelo. Me miré las manos entrelazadas sobre las rodillas, los dedos finos de Clara, las uñas color rosa, y noté la humedad entre los muslos, debajo del vestido, una mancha tibia que se extendía contra la tela de las bragas.

Cerré los ojos. Marcos intentó decir algo, formular una protesta, aferrarse a cualquier resto de dignidad, pero lo único que me llegó fue un eco lejano, una interferencia que se apagaba como una radio al perder la señal.

Elena me acarició el pelo una vez más y luego se fue hacia el dormitorio con la copa en la mano.

Oí sus pasos sobre el mármol, el roce de la puerta al entornarse, el clic del interruptor al apagarse la luz del pasillo.

Me quedé sola en el salón, sentada en la alfombra, con las lámparas empotradas derramando su luz color miel sobre mis hombros desnudos y el chupetón amoratado que me palpitaba en la clavícula.

No me levanté. Me quedé allí un rato más, escuchando el silencio del apartamento, sintiendo el calor húmedo entre las piernas y el roce áspero de la alfombra bajo los muslos.

Fuera, en la calle, alguien arrastraba un carro de la compra por la acera.

Las ruedas chirriaban a intervalos regulares, como un metrónomo.

Me llevé una mano al cuello y me toqué la marca con la yema del dedo corazón. Todavía dolía. La apreté un poco, solo para comprobar que el dolor seguía ahí, y el gesto me arrancó un escalofrío que no supe si era de vergüenza o de algo peor.