Informes desde el suelo
La puerta del apartamento se cerró tras de mí con un chasquido suave.
Dejé el bolso en la consola del recibidor y me descalcé los tacones de ocho centímetros allí mismo, sin agacharme, usando la punta de un pie contra el talón del otro.
El alivio en los arcos de las plantas fue inmediato.
Había pasado nueve horas de pie, corriendo de la sala de juntas al despacho de Goñi y del despacho de Goñi a la fotocopiadora, y los dedos me dolían como si me los hubieran prensado uno a uno.
El salón estaba encendido. Elena había regulado los potenciómetros al mínimo y las lámparas empotradas del techo derramaban una luz color miel sobre el suelo de mármol.
La vi de espaldas, junto a la encimera de la cocina abierta, sirviéndose una copa de vino blanco.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo que dejaba a la vista la nuca despejada y un vestido de punto color topo que se le ajustaba a la cintura.
La botella, mediada, reposaba sobre la encimera junto a una segunda copa vacía.
—Llegas tarde —dijo sin darse la vuelta.
—Goñi me ha tenido revisando las proyecciones del cuarto trimestre hasta las siete y media —respondí.
Mi voz salió blanda, con un registro más agudo del que yo pretendía, y la frase se me quebró al final como si las cuerdas vocales se me rindieran a medio camino.
Odiaba ese sonido. Odiaba no reconocerme en él.
Elena giró despacio. Sostenía la copa por el tallo con tres dedos y me miró de arriba abajo sin prisa. Su expresión era neutra, la de quien hojea un informe que aún no ha decidido si archivar o romper.
—Habrás cenado algo, supongo.
—Un sándwich de la máquina. A las tres.
—Eso no es cenar.
Me encogí de hombros. Me quité la chaqueta del traje, una prenda entallada color azul marino que me había pasado el día rozando las costillas, y la dejé caer sobre el respaldo del sofá.
El gesto me descubrió el cuello y los hombros.
Llevaba una blusa de cuello redondo que me había abrochado hasta el botón superior precisamente para evitarlo, pero la tela fina se había desplazado a lo largo del día y el corrector de maquillaje que me apliqué por la mañana en el baño de la oficina ya no cubría nada.
Elena dejó de beber a medio trago.
—¿Qué es eso?
Su tono cambió en una sílaba. No alzó la voz. La bajó medio escalón, justo el suficiente para que la pregunta sonara a cuchillo al sacarlo de la vaina.
Me llevé la mano al cuello por instinto. Los dedos me rozaron la clavícula izquierda, justo donde la piel estaba todavía amoratada, y noté el calor residual de la marca bajo las yemas.
—Nada. Un roce con la fotocopiadora. Me golpeé al agacharme a por un informe.
—Acércate.
Me quedé clavada en la alfombra. El cuerpo de Clara se me tensó entero, desde los gemelos hasta la nuca, y noté cómo el pulso se me concentraba en un solo punto, justo detrás de las orejas.
Marcos intentó formular una réplica lógica, algo sobre hematomas superficiales y vasos capilares, pero las palabras no me llegaron a la boca. Lo que salió fue un temblor.
—Que te acerques, Clara.
Crucé los tres metros que me separaban de la cocina con los pies descalzos sobre el mármol frío. Elena me tomó la barbilla con dos dedos y me giró la cabeza hacia un lado, hacia la luz. Me examinó el cuello como quien revisa una costura mal rematada. Su perfume de gardenia me llenó la nariz.
—Esto no te lo has hecho con una fotocopiadora.
Me soltó la barbilla. Retrocedió medio paso y se apoyó en la encimera, la copa de vino todavía en la mano, y me sostuvo la mirada sin pestañear.
—El sábado me dijiste que te quedabas a dormir en casa de una compañera de contabilidad.
—Eso hice.
—¿En casa de quién?
—De Lidia.
Elena arqueó una ceja. Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero yo lo conocía de doce años de matrimonio. Significaba que ya tenía todas las piezas y que solo estaba esperando a que yo terminara de colocarlas mal para darme la vuelta al tablero.
—Qué curioso —dijo –. Porque Lidia me mandó un correo el lunes preguntándome si estabas bien. Dice que te perdió la pista a la una de la madrugada y que no contestaste a sus mensajes.
Se me secó la boca. No supe qué responder.
La mente de Marcos repasó frenéticamente las opciones —negar, desviar, contraatacar – pero el cuerpo de Clara se me había quedado rígido contra la encimera, con las manos colgando a los lados y los hombros encogidos, y lo único que acerté a hacer fue apartar la vista hacia el suelo.
—Mírame cuando te hablo.
Obedecí. Elena dio un sorbo a su copa sin apartar los ojos de los míos.
Su expresión había mutado: ya no era neutra.
Tenía la boca ligeramente torcida, una comisura alzada medio milímetro más que la otra, y en sus pupilas bailaba algo que no era enfado.
Era diversión. Pura, destilada, contenida apenas por la disciplina de quien está representando un papel.
—Siéntate.
Señaló la alfombra, a sus pies, con un gesto de la copa.
—Ahí. En el suelo.
Me quedé un segundo sin reaccionar. Marcos intentó protestar —soy tu marido, soy un ejecutivo de cuarenta y dos años, no voy a sentarme en el suelo como un perro – pero la orden ya había atravesado el oído de Clara y le había llegado a las piernas antes de que la parte racional del cerebro pudiera interponerse.
Me senté en la alfombra, junto a los pies descalzos de Elena, y me abracé las rodillas con los brazos.
El vestido ceñido se me subió un palmo por encima de las rodillas. No intenté bajármelo.
Elena me miró desde arriba. La copa de vino le colgaba de los dedos, a la altura de mi frente, y el tallo de cristal atrapaba la luz de las lámparas empotradas.
Estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y yo estaba en el suelo, a sus pies, con la falda arrugada y el cuello manchado de morado.
—Ahora —dijo – vas a contarme exactamente qué pasó la noche del sábado. Y no voy a aceptar resúmenes. Quiero detalles.
—Elena, Goñi ha convocado una reunión extraordinaria para el miércoles. He conseguido acceder a su agenda. Tiene una llamada con los auditores de la central a las diez y otra con el despacho de abogados a las doce. Si consigo estar en la sala cuando llegue el fax de la matriz…
—No me hables de Goñi.
La frase me cayó encima como un portazo.
—No me hables de informes, ni de horarios, ni de auditorías. No ahora. Ahora me hablas del sábado. De la marca que tienes en el cuello. De con quién te fuiste y de qué hiciste.
Me pasé la lengua por los labios. Los tenía secos, agrietados, y noté el sabor del pintalabios barato que me había comprado en la máquina expendedora del vestíbulo.
—Fue un desconocido —dije.
—Eso ya lo veo. Sigue.
—Estaba en el club. En Nox. Lidia me presentó a unas chicas de administración y luego se fue a bailar con un grupo de operaciones. Yo me quedé en la barra. Me tomé dos gin-tonics. O tres. No me acuerdo bien.
—¿Y él?
—Él estaba apoyado en la barra, a mi lado. Me tropecé al bajar del taburete y se me cayó la copa. Él me sujetó.
—¿Te sujetó cómo?
—Me agarró del brazo. Por encima del codo. Y luego se agachó a recoger la copa.
—¿Qué más?
—Me quitó el zapato. Me dijo que tenía el tobillo hinchado. Me lo examinó con los dedos.
—Te estaba tocando.
—Sí.
—Y tú le dejaste.
Asentí. No me salió la voz. Elena dio otro sorbo a su copa, muy despacio, y la dejó en la mesa auxiliar con un golpe seco.
—¿Cómo se llamaba?
—No se lo pregunté.
—Descríbemelo.
Cerré los ojos. La imagen del desconocido me apareció nítida, como si la llevara impresa en la cara interna de los párpados: alto, mucho más alto que yo incluso con tacones, con el pelo castaño muy corto y los dientes un poco torcidos.
Las manos anchas. La camisa oscura. El olor a tabaco y a colonia de droguería.
—Era alto. Más de uno ochenta. Tenía el pelo castaño, casi rapado. Las manos grandes. Dientes torcidos, los de delante. Olía a tabaco.
—¿Guapo?
—No lo sé. Tenía algo.
—¿Algo cómo?
—Algo que hacía que no pudieras dejar de mirarlo.
Elena sonrió. Fue una sonrisa pequeña, privada, la clase de sonrisa que no está destinada a quien la ve sino a quien la siente.
—¿Y después?
—Bailamos. Me invitó a un gin-tonic. Me llevó junto a la salida de emergencia y me besó.
—¿Cómo te besó?
Me ruboricé. Noté el calor subiéndome por el cuello, por las mejillas, por las orejas, y supe que Elena lo estaba viendo porque su sonrisa se ensanchó un milímetro.
—Me besó contra la pared. Me puso una mano en la nuca y la otra en la cintura. Me metió la lengua en la boca.
—¿Y a ti te gustó?
—Sí.
—Dilo.
—Me gustó.
—Más alto.
—Me gustó que me besara contra la pared.
Las palabras me salieron solas, con una vocecita dulce y temblorosa que no era la mía, que no era de Marcos, que era de Clara de arriba abajo. Y al pronunciarlas sentí una punzada de calor en el bajo vientre, una contracción minúscula que me hizo apretar los muslos bajo el vestido.
Elena se inclinó hacia delante. Apoyó los codos en las rodillas y me miró desde muy cerca, tan cerca que podía ver las motas doradas de sus iris.
—¿Te lo follaste?
—Sí.
—¿En su casa?
—En un piso pequeño. No sé en qué calle. Fuimos en taxi.
—¿Cuántas veces?
—Una.
—¿Una?
—Una muy larga.
Elena soltó una risa corta, una exhalación por la nariz que le movió los hombros.
—Cuéntamelo —dijo –. Desde que entraste por la puerta.
—No puedo.
—Puedes. Y vas a hacerlo.
Me temblaban las manos sobre las rodillas.
Me las miré un segundo —las uñas pintadas de rosa pálido, los dedos finos, las cutículas cuidadas – y no las reconocí.
Eran las manos de Clara. Las manos de una chica de veintitrés años que se había sentado en el suelo a contarle a su mujer cómo otro hombre la había usado.
—El piso olía a detergente barato —dije –. Me tumbó boca arriba y me fue quitando la ropa muy despacio. Primero el vestido. Luego las medias. Luego las bragas. Me abrió las piernas con las rodillas y me miró un rato antes de tocarme.
—¿Te miró?